El músico cubano finaliza su gira española de 10 fechas con llenos, un público conmovido y un llamamiento poético a la esperanza y a seguir luchando
Silvio Rodríguez se levanta de la silla y deja a un lado la guitarra. Es la única vez en un concierto que dura dos horas que va a interpretar una canción de pie. Los músicos se marchan. Solo se queda en el escenario la familia: su pareja, la flautista Niurka González, y la hija de ambos, Malva, de 23 años, acompañando a las voces y al piano. Una reunión íntima, casi como si coincidieran en la cocina de su casa. La canción que interpretan no la firma el cubano. “Enemigo de la guerra y su reverso la medalla”, entona Silvio con esa voz inconfundible y aún vigorosa a sus 79 años. El público estalla en una ovación. Muchos no pueden contener las lágrimas; otro espectador grita: “¡Viva la revolución!”. La belleza, esa canción que compuso Luis Eduardo Aute contraponiendo la armonía humana a la barbarie, embaucó a un repleto Movistar Arena, en Madrid, el pasado domingo en el último de los 10 conciertos que el legendario músico ofreció en España.
Ha sido su gira más larga por España en 10 años. Desde el 1 de septiembre y hasta el 4 de octubre, Rodríguez pasó por Barcelona, Zaragoza, Bilbao (dos noches), Valencia, A Coruña, Sevilla (dos noches), Murcia y Madrid. Todos los días se llenaron. Teresa Troncal, una seguidora que acudió al recital de A Coruña, resume lo sentido: “Fue como estar en un reducto de paz y humanidad, a salvo de lo antipático que se ha vuelto el mundo”.
Días antes del concierto de Madrid, en conversación con EL PAÍS, Rodríguez (San Antonio de los Baños, Cuba) explica por qué eligió La belleza: “Eduardo, además de compañero de oficio, era y sigue siendo para mí un hermano. Su familia es mi familia. Por eso hacemos La belleza a nivel familiar. Es una canción hermosísima, entre las muchas bellezas que compuso. Pude haber escogido otra, aunque me pareció que esta le hubiera gustado especialmente”. Aute (fallecido en 2020) y Rodríguez compartieron amistad, confidencias, temores y un disco en directo histórico donde se entrelazaron sus universos musicales y poéticos, Mano a mano (1993).
Media hora antes de la cita madrileña, Silvio Rodríguez llegaba a Movistar Arena acompañado de su esposa y su hija. Paso tranquilo, un “buenas tardes” al personal del recinto, y una cámara de fotos en la mano. Luego, dejaría su Canon R8 reposando en una mesa con sus cosas de escenario, como un vaso con un brebaje para oxigenar la voz. “Silvio es un gran fotógrafo y le gusta, al acabar el concierto, tirar algunas fotos del público y de los músicos. Pero esta vez se le olvidó, sin duda por toda la emoción de la noche”, relata Daniel Mordzinski, ilustre fotógrafo argentino que ha acompañado al músico en la decena de fechas españolas.
Los músicos de la banda calientan musculatura en el camerino con unos ligeros movimientos de brazos. El espigado Pedro Pastor, que ejerce de telonero, recibe en el camerino la visita de sus padres, los también músicos Luis Pastor y Lourdes Guerra. “Es tremendo, porque las letras de Silvio están hoy casi más vigentes que en los setenta. El mundo se va al carajo y él lo lleva contando desde hace mucho tiempo”, cuenta Pastor, de 32 años.
En las antípodas de moralismos y de mensajes panfletarios, Rodríguez dejó cada noche que la poesía hablara con un repertorio de alto contenido emocional y simbólico. En Ala de colibrí apostó por la solidaridad y la ternura contra la brutalidad del mundo (“Hoy me propongo fundar un partido de sueños”), en Eva cantó a la emancipación femenina, transformando el relato bíblico (“Eva no quiere ser para Adán… Eva deja de ser costilla”), en Venga la esperanza incitó a seguir la lucha a pesar del peso del desánimo (“Venga la esperanza, venga sola a mí. / Lárguese la escarcha, vuele el colibrí. / Hínchese la vela, ruja el motor. / Que sin esperanza ¿dónde va el amor?”).
