La respuesta de estrés puede sostenerse después de que la amenaza desapareció, con signos físicos como tensión muscular, sobresaltos o dificultades para dormir que no siempre ceden con la comprensión racional
El corazón puede acelerarse, la respiración hacerse más rápida y los músculos conservar tensión aun cuando no existe una amenaza inmediata. La persistencia de la alerta corporal responde a un sistema de protección que puede mantenerse activo después de que el peligro haya terminado. La comprensión racional de que un lugar o una situación son seguros no siempre modifica al mismo tiempo esa respuesta física.
Esa experiencia forma parte de la reacción de estrés, un mecanismo que prepara al organismo para responder con rapidez cuando interpreta que existe un riesgo.
Un artículo publicado por Psicología y Mente fue firmado por Sebastián Díaz Maza, psicólogo clínico, terapeuta EMDR certificado y director clínico de Centro CAPI. Díaz Maza describe la hipervigilancia como una atención especialmente orientada a detectar posibles amenazas, que puede acompañarse de tensión, sobresaltos y dificultades para descansar. Un estudio publicado en Psychological Research (Wang et al., 2024) confirmó que ese estado redirige la atención hacia el entorno externo en detrimento del procesamiento interno, lo que dificulta bajar la guardia incluso en ausencia de riesgo real.
El texto aclara que no toda alerta persistente se vincula con un trauma y que el estrés actual, el descanso, el consumo de estimulantes y otras condiciones de salud deben considerarse al evaluar cada situación. También advierte que estos signos aislados no permiten establecer una causa ni realizar un diagnóstico.
El sistema de estrés puede seguir activo después de que pasa la amenaza

Harvard Health Publishing explica que una situación interpretada como amenazante activa una secuencia que involucra a la amígdala —la región del cerebro que procesa las señales de peligro—, el hipotálamo —que funciona como centro de comando y coordina la respuesta del organismo— y las glándulas suprarrenales, que liberan adrenalina y cortisol al torrente sanguíneo. Esa cadena prepara una respuesta inmediata: puede aumentar el ritmo cardíaco, acelerarse la respiración y tensarse los músculos para disponer de energía ante una posible acción.
El sistema nervioso simpático cumple la función de activar esa reacción; el sistema parasimpático, en cambio, opera como freno y favorece el retorno al descanso cuando la amenaza disminuye. Si el cerebro mantiene la percepción de peligro, la activación puede continuar. El cuerpo puede sostener la respuesta de estrés incluso cuando la evaluación consciente ya reconoce que no hay un riesgo inmediato. Un estudio longitudinal publicado en Biological Psychiatry (de Voogd et al., 2025) mostró, mediante resonancia magnética funcional, que una mayor reactividad de la amígdala ante señales de amenaza puede predisponer al desarrollo de síntomas de estrés postraumático, incluso antes de que ocurra un evento traumático.
La institución estadounidense señala que esa reacción no se limita a peligros físicos. Una preocupación persistente, presiones laborales o dificultades familiares pueden desencadenar el mismo mecanismo. La repetición de estos episodios puede prolongar el estado de activación y asociarse con efectos sobre el descanso, la concentración y el bienestar físico.
El Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos distingue el estrés de la ansiedad. De acuerdo con el organismo, el primero suele responder a una causa externa y puede disminuir una vez que esa situación se resuelve. La ansiedad, en cambio, puede sostenerse sin una amenaza presente y afectar el funcionamiento cotidiano. Ambos procesos pueden incluir preocupación excesiva, tensión, dolor corporal y alteraciones del sueño.
Los síntomas requieren evaluar el contexto y su impacto cotidiano

El Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos indica que los recuerdos de un evento traumático, determinadas palabras, objetos o situaciones pueden funcionar como señales que reactiven síntomas físicos y emocionales. Cuando eso ocurre, la reacción no siempre es reconocible como miedo: puede manifestarse como irritabilidad, dificultad para concentrarse o una sensación persistente de estar en guardia sin motivo aparente.
El Centro Nacional para el Trastorno por Estrés Postraumático, dependiente del Departamento de Asuntos de Veteranos de Estados Unidos, informa que después de una experiencia traumática es frecuente sentir temor, tener dificultades para dormir o permanecer en alerta durante un tiempo. La mayoría de las personas mejora gradualmente, aunque algunos síntomas pueden persistir o aparecer más tarde.
Según el Centro Nacional para el Trastorno por Estrés Postraumático, sentirse permanentemente vigilante, sobresaltarse con facilidad, presentar irritabilidad o tener dificultades de concentración y sueño integra el grupo de síntomas de activación y reactividad que los profesionales evalúan ante un posible trastorno de estrés postraumático. La presencia de estas señales no confirma por sí sola ningún diagnóstico.
El organismo precisa que un profesional de salud mental es quien puede determinar si existe un trastorno y valorar otras explicaciones posibles. También recomienda consultar cuando los síntomas se mantienen durante más de un mes, generan un malestar intenso o interfieren en el trabajo, los vínculos, el descanso u otras actividades diarias.
Fuente: INFOBAE

