Un estudio muestra que el desequilibrio en la microbiota se asocia a peores resultados en trasplantados de médula ósea
En el intestino habitan millones de bacterias que han evolucionado con nosotros y desempeñan tareas esenciales en la digestión o la regulación del sistema inmune. En los últimos años se está viendo, cada vez con mayor claridad, que los desequilibrios en esos ecosistemas microscópicos pueden provocar problemas de salud, desde obesidad a depresión. Por eso, conservar ese equilibrio empieza a ser un objetivo de la medicina moderna.
Una de las amenazas para el ecosistema de nuestro intestino es también uno de los grandes avances de la medicina moderna. Los antibióticos, además de aniquilar a las bacterias que amenazan la salud, matan a las beneficiosas y provocan un desplome de su diversidad. El microbioma saludable resiste mejor ante los patógenos cuando contiene una diversidad natural de especies.
Un equipo del Memorial Sloan Kettering Cancer Center, la Universidad de Nueva York y otros centros estadounidenses ha presentado este miércoles en la revista Nature un estudio en el que se muestra que ese daño de los antibióticos se acelera si quien los recibe toma comidas azucaradas. Y eso tiene consecuencias importantes para la salud.
El estudio ha seguido a personas con tumores de la sangre que tuvieron que permanecer hospitalizadas durante semanas para recibir quimioterapia y radiación contra el tumor y un trasplante de médula ósea. Este tratamiento, que debilitó su sistema inmune, también supuso que todos tomasen al menos un antibiótico para tratar infecciones o prevenirlas. El 80% recibió uno o más antibióticos de amplio espectro, un bombardeo indiscriminado letal para el microbioma.
El objetivo de los autores era conocer cómo influyen alimentos concretos en la flora intestinal en pacientes que están recibiendo tratamientos como la radiación o los antibióticos. Querían hacerlo con precisión, identificando qué grupos de alimentos importan, en qué momento y en qué contexto. Para lograrlo, registraron con precisión de gramos 9.419 comidas de 173 pacientes que habían recibido el trasplante y cruzaron la información con 1.009 muestras de heces de 158 pacientes.
“Independientemente de cómo analizáramos los datos, la misma señal seguía apareciendo”, dice Marcel van den Brink, coautor del estudio y máximo responsable médico de City of Hope, una de las instituciones que han participado en el estudio. “Los pacientes que consumían más dulces mientras tomaban antibióticos tenían más probabilidades de experimentar una pérdida de diversidad del microbioma, ya que microbios agresivos desplazaban y acaparaban el espacio de otras cepas bacterianas”, añade.
Entre quienes ingerían más azúcar en proporción a sus calorías, cada día extra de antibióticos se asoció con mayor riesgo de muerte. En un estudio anterior liderado por uno de los autores de este trabajo, Jonathan Peled, del Memorial Sloan Kettering Cancer Center, ya habían observado que la diversidad de la microbiota estaba asociada a una menor mortalidad después de un trasplante de médula.
Los médicos calculan que, por cada 100 gramos de aumento de dulces (el equivalente a un batido grande) consumidos dos días antes de tomar la muestra de heces, se producía un incremento del 24% en la caída de diversidad de las bacterias intestinales sobre la producida por los antibióticos. Lo preocupante es que, según reconoce van den Brink, muchas de las comidas y bebidas que se anima a consumir a los pacientes hospitalizados, como los batidos nutricionales, los smoothies y las bebidas deportivas, tienen mucho azúcar.
La bacteria que aprovecha ese vacío ecológico era Enterococcus faecium. Cuando coloniza el microbioma, los pacientes que reciben un trasplante de médula sufren más infecciones de la sangre, enfermedad injerto contra huésped (los tejidos trasplantados atacan al paciente) y otras complicaciones que pueden matarlos. Para comprobar que sus observaciones eran algo más que una correlación, los investigadores experimentaron con ratones sanos.
Les administraron una dosis del antibiótico biapenem y vieron que se produjo una expansión moderada de los enterococos. Sin embargo, al añadir sacarosa a la dieta, el crecimiento de la bacteria se multiplicó por 16 a los tres días y por 33 al sexto. Los experimentos con ratones mostraron además que la glucosa y la fructosa por separado también amplificaron el brote, igual que un puré de fruta comercial. Por contra, cuando se dio sacarosa, pero el animal no había recibido antibiótico, no se vio el efecto.
“El microbioma —resume van den Brink— está emergiendo como un factor importante en la atención del cáncer. Para los pacientes que se someten a tratamientos intensivos como el trasplante de médula ósea, la diversidad saludable del microbioma intestinal puede tener implicaciones importantes en los resultados”. “Estudios como este nos ayudan a comprender mejor cómo los factores cotidianos, incluida la dieta, pueden afectar un delicado equilibrio que influye en cómo los pacientes responden al tratamiento, se recuperan y experimentan los efectos secundarios”, concluye.
El hematólogo del Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla, Ildefonso Espigado, que no ha participado en el estudio, cree que “después de este estudio, probablemente haya un cambio en las recomendaciones de qué tipo de dieta deben tomar estos pacientes”. “Saber que lo que come el paciente va a tener impacto es importante porque es un factor modificable”, aclara.
Espigado, que ha participado en estudios sobre el impacto de los antibióticos en los trasplantes de médula junto al Grupo Español de Trasplante Hematopoyético y Terapia Celular de la Sociedad Española de Hematología y Hemoterapia (SEHH), explica que tradicionalmente se recomendaban dietas “bajas en gérmenes”, con alimentos hervidos, pese a que eran poco apetecibles y la evidencia que las respaldaba era limitada. “Ahora, probablemente prestaremos más atención a que no tomen azúcares”, señala.
Aunque el efecto de sumar antibióticos y azúcar se ha observado en pacientes con cáncer, el mecanismo no depende necesariamente de la enfermedad. Los antibióticos vacían nichos ecológicos y los azúcares podrían alimentar a bacterias oportunistas que los ocupan. Además, el efecto se observó en ratones sanos, que no recibieron quimioterapia ni trasplante. Los autores son cautos en sacar conclusiones antes de realizar más estudios, pero creen que limitar el azúcar cuando se toman antibióticos puede proteger también la microbiota en personas sanas.
Fuente: EL PAÍS

