Muchos problemas de pareja comienzan por no percibir el suficiente amor por parte del otro, pero hay que tener en cuenta que no todo el mundo se siente querido de la misma manera y ese lenguaje se va construyendo desde la infancia
¿Qué es mejor, amar o ser amado? Aristóteles, en Ética a Nicómaco, sostenía que es mejor amar, porque es una actividad que uno realiza, mientras que ser amado es algo que simplemente se recibe. André Breton escribía a su hija Aube al final de El Amor loco: “Te deseo que seas amada locamente”. El maestro espiritual Nisargadatta Maharaj también contesta en Yo soy Eso a esta pregunta diciendo: “Amar es más grande, más noble, más profundo. Ser amado es dulce, pero amar implica crecimiento”. Aquí establece dos necesidades diferentes: amar satisface nuestra necesidad de entrega y ser amado nos sirve para ser reconocidos. Pero si bien amar es algo que tendemos a considerar que depende de nosotros, creemos que ser amado escapa más a nuestras influencias. No pocos problemas de pareja se instalan en este sutil matiz de no sentirse amado por el otro, aunque haya amor, porque, ¿de qué sirve que nos quieran si no somos capaces de sintonizar con el sentimiento de saberse querido?
Sonja Lyubomirsky y Harris Reis, dos profesores y expertos en Psicología, se hicieron la misma pregunta y escribieron el libro Cómo sentirse amado (Diana editorial, 2026), para bucear en la construcción y elaboración de esta percepción de vital importancia. Como ellos mismos cuentan en su obra, los seres humanos están evolutivamente diseñados para establecer vínculos fuertes y duraderos con los demás. “La evolución favoreció a los individuos integrados en redes de apoyo mutuo. No solo parejas románticas, sino familias y comunidades”, afirman. Para escribir el libro, Lyubomirsky y Reis llevaron a cabo algunas encuestas y el apartado de las relaciones románticas fue el que registró la mayor brecha entre ansiar el amor y ser correspondido. Un 40% de los encuestados declararon sentirse insuficientemente amados por su pareja.
“Amar y hacer sentirse amado no son exactamente lo mismo”, cuenta Bárbara Montes Saiz, especialista en sexología clínica y terapia de pareja y directora de marketing y comunicación de Diversual. “Podemos sentir amor por alguien y que ese amor no le esté llegando de una manera que pueda reconocer. La percepción de que nuestra pareja nos entiende, nos valida, nos tiene en cuenta y responde a nuestras necesidades se relaciona con una mayor intimidad y seguridad en la relación. No es una cuestión exclusivamente sexual, sino que afecta a la manera en la que construimos el vínculo”, asegura.
El estudio de 2026 Feeling loved versus being loving: perceived partner behavior predicts relationship satisfaction, reveló que las percepciones sobre el comportamiento de la pareja explicaban mejor la satisfacción relacional que la propia percepción de cómo uno mismo se comportaba como pareja. “No todo el mundo se siente querido de la misma manera, y ese lenguaje se va aprendiendo y construyendo en las relaciones que tenemos desde pequeños”, destaca la psicóloga sanitaria y sexóloga Noemi Domínguez. “Un ejemplo de esto es lo que ocurre cuando hay poco sexo en la pareja: para algunas personas puede generar un sentimiento de no sentirse querido, mientras que para otras no afecta al vínculo”.

La idea principal del libro de Lyubomirsky y Reis es que este sentimiento depende mucho de nosotros y que lo primero que hay que hacer para sentirse amado es amar al otro. Lo que ellos llaman “el balancín de las relaciones” no es sino una reciprocidad que se retroalimenta. Si A ama a B, B amará a A; si C escucha a D, D escuchará a C; si F ayuda a G, G acabará ayudando a F. Sin embargo, hay casos en los que no se produce el intercambio de vuelta, lo que hay que traducir como una relación que no funciona y que es mejor terminar cuanto antes.
Carmen, una madrileña de 52 años, nunca se sintió amada por su expareja. “Él siempre me decía que era una percepción errónea, producto de mis vivencias personales y familiares, que primero tenía que quererme yo para que los demás me quisieran. Realmente estaba convencida de esto que, por otra parte, suscriben muchos libros de autoayuda”, recuerda. “Sin embargo, con mi pareja actual sí que me siento querida. Con el tiempo he comprobado que aprender a amarse a uno mismo no es un ejercicio que se tenga que hacer en soledad. Sentirse querida acelera mucho el proceso. Es una autopista de doble sentido”, afirma. Una idea que Domínguez corrobora: “Cuando una persona alberga creencias de tipo ‘no merezco’ o ‘no valgo’ puede ser más difícil sentirse amado. Sin embargo, de la misma manera que algunos vínculos pueden ser destructivos, como en una relación de maltrato, también pueden ser sanadores cuando nos comenzamos a sentir amados en una relación basada en el buen trato”.
Para Gloria Arancibia, psicóloga y sexóloga con consulta en Madrid, sentirse amado tiene mucho que ver con esos pequeños-grandes gestos que asientan las relaciones profundas. Menciona el reconocimiento, el saberse escuchado, el contar con ayuda cuando se necesita, la posibilidad de solucionar los problemas de una manera amable (sin gritos ni insultos), la buena comunicación, el respeto a la libertad del otro, la complicidad, la reciprocidad o el no dejar mal a la pareja delante de otros. “Estos gestos del día a día pesan más que los grandes regalos o demostraciones de amor”, reconoce.

