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Ni exageración ni capricho: por qué separarse de la mascota genera ansiedad

El vínculo con un animal de compañía puede activar los mismos mecanismos emocionales que una relación humana, hasta el punto de generar angustia, culpa o dependencia emocional

En la última década, España ha vivido un cambio lento pero profundo: el número de mascotas no solo ha crecido de forma sostenida, sino que, en algunos casos, como el de los perros, prácticamente se ha duplicado hasta superar los 10 millones. Casi la mitad de los hogares en el país convive con un animal, en un contexto en el que estos han pasado de ser un simple compañero a convertirse, para muchos, en un vínculo emocional central. No es extraño, por tanto, que separarse de ellos —aunque sea por unos días— active en algunas personas una inquietud difícil de explicar, una mezcla de culpa, desasosiego y pensamientos repetitivos que giran en torno a una única pregunta: ¿estará bien?

No es solo echar de menos. “La ansiedad al separarse de una mascota es mucho más común de lo que parece y tiene una base emocional muy profunda”, explica la psicóloga Lara Ferreiro. “No estamos hablando solo de afecto, sino de un vínculo de apego real, comparable en muchos aspectos al que establecemos con personas significativas”, asegura. La clave está en lo que ocurre en el cerebro: la interacción con animales activa la liberación de oxitocina y dopamina —las hormonas asociadas al bienestar y al apego—, mientras que la separación puede disparar el cortisol, vinculado al estrés.

Ese equilibrio explica por qué, en algunos casos, la distancia no se vive como algo puntual, sino como una pequeña amenaza emocional. “Hablamos de un síndrome ansioso con la mascota, una forma de apego intensificado en la que el animal se convierte en una figura central de regulación emocional”, añade Ferreiro. En una sociedad donde los hogares unipersonales también van en aumento, este fenómeno adquiere aún más sentido: no solo se trata de separarse de una mascota, sino de hacerlo, en muchos casos, de la principal fuente de compañía diaria.

Señales de alerta que pasan desapercibidas

No siempre es fácil identificar cuándo esa relación empieza a generar malestar. Ana Ramírez, directora técnica veterinaria de Kivet, señala algunas pistas claras: “La inquietud constante, los pensamientos repetitivos sobre si el animal estará bien o la dificultad para desconectar son señales de una mala gestión de la distancia. También puede aparecer irritabilidad o una necesidad excesiva de contacto”. La experta insiste en que sentir cierta incomodidad es normal, y que el problema surge cuando esa emoción interfiere en la vida cotidiana. “Afrontarlo implica reconocer lo que sentimos sin juzgarlo, entender que el vínculo no se rompe con la distancia y apoyarse en rutinas propias”, explica. Técnicas sencillas como la respiración consciente o la atención plena pueden ayudar a reducir la activación emocional en esos momentos.

Uno de los factores más comunes —y menos verbalizados— que generan ese malestar es la culpa. Pensamientos como “la estoy abandonando” o “soy mala persona” aparecen con frecuencia, especialmente en quienes tienen un vínculo muy estrecho con su mascota. “La culpa genera una tensión interna que se refleja en gestos y en el tono de voz, algo que el animal percibe fácilmente. Esto puede aumentar su inquietud”, advierte Ramírez. La recomendación es clara: reformular el pensamiento. Separarse no es abandonar, sino una situación puntual en la que el animal sigue estando cuidado y seguro. Evitar despedidas dramáticas o sobrecompensaciones antes y después ayuda a transmitir calma.

A esta ecuación se suma un elemento clave: la mascota también puede experimentar ansiedad. Se estima que entre el 14 y el 28% de los canes presentan niveles moderados o severos de ansiedad o miedo, y que hasta el 70% de los problemas de comportamiento están relacionados con el estrés. Algunas investigaciones elevan aún más estas cifras en el contexto de la separación. El resultado es una especie de círculo emocional: el dueño se angustia porque se separa, pero también porque percibe que su animal sufre. Y ese sufrimiento percibido refuerza su propia ansiedad.

Cómo prepararse para una separación sin drama

La anticipación marca la diferencia. “Conviene crear un pequeño ritual previo: preparar la salida con tiempo, evitar prisas y adoptar una actitud serena”, recomienda Ramírez. Saber quién cuidará del animal y cómo estará atendido aporta seguridad emocional, tanto al propietario como a la mascota.

Ferreiro añade otra estrategia clave: la exposición progresiva. “El cerebro necesita aprender que no hay peligro real. Pasar de estar siempre juntos a separaciones largas de forma brusca solo intensifica la ansiedad”, advierte. Empezar con ausencias cortas e ir ampliándolas poco a poco ayuda a normalizar la distancia.

También es útil diversificar las fuentes de bienestar emocional. Cuando la mascota se convierte en el único refugio, cualquier separación se vive con mayor intensidad. Mantener vida social, rutinas propias y espacios personales no debilita el vínculo: lo hace más sano.

Detrás de esta ansiedad, en algunos casos, hay algo más profundo. Miedos a la soledad, experiencias previas de abandono o inseguridad afectiva pueden intensificar la dependencia emocional hacia la mascota. “La separación no solo duele por lo que es, sino por lo que simboliza”, apunta Ferreiro. Marta Sanchís, dueña de dos labradores, lo explica desde la experiencia: “Para mí son mi familia. No tengo hijos, tampoco padres ni hermanos, así que ellos lo son todo”. Durante años, reconoce, vivió con angustia cada viaje. Hoy ha encontrado una fórmula que le da tranquilidad: “Los dejo con una persona de confianza en una finca donde pueden correr y estar con otros perros. Hacemos videollamadas a diario. Puede sonar exagerado, pero me ayuda muchísimo”. Su caso no es excepcional. Cada vez más propietarios recurren a cuidadores profesionales o residencias especializadas, no solo por el bienestar del animal, sino también por su propia tranquilidad emocional.

En el fondo, la clave no está en eliminar el vínculo, sino en transformarlo. Aprender a separarse sin angustia no implica querer menos, sino hacerlo desde un lugar más equilibrado. El apego seguro no desaparece con la distancia: se pone a prueba. Y, cuando está bien construido, también se fortalece.

Fuente: EL PAÍS

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