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El invierno nuclear, la catástrofe que podría extinguir a la humanidad, según Carl Sagan

En la década de 1980, durante el contexto de la Guerra Fría, varios académicos, entre ellos el astrónomo y divulgador científico estadounidense Carl Sagan (1934-1996), se preguntaban qué pasaría si ocurriese una guerra nuclear global con las grandes potencias del mundo como protagonistas: Estados Unidos y la Unión Soviética (URSS, hoy Rusia).

Para Sagan, la respuesta a esta escalofriante cuestión era una catástrofe que denominó el invierno nuclear, un periodo de oscuridad, hambruna y frío extremo que pondría al borde de la extinción a la especie humana y también a otras formas de vida en la Tierra.

Un desastre climático como en Marte

La teoría del invierno nuclear surgió en la comunidad científica cuando las primeras sondas espaciales empezaron a explorar otros planetas.

En 1971, la nave Mariner 9 de la NASA —la primera en orbitar otro mundo del sistema solar— había descubierto, tras llegar a Marte, que el planeta rojo estaba envuelto por una tormenta de polvo global.

Esta gigantesca nube retenía gran parte de la radiación solar e impedía que el calor —y también la luz— llegase a la superficie, cuya temperatura se encontraba bajo cero. Meses después, cuando las partículas de polvo cayeron de la atmósfera, el escenario se invirtió: el aire estaba frío y el suelo caliente.

Intrigados por este evento, Sagan y cuatro colegas suyos (Richard Turco, Brian Toon, Thomas Ackerman y James Pollack) comenzaron a averiguar qué posibles escenarios podrían causar que la Tierra se vea inmersa bajo una gigantesca nube de polvo u hollín a gran escala y por largo tiempo (que no sean producto de erupciones volcánicas o caídas de un meteorito como el que extinguió a los dinosaurios).

Fue así que entonces vieron la amenaza más cercana en el uso del inmenso arsenal nuclear que tenían EE. UU. y la URSS, cuyas ojivas nucleares ascendían a más de 60.000 para la década de los 80, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

De acuerdo con la teoría del invierno nuclear, las explosiones nucleares superiores a 5.000 megatones desencadenarían tormentas de fuego sobre muchas ciudades y bosques. Esto generaría columnas de humo, hollín y polvo que permanecerían en la atmósfera por semanas, bloqueando el ingreso de luz solar casi en su totalidad.

Como resultado, en la superficie se experimentarían temperaturas ínfimas (podrían caer entre 15º y 25º C) y un periodo de oscuridad y lluvias radioactivas mortíferas. Estas condiciones, en conjunto, interrumpirían la fotosíntesis de las plantas y, en consecuencia, gran parte del ciclo de la vida vegetal y animal. Y así ocurrirían millones de muertes por inanición, enfermedades y heladas.

La amenaza de la guerra nuclear en la Tierra

La propuesta del invierno nuclear vio la luz finalmente en el artículo de la revista Science “Consecuencias atmosféricas globales de la guerra nuclear” (conocida como el estudio TTAPS, las siglas de las iniciales de los autores).

Por el prestigio de su nombre, Sagan, presentador del programa televisivo de astronomía “Cosmos”, se llevó el mayor crédito de la investigación, ya que fue quien dio la cara a los medios de comunicación para advertir al mundo de esta catástrofe. “¿Sería la guerra nuclear el fin del mundo?”, advertía en la portada de la revista Parade en octubre de 1983.

La hipótesis del invierno nuclear fue clave para disminuir significativamente la capacidad nuclear de ambas potencias a partir de los años 90, aunque hasta ahora es una amenaza latente, con más países que desarrollan estas armas como China, Reino Unido, Francia, Pakistán e India.

Por esa razón, cuatro décadas después de haber sido propuesta, la teoría del invierno nuclear continúa vigente y es el eje de otros estudios científicos, que examinan el hipotético escenario con más detalle y precisión que el estudio de Sagan y compañía.

Uno de los más recientes, publicado en la revista Nature Food en 2022 y con base en datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), determinó que las consecuencias de un conflicto nuclear entre EE. UU. y Rusia hoy en día destruiría tantas cosechas de maíz, arroz, trigo y soja que dejarían a más del 75% del planeta en estado de hambruna.

Fuente: LA REPÚBLICA

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