En este sutil juego de las percepciones entra también el sesgo de género, ya que hombres y mujeres han recibido —y siguen recibiendo— educaciones y mensajes distintos. En el libro antes mencionado se habla de la “charla relacional” de ellas (centrada más en las relaciones y emociones) y la “charla informativa” de ellos (enfocada en informar). “Un hombre puede querer profundamente a su pareja y haber aprendido a expresar ese amor fundamentalmente mediante el cuidado material, la responsabilidad, la resolución de problemas o la presencia”, argumenta Montes. “Su mujer, sin embargo, puede estar esperando palabras, contacto físico, conversación o muestras explícitas de afecto. Y también ocurre al revés. Que socialmente a nosotras se nos haya permitido expresar más emociones no significa que sepamos pedir lo que necesitamos. Podemos hablar muchísimo de sentimientos y seguir esperando que nuestra pareja adivine nuestras necesidades. La verdadera competencia emocional dentro de una pareja no consiste en sentir o hablar mucho, sino en poder expresar lo que necesitamos y ser capaces de escuchar lo que necesita el otro sin vivirlo como una crítica”, aclara.
Muchos pensarán que el malestar por no sentirse amado en la pareja afecta más a las mujeres que a los hombres. Sin embargo, según cuenta el libro, “investigaciones recientes sugieren que las relaciones sentimentales son en realidad más importantes para el bienestar de los hombres que para el de las mujeres (…) La felicidad y la satisfacción existencial de los hombres suelen depender en mayor medida de sus relaciones sentimentales; las mujeres, sin embargo, tienden a extraer ese apoyo emocional de fuentes más diversas (amigas, familia, compañeras de trabajo)”.
Sentirse amado, el mejor afrodisíaco
Sentirse amado no solo es fundamental para crear vínculos profundos; es también uno de los mejores afrodisíacos que existen. Saber que suscitas interés te hace interesarte por el otro. De hecho, mostrar atención por alguien es una de las tácticas más antiguas y eficaces de acercamiento. Según Montes, existe una relación directa entre sentirse comprendido, atendido y valorado por la pareja y el deseo. “Percibir a la pareja como receptiva se asocia con un aumento del deseo sexual, y esto es especialmente interesante porque desmonta una idea bastante extendida: que para aumentar el deseo tenemos que hacer algo sexual. Intentamos conseguir más sexo para sentirnos conectados, cuando quizá necesitamos primero recuperar la conexión para que vuelva a aparecer el deseo”, apunta.

Puede que haya personalidades más propensas a sentirse reconocidas que otras. “Yo creo que tiene que ver más con la infancia, con cómo te sentías de pequeño, si te han maltratado, tenías unos padres ausentes o poco dados a manifestar sus emociones”, sostiene Arancibia. “Pero no solo cómo te trataban en casa, sino en el colegio, en el barrio, los amigos. Todos los miedos tienen que ver con el miedo al abandono, a que no te quieran, y eso se afianza en la infancia”.
En opinión de Montes, estamos muy entrenados para preguntarnos qué necesitamos, qué queremos, qué nos aporta una relación, qué nos hace felices: “Y todo eso es legítimo y necesario, pero el problema aparece cuando la pareja se convierte exclusivamente en un escenario donde uno tiene que sentirse bien, en lugar de un vínculo en el que uno también tiene que aprender a hacer sentir bien al otro”.
Fuente: EL PAÍS

