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De la Espriella y Cepeda se disputarán la presidencia de Colombia con un país partido en dos

El ultra y el candidato de izquierdas llegan a la segunda vuelta tras una apretada elección que deja fuera a la aspirante del uribismo

Colombia celebrará una segunda vuelta presidencial con dos candidatos que representan dos visiones de país irreconciliables. Abelardo de la Espriella, el abogado ultraconservador que se presentó como el outsider que rompería con todo, ha ganado la primera vuelta con el 43,7% de los votos, con el 99% de las mesas escrutadas. Iván Cepeda, aspirante de la izquierda heredera de Gustavo Petro, obtuvo el 40,9% de los votos. El 21 de junio, los colombianos elegirán presidente entre dos candidatos opuestos en fondo y forma en una de las elecciones más polarizadas que se recuerdan.

Paloma Valencia, la candidata del expresidente Álvaro Uribe, sumó el 6,9% del conteo (1,6 millones de votos), un auténtico batacazo electoral que pone de manifiesto que la influencia del exmandatario que dominó la política colombiana en las últimas dos décadas se ha debilitado. Sergio Fajardo, el candidato del centro, superó el 4% con más de un millón de votos. Será el porcentaje de esos dos candidatos—menos de tres millones de votos— y el del resto de aspirantes que quedó en los márgenes, el que acabe por inclinar la balanza en la segunda vuelta.

La clasificación de De la Espriella en primer lugar ha sido una sorpresa, pues se situaba segundo en las encuestas, mientras Cepeda llevaba toda la campaña liderándolas. Ni siquiera sus fieles podían imaginarse que superaría con creces los 10,3 millones de votos. El abogado, de 47 años, ha hecho de la campaña un auténtico show electoral que le ha funcionado. Y aunque es tan parte del sistema como cualquier otro, ha ganado adeptos por su rechazo al establishment y la política tradicional.

Admirador confeso de Trump, Bukele y Milei, el penalista que en su día defendió a los paramilitares y abogó por negociar su desmovilización, clama ahora por mano dura contra los grupos armados. Promete resolver en 90 días lo que nadie ha conseguido en más de 60 años: una fórmula mágica que mezcla ofensiva aérea, apoyo de Israel y Estados Unidos, destrucción de cultivos de coca y diez megacárceles. Mientras Cepeda habla de causas estructurales, De la Espriella habla de disparar.

Cepeda es su antítesis. Senador de izquierda de 63 años y defensor histórico de las víctimas del paramilitarismo, fue durante años uno de los adversarios más tenaces de Álvaro Uribe, a quien logró que condenaran en primera instancia por manipulación de testigos, aunque el expresidente fue absuelto después en segunda instancia. Cepeda, con 9.649.081 votos, representa la continuidad del proyecto de Gustavo Petro: más gasto social, diálogo con los grupos armados y más oportunidades para los olvidados en uno de los países más desiguales del mundo. Es el candidato que teme el capital y que idolatran quienes más se han beneficiado de la política social de Petro: una política que ha mirado más que nunca a la base de la pirámide.

El ascenso de De la Espriella convierte a Colombia en un caso más de una tendencia que lleva años en auge en Latinoamérica. Los outsiders de ultraderecha, inspirados por Trump, han ganado terreno en elección tras elección: el auge de Milei en Argentina, el éxito de Nayib Bukele en El Salvador, Bolsonaro en Brasil o Daniel Noboa en Ecuador. Colombia, que parecía ir en sentido contrario tras la victoria histórica de Petro en 2022, acaba de abrir la puerta a una derecha radical que ha destronado a la tradicional y que está a un paso de gobernar el país.

El país también aparece dividido por territorios. Las costas votan por la izquierda, el interior por la derecha, Bogotá sigue su propia lógica. Ese mapa electoral se repitió una vez más, pese a los esfuerzos de todas las campañas por ganar fuerza en los fortines rivales. Allí donde en 2014 ganó el uribista Óscar Iván Zuluaga, en 2016 el no en el plebiscito sobre la firma del Acuerdo de Paz o en 2022 Rodolfo Hernández, ha ganado De la Espriella. Y donde triunfaron Santos, el sí a la paz y Petro, ha ganado Cepeda. La sorpresa mayor suele venir de la capital, Bogotá, donde en esta ocasión ha ganado Cepeda con el 41% de los votos contra el 37% del ultra y el 9% de la uribista.

Lo más probable es que el miedo a una victoria de Cepeda —al que temen las élites económicas del país— termine empujando a Paloma Valencia, que se quedó tercera, a apoyar a De la Espriella: el mismo candidato contra el que desató una ofensiva hace solo unos días para intentar evitar (tarde) su batacazo electoral. El apoyo a De la Espriella será también un mal trago para el expresidente Álvaro Uribe, que apostó en Valencia su última bala electoral y encadena con esta dos elecciones presidenciales sin un candidato propio en la final.

Si se suma a De la Espriella, será un gesto incómodo para los dos: para el candidato que presumió de romper con el establecimiento que Uribe encarna, y para el expresidente que tanto intentó distanciar a su candidata del ultra.

Los dos candidatos llegan a segunda vuelta con debilidades. Cepeda carga con el peso de cuatro años de gobierno de Petro: la percepción de inseguridad desatada, el colapso del sistema de salud, los escándalos de corrupción que salpicaron al ejecutivo y la inquietud ante su receta económica para atajar el déficit fiscal. Su perfil es el de un senador que la mayor parte de su carrera ha estado en la oposición, un defensor de causas contra el Estado, no el de un reconocido gestor. Tampoco lo es su vice, la líder indígena Aida Quilcué. Y la Constituyente que sigue abanderando Petro es un fantasma que recorre su campaña y que despierta recelo en un sector importante del electorado.

De la Espriella tiene la misma falta de experiencia en la gestión pública y sus propuestas más extremas y conservadoras —sus comentarios homofóbicos, su mano de hierro por encima de los derechos humanos, su conservadurismo— pueden funcionar como combustible para sus bases, pero espantan a los votantes más moderados. Y si termina abrazado a Uribe, el candidato que prometió romper con todo habrá roto antes su promesa más importante.

No parece, en cualquier caso, que eso vaya a desestimular a sus votantes más fervorosos. Como ha pasado en todo el mundo —desde Bolsonaro en Brasil a Vox, en España— el tono beligerante y radical de De la Espriella se ha normalizado de forma extraordinaria en las últimas semanas. Y el voto que la izquierda cree que es un voto de la vergüenza empieza a convertirse en un voto cada vez más orgulloso.

A partir de este lunes será clave la movilización del voto de centro. Y de los indecisos. Este domingo 23,3 millones de colombianos acudieron a las urnas, pero en 21 días serán los electores que no se reconocen en ninguno de los dos extremos serán, probablemente, los que decidan quién gobierna Colombia. Lo que parecen tener claro los analistas es que, asuma quien asuma el próximo 7 de agosto, Colombia se enfrenta a cuatro años de hostilidad política, movilizaciones y tensiones que volverán a partir al país.

Fuente: El País 

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