¿Por qué se ha naturalizado el verbo ‘follar’ mientras que decir ‘hacer el amor’ da grima? ¿Son realmente cosas diferentes?
“El mayor ick (repulsión) es cuando un hombre dice ‘me gustaría hacerte el amor’. Se me cierra la vagina. Todas las mujeres saben de lo que hablo”, dice Charlize Theron en SubwayTakes, un programa de entrevistas cortas grabadas dentro del metro de Nueva York. Su creador, Kareem Rahma, le pregunta por qué esa expresión le parece tan desagradable. “No quiero que me hagas nada. Quiero que hagas algo conmigo”, responde la actriz.
Cecilia Martín, directora del Instituto de Psicología Psicode , asegura en la actualidad, a muchas personas les resulta más cómodo hablar de ‘follar’ que de ‘hacer el amor’ porque el sexo sin implicación emocional es una manera de protegerse. “Decir ‘follar’ suena más libre, más moderno y menos comprometido afectivamente. En cambio, ‘hacer el amor’ puede generar rechazo porque implica intimidad, ternura, romanticismo y cierta entrega emocional, y eso incomoda a las personas que en su pasado han sufrido por amor y han aprendido a protegerse mucho emocionalmente”, dice antes de indicar que también influye que durante años, el sexo femenino haya estado muy ligado al amor romántico y a la idea de ‘entregarse’. “Muchas mujeres reivindican el placer sexual separado de esa obligación emocional. El problema es que, a veces, en esa búsqueda de autosuficiencia y desapego emocional, acabamos normalizando los vínculos superficiales y teniendo dificultades para construir intimidad profunda”, explica la autora de Ghosting, celos, rupturas y otros dramas modernos (Vergara, 2026).
Cuando ‘follar’ subraya la pasión
Los datos indican que la vida sexual de las parejas españolas no está en su mejor momento. Un estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) indica que uno de cada cuatro españoles (24,6%) no ha tenido relaciones sexuales con su pareja u otras personas en los últimos 12 meses, principalmente por falta de interés o deseo sexual. Quién sabe si el empeño en ‘hacer el amor’ no es el responsable de que las sábanas se vuelvan aburridas…
En Amor Orgásmico (Vergara, 2026), Cecilia Martín da la pauta de integrar las prácticas de ‘hacer el amor’ y ‘follar’ como una forma de tener novedad y explorar nuevos roles y fantasías. “Eso hace que la pasión se mantenga viva con el paso de los años. Durante mucho tiempo existió una división bastante clásica (y muy machista) entre la mujer “para amar” y la mujer “para desear”. A la novia o la esposa se la asociaba con ternura, estabilidad y romanticismo, mientras que el sexo más explícito, más transgresor o puramente físico quedaba reservado para otras mujeres. Y todavía hoy algunas personas siguen reproduciendo esa separación sin darse cuenta”, asegura. Considera que el problema de esa visión es que fragmenta el deseo y la intimidad, como si una relación estable tuviera que ser más emocional y menos sexual, o como si ciertas prácticas fueran incompatibles con el amor estable. “Las parejas sanas que mantienen la pasión en el tiempo integran ambas cosas: conexión emocional y deseo sexual. También es cierto que hoy estamos cuestionando mucho esos antiguos guiones sexuales. Muchas mujeres ya no quieren ocupar el papel de “la buena novia romántica” frente a “la mujer sexual”. Quieren sentirse deseadas, libres y conectadas emocionalmente al mismo tiempo”, explica.
Sin embargo, el estudio Verbal Communication about Sex in Marriage: Patterns of Language Use and Its Connection with Relational Outcome (Comunicación verbal sobre el sexo en el matrimonio: patrones de uso del lenguaje y su conexión con los resultados relacionales) señala que aunque antaño los datos indicaban que los hombres estaban más habituados a hablar de ‘follar’ que de ‘hacer el amor’ al tener relaciones de pareja, apenas hay ya diferencias significativas en su uso. “Aunque los resultados mostraron que los hombres reportan un uso ligeramente mayor de términos de jerga más crudos —un hallazgo que encaja con los datos existentes que muestran que los hombres usan un lenguaje más obsceno que las mujeres— estos datos generalmente sugieren que el uso del lenguaje sexual de hombres y mujeres casados es más similar que diferente”, señalan sus autores, Tina Coffelt y Jon A Hess.
En Buffalo Counter, en 1952, ya encontramos alusiones a cómo el lenguaje realmente moldea relaciones, emociones e incluso el sexo. “La metáfora y tu lenguaje florido están ahí, pero ese no es el tipo de ‘hacer el amor’ que complace a ninguna mujer. ‘Haces el amor’ a través de tu conocimiento del lenguaje, no conmigo. Cuando un hombre realmente hace el amor con una mujer, tartamudea, balbucea, dice cosas que no quiere decir y luego se retracta, diciendo algo menos apropiado en su lugar. Tu forma de hacer el amor demuestra demasiada experiencia como para ser espontánea cuando recurres a tu vocabulario en lugar de a tu corazón”, dice el personaje de Imogene cuando su amante le dice que ya no puede seguir haciéndole el amor. “¿Sabes lo torpemente que se rasca la oreja un pato y con qué frecuencia tropieza y se sienta al intentarlo? Así es como a una mujer le gusta que un hombre le haga el amor”, señala.
El miedo al riesgo emocional
Tanto Martín como Moñino coinciden en resaltar que en realidad, una práctica sexual sin emociones o sentimientos es imposible. “Si existe atracción por el otro ya se está experimentando una emoción o un sentimiento. Esto puede ser controvertido porque puede generar dudas, ya que en el lenguaje popular, hablar de emociones o sentimientos significa que las personas sienten enamoramiento, con todo lo que conlleva esa etapa en las personas”, dice Moñino, mientras que Martín considera problemático vivir en una cultura donde muchas personas quieren disfrutar del placer evitando el riesgo emocional. “Es más fácil tener sexo sin implicarse demasiado que abrirse emocionalmente y arriesgarse a sufrir. Pero el ser humano necesita conexión, apego y sentirse emocionalmente elegido. Y ahí está la contradicción actual: buscamos intimidad, pero al mismo tiempo levantamos defensas para no depender de nadie”, dice.
No cabe duda de que el lenguaje actúa como el andamiaje emocional y físico en las relaciones, por lo que las palabras que se eligen pueden fomentar la confianza, establecer límites y despertar la excitación, mientras que el uso de expresiones o palabras problemáticas puede erosionar instantáneamente los lazos emocionales y acabar con el deseo sexual de la pareja. El verdadero ick es intentar huir siempre de las conexiones y de las emociones y olvidar que incluso en un lío de una noche, se establece instantáneamente cierta unión. Y a partir de ahí, que cada uno actúe de acuerdo a si quiere algo más o tan solo sexo, porque ambas cosas están bien.
Fuente: EL PAÍS

