Tras unos años de reinado del pantalón, la falda regresa con fuerza esta temporada. Analizamos qué quiere decir ahora
Hace 20 años, Miuccia Prada lo dijo en una entrevista: “La falda es como una camiseta”. Entonces era 2006; esta semana, dos décadas después, sigue defendiendo la misma idea, la de una prenda sencilla que puede ser lo que una desee y que funciona como punto de partida. Una especie de lienzo en blanco, un básico entre los básicos. Para prueba, un botón: el pasado martes, en Milán, ella y su codirector creativo, Raf Simons, presentaron un desfile de Prada con una colección (la de la primavera-verano 2027) dedicada a 63 versiones de la falda, todas ellas diferentes a pesar de ser todas a la altura de la rodilla. “Un ejercicio de exploración dentro de parámetros estrictos”, redactó Simons en la nota de prensa.
La falda es para Prada lo que la gabardina es para Burberry, los vaqueros a Levi’s y la chaqueta Bar para Dior: una silueta definitoria que ha servido de base para todas las colecciones desde que la propia Miuccia asumió la dirección del negocio familiar a finales de la década de 1970.
Tras años en los que los pantalones de corte sastre y los de chándal han dominado las tendencias, las predicciones de tendencias dicen que la falda está viviendo un resurgimiento y se prevé que el mercado mundial de faldas crezca casi un 6,5 % interanual hasta 2033. Esto es así porque estamos a punto de presenciar un cambio en el sector: se deja atrás la sobriedad del “lujo silencioso” y apetece, en oposición, una ropa más alegre y divertida. Como las faldas de Prada.

De Sumeria a las sufragistas
Mucho antes de que existiera la moda, ya existían las faldas. Una pieza tejida con paja, datada en torno al 3900 a. C. y hallada en una cueva de Armenia, está considerada uno de los ejemplos más antiguos que se conservan. En sus orígenes, la prenda no distinguía entre hombres y mujeres: era, sencillamente, una manera práctica de cubrir la parte inferior del cuerpo.
Los sumerios vestían kaunakes, una especie de falda de piel o tejido que imitaba el vellón de las ovejas, mientras que en el Antiguo Egipto los hombres llevaban el shendyt, una pieza de lino enrollada a la cintura. La longitud y la calidad de los tejidos también hablaban de riqueza. Como explica la historiadora de la moda Kimberly Chrisman-Campbell, autora de Skirts: Fashioning Modern Femininity in the Twentieth Century, antes de la Revolución Industrial la tela era tan cara que una falda amplia era, además de una cuestión estética, una demostración de poder económico. La falda nunca ha sido solo una falda.

La asociación de la falda con la feminidad se consolidó en Europa occidental durante la Edad Media, a medida que los hombres adoptaron las calzas y otras prendas de piernas separadas. En los siglos posteriores, el volumen de las faldas femeninas se convirtió en un signo de distinción social. Aros, corsés y miriñaques dieron forma a siluetas cada vez más aparatosas que, especialmente durante la época victoriana, también restringían el movimiento de las mujeres.
La respuesta llegó desde los primeros movimientos feministas. En 1851, la activista Elizabeth Smith Miller diseñó una falda más corta sobre unos pantalones holgados inspirados en la indumentaria turca. La periodista Amelia Bloomer difundió la propuesta en The Lily (el primer periódico de Estados Unidos editado y publicado por y para mujeres), y la prenda acabó adoptando su apellido. Los bloomers permitían caminar, montar en bicicleta y moverse con mayor libertad, también fueron conocidos como el freedom dress y supusieron uno de los primeros intentos de cuestionar las convenciones de la vestimenta femenina.
La revolución de la minifalda
El siglo XX convirtió la longitud de la falda en un reflejo de los cambios sociales. En los años veinte, las mujeres flapper popularizaron siluetas más rectas y dobladillos por encima del tobillo, en sintonía con una nueva idea de modernidad y autonomía. A finales de la década, el economista George Taylor planteó una curiosa teoría: la longitud de las faldas podía relacionarse con los ciclos económicos, una hipótesis que acabaría conociéndose como el hemline index. Cuanto más corta es la falda, mejor es la situación de la economía y de los mercados financieros, aseguraba. Aunque algunos estudios posteriores han encontrado cierta correlación, la teoría está lejos de ser una regla universal.
Tras la Gran Depresión y la austeridad de la guerra, Christian Dior recuperó en 1947 las faldas largas, voluminosas y de cintura estrecha con su célebre New Look. Poco después, la falda lápiz, ceñida y de líneas rectas, se convirtió en una de las siluetas más características de los años cincuenta, asociada a la elegancia de actrices como Audrey Hepburn, Grace Kelly y Marilyn Monroe.

Para llegar a una verdadera ruptura tuvimos que esperar hasta los sesenta. En 1964, la diseñadora británica Mary Quant popularizó la minifalda desde las calles del londinense barrio de Chelsea, en un momento en que las mujeres jóvenes buscaban una forma de vestir que las diferenciara de sus madres. André Courrèges presentó ese mismo año una propuesta similar en París, mientras la minifalda se convertía en uno de los símbolos visuales de una generación que reclamaba mayor libertad sobre su cuerpo.
Desde entonces, la falda ha seguido el ritmo de cada época. En los ochenta, acompañó la entrada de las mujeres en el mundo profesional a través del power dressing (Thierry Mugler diseñó un traje con una chaqueta y falda ajustada por encima de la rodilla que fue de lo más copiado); en los noventa, se integró en el minimalismo de diseñadoras como Jil Sander y en el nuevo look de Chanel (los trajes de chaqueta de colores, de la colección prêt-à-porter otoño-invierno 1983/1984 de la maison francesa sigue siendo hoy recordados) y, más tarde, volvió a acortarse al calor de la cultura pop, de las Spice Girls a Clueless. Esta nueva temporada conviven prácticamente todos los largos, tejidos y siluetas, sin que ninguno haya conseguido imponerse de manera definitiva.

En los últimos meses ya habíamos visto algunas pistas: el pasado febrero, las faldas con estampados inspirados en Warhol que Dario Vitale presentó en su única colección para Versace fueron el tema de conversación. También el diseñador del momento, Matthieu Blazy, recuperó la falda de tubo en el clásico traje de chaqueta de Chanel, en su colección de otoño-invierno 2026. Dries Van Noten, Fendi, McQueen: la falda ha sido un territorio común para la experimentación esta temporada.

Quizá por eso la falda sigue siendo una prenda tan interesante para la moda. Su significado nunca ha sido del todo estable: puede representar la tradición o la ruptura, la formalidad o la provocación, la comodidad o la restricción. Miuccia Prada lleva años explorando esa contradicción y, a juzgar por su última colección, todavía queda mucho por contar de una de las piezas más antiguas —y cambiantes— que viste a las mujeres.
Fuente: EL PAÍS

