En el Hospital Universitario de la tercera ciudad más poblada de Colombia, uno de los centros asistenciales afectados, se desplomó parte de la unidad de cuidados intensivos
Con el puño cerrado dirigido hacia el cielo, el bombero Danilo Prada grita una orden que todos obedecen de inmediato: “¡Silencio total!”. Sobre una montaña de escombros, cualquier ruido puede ser fundamental para salvar una vida. En la esquina oriental de la galería La Alameda, en el centro de Cali, funcionaba hasta hace algunas horas una droguería. Ahora se amontonan pedazos de concreto, ladrillos y polvo. La gente se ha acercado para ayudar a remover los restos con las manos. Dos sobrevivientes han sido trasladados en ambulancia. Ahora, los socorristas intentan escuchar a quienes podrían seguir atrapados.
La escena se repite en distintos puntos de la tercera ciudad de Colombia minutos después del terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente de Colombia a las 7.34 de la mañana de este lunes. La ciudad quedó parcialmente incomunicada, los semáforos dejaron de funcionar, el agua y la energía desaparecieron de amplios sectores y los teléfonos celulares tienen señal con dificultad. Muchos de los bomberos y socorristas que llegaron a los lugares más afectados lo hicieron por iniciativa propia.
Al menos 30 estructuras han colapsado, según el reporte entregado durante la mañana por el alcalde Alejandro Éder, mientras los equipos de rescate continúan buscando personas entre los escombros. La gobernadora del departamento del Valle del Cauca, del que Cali es la capital, reporta al menos 27 fallecidos en sus otros municipios. Las cifras, que crecen mientras avanzan las labores de rescate, apenas alcanzan a explicar la dimensión de un terremoto que, según los caleños, se ha sentido como aquel de 1999, que dejó un millar de muertos.

En el Hospital Universitario, uno de los centros asistenciales afectados, se desplomó parte de la unidad de cuidados intensivos de cardiología. En medio del caos, Stefanía Cedeño, jefa de enfermería de esa unidad, permaneció junto a sus seis pacientes. Apenas pasó el movimiento, corrió a identificarlos. En una hoja blanca, escrita con marcador, anotó sus nombres para organizar la evacuación. Después fueron trasladados al parqueadero, convertido en un improvisado espacio de atención donde ahora se encuentran más de 100 pacientes provenientes de diferentes salas. Algunos, convalecientes, permanecen a la intemperie. “No pude salir y dejarlos tirados”, cuenta Cedeño. La frase resume la angustia de quienes, en medio de la emergencia, tuvieron que decidir entre ponerse a salvo o quedarse al lado de quienes dependían de ellos.
A pocas cuadras, en la clínica Los Andes, el doctor Eduardo Rumbo se encontraba en una sala de cirugía cuando el movimiento obligó a detener los procedimientos. Al salir, el personal médico vio cómo parte de la fachada del edificio contiguo a la clínica Imbanaco se desprendía. En otros puntos de la ciudad, el terremoto también dejó escenas de destrucción. Las dos torres de cuatro pisos del motel Molino Rosa cayeron sobre uno de los costados de la autopista Sur.
En el norte de la ciudad, Graciela Malfitano, de 80 años, estaba sola en su casa cuando una pared vecina se desplomó sobre el patio de ropas. Como ella, otros adultos mayores de la zona viven los minutos posteriores al terremoto en medio del miedo y la incertidumbre.
Desde el norte, a lo largo de Carrera Quinta, hasta los barrios Tequendama, El Refugio y Capri, en el sur de la ciudad, se concentran los mayores daños. Los vidrios rotos y los ladrillos cubren los andenes. La vía recorre el pie de las montañas andinas que, al oeste de la ciudad, definen la ubicación de la urbe que menos de 60 horas antes estaba en el centro de las miradas de todos los colombianos, por haber recibido la posesión del presidente Abelardo de la Espriella, en una inédita ceremonia fuera de Bogotá, la capital. El cuartel donde De la Espriella dio su primer discurso como presidente sufrió importantes daños.

Mientras los equipos de emergencia buscan sobrevivientes, miles de caleños permanecen temerosos de nuevas réplicas, como la docena registrada a lo largo de la mañana. Dudan en regresar a sus viviendas o sus lugares de trabajo, pues las estructuras podían haber quedado debilitadas. La ciudad, que se preparaba para celebrar el popular festival Petronio Álvarez este fin de semana, la mayor fiesta de cultura del Pacífico colombiano, ha quedado demudada.
Fuente: EL PAÍS

