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En el epicentro del terremoto de Venezuela: “Una máquina, por favor. Necesito a mi hermana que está ahí abajo”

En La Guaira, una ciudad en la costa centro del país, se han desplomado 250 torres de edificios y hay muchas personas atrapadas, cuya supervivencia depende de la rapidez de los rescates.

Una mujer lloraba desesperada y pedía una máquina. Su hermana estaba bajo la montaña de unos pocos metros de altura en la que quedó reducida la torre de 12 pisos donde vía. “Una máquina, por favor. Necesito a mi hermana que está ahí abajo”. En otro edificio de La Guaira, de medio millón de habitantes, un hombre miraba a ninguna parte mientras acariciaba un cadáver cubierto por una manta, que estaba al lado de otros dos. Más allá otros cuerpos a la espera de funcionarios de la morgue que todavía no llegan 18 horas después del desastre, como tampoco los rescatistas ni los equipos ni las cuerdas ni las máquinas ni el agua.

En las calles, filas de personas caminan arrastrando maletas, neveras, colchones. Carros salen con lo que ha quedado de casas enteras a cuestas para pasar la noche lejos. Donde se mire alguien llora. Así está la zona cero del desastre que han provocado los dos sismos que sacudieron Venezuela la tarde del 24 de junio, un día feriado en el país en el que los que no estaban en sus casas estaban tocando tambores en las fiestas de San Juan.

En el sector de Catia La Mar, en el Estado de La Guaira, la gente no ha parado de buscar a sus familias, y a sus muertos, desde que los dos sacudones de la tierra volvieran a instalar el estado de tragedia en el litoral que en 1999 ya había sido arrasado por un deslave. Lo hacen con machetes, martillos, palos, gatos hidráulicos para carros. Con las uñas, con sus vecinos. La presencia oficial de rescatistas casi no se nota en la zona cero del desastre.

El balance de las autoridades nacionales al mediodía del jueves, da cuenta de al menos 250 edificios desplomados en La Guaira y 187 fallecidos. En Caracas, hay cuatro torres residenciales caídas y decenas de edificios con grietas y fallas. La gente pide máquinas y brazos para mover escombros. Las redes de solidaridad que el venezolano ha cultivado para gestionar una crisis cotidiana se han activado para hacer inspecciones, prestar maquinaria, buscar desparecidos.

“Aquí nadie ha venido”, decían el jueves con desesperación los vecinos del Urbanismo Hugo Chávez que han pasado la noche en las aceras. Falta gente para la gente que queda en un país de migrantes. En esta conjunto residencial hay 197 torres de edificios de cuatro pisos, donde viven más 27 mil familias reubicadas hace 14 años. Gran parte de la población ya había perdido su vivienda en el deslave o vivía en zonas de riesgo y se beneficiaron de la Misión Vivienda del chavismo.

Las torres que han quedado aparentemente en pie han quedado destruidas por dentro. Ahora son un amasijo de metal, piezas plásticas, de cartón y de fibra de vidrio y de estructura ligera con la que se construyeron muchos de estos edificios sociales. “Todas las torres están afectadas”, dice Germania Vallera, de 59 años que trabaja como defensora de derechos de niños y niñas. “Ya no sé cuántos muertos hemos sacado, queda mucha gente bajo los escombros”, dice la mujer que no para de llorar. Su esposo y su hijo han sobrevivido, pero sus vecinos no.

En otro conjunto de vivienda social en La Guaira, el urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi, Jesús Bonasil, de 45 años, contó un escape de película del edificio en desplome en el que salvó a su madre y su perro. “Yo vivía en el piso 10 y sentí como se iba cayendo todo. Un muro de mi apartamento cayó sobre la lavadora y por ese espacio pude zafarme. Cuando salí estaba a la altura piso 2, todo quedó abajo”.

En otra de las torres Jordi Arévalo había pasado la noche tratado de sacar a Dana, su vecina de 11 años. “Anoche se escuchaba pidiendo auxilio, pero es muy estrecho el espacio, no pudimos sacarla”. A un lado la madre de Dana gritaba de dolor abrazada de su otro hijo que pudo salir a tiempo. Lloraban porque los vecinos habían desistido. “Está muy morada”, explicaban.

Dana fue una de las niñas que falleció en ese edificio. Y hay otros por los que las madres se les vio todavía, 18 horas después del desastre gritando a los escombros, por si escuchan una respuesta entre las placas aplastada. Sofía Córdova la conoció desde bebé y también lloraba. Ella misma se puso una muñequera para aguantar lo que presume es una fractura de unos de los huesos de la mano. El sismo no la alcanzó en casa, pero sí destruyó totalmente su vivienda y la bodega con la que sostenía. Estaba atendiendo el negocio de un hijo que también sufrió daños. “Cuando intenté salir corriendo de donde estaba me caía, y cada vez que me levantaba me volvía a caer. Ahí me fracturé la muñeca. Si no lo hacía iba a morir tapiada”, dice la mujer de 57 años, entre lágrimas. “Todo el sacrificio que uno ha hecho por tener sus cosas y ha quedado en nada. Es muy difícil empezar otra vez de cero”.

Fuente: EL PAÍS

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