Leyó extractos de poemas de José Martí, y también Halt! (Alto), de Luis Rogelio Nogueras (“el mejor poeta de mi generación”, dijo), un poema sobre la memoria del horror y la contradicción de que los herederos de las víctimas del Holocausto terminen reproduciendo la violencia que padecieron, en alusión al genocidio israelí en Palestina. Después de la lectura del poema y justo antes de la interpretación de la perturbadora La era está pariendo un corazón, la hija de Rodríguez, Malva, se acercó a la silla donde cantaba su padre y le colocó cuidadosamente un pañuelo palestino, la kufiya, en uno de los momentos más conmovedores de la noche. Si durante todo el concierto el público siguió las interpretaciones cantando en bajito para que se escuchara la voz vibrante de Rodríguez, cuando llegó Ojalá la euforia se desató, la gente mandó a paseo la compostura y el pabellón fue un solo grito: “Ojalá, por lo menos, que me lleve la muerte para no verte tanto, para no verte siempre”. Entre el coro de 12.000 personas que llenaron el recinto en Madrid se sumaron los músicos Manuel Carrasco, Pedro Guerra, Ismael Serrano, Alejo Stivel, Juan Aguirre (Amaral) o el escritor Juan Gabriel Vásquez, que disfrutaban desde las sillas de la pista.
El músico se presentó con unos grandes cascos encima de una gorra en la que se leía “Aprendiz”, palabra que resume su filosofía de vida: después de tantos años de oficio, nunca pierde la curiosidad por descubrir cosas, por afrontar el arte desde la humildad del que comienza. Sobre los llamativos auriculares argumentó a este periódico: “Hace años usaba esos in ears que utiliza todo el mundo [pequeños y que se introducen en el oído], pero me pasó que al terminar un concierto y ponerme de pie perdí totalmente el equilibrio. Cuando me examinó el otorrino, tenía afectado el oído interno, por los volúmenes. Entonces decidí usar esos cascos, que son abiertos. Así he podido resolver mi caso, aunque se me escapan algunas cosas que dice el público”.
Esta gira ha permitido a Rodríguez pasar un mes en España, tiempo en el que ha coincidido con diversas realidades que ocurrían en el país, como los conciertos de Shakira en la capital, las diabluras de Lamine Yamal en los partidos de la selección española o la acampada de la Puerta del Sol reclamando medidas urgentes al problema de la vivienda. Este último tema suscitó su mayor atención. “La acampada de Sol me produce esperanza y me da valor”, señala. “El mundo parece estar sumiéndose en una edad oscura. Como si el señor de Mordor lo estuviera invadiendo con su corte de orcos. Que ocurran eventos por la justicia, inspirados en la piedad y la solidaridad, como el de la Puerta del Sol, es estimulante; mucho más para los que, por ley natural, estamos en retirada y alguna vez pudimos ver que el mejoramiento humano es posible”.
Precisamente en la letra de La belleza, Aute proclama que los “mercaderes… más que náusea, dan tristeza”. Preguntamos a Silvio si eso mismo le producen políticos como Trump, Milei o Bolsonaro. “Me provocan lo adverso, que puede reaparecer de distintas maneras, y eso fue lo que me inspiró la canción Sueño con serpientes, que dice: ‘La mato y aparece una mayor / con mucho más infierno en digestión”. Esa canción la interpretó en una gira que ha reunido a un público no solo veterano. “Los conciertos han sido cálidos, sin excepción, y no me refiero a la temperatura de España que, por razones ambientales, coincide”, explica el músico. “Siempre me sorprende que haya jóvenes; algunos se acercan y cuentan que me escuchan desde niños; otros llegan con sus padres y me queda claro. Hace 49 años que vine a España por primera vez y ya entonces rondaba por aquí mi primer disco. Es estimulante saber que algunos te recuerdan y es sorprendente que incluso algunos de sus hijos nos conocen”.
Fuente: EL PAÍS

