El partido, triunfante en territorios profundamente republicanos, se hace con el Senado y la Cámara de Representantes, algo que solo había pasado seis veces en la historia
El demócrata Jon Ossoff en un evento celebrado la noche de las elecciones, en Atlanta.Foto: Mike Stewart (AP) | Vídeo: EPV
Dos años después de perder la Casa Blanca y el Capitolio ante el empuje de un Donald Trump resurgido de sus cenizas, los demócratas recuperaron este martes con holgura el control de la Cámara de Representantes y del Senado en las elecciones legislativas de mitad de mandato. Fue una auténtica carnicería para los republicanos, un serio castigo al presidente de Estados Unidos y una velada histórica, pese a lo gastado del adjetivo: esa doble pérdida legislativa para el partido en el poder solo se había dado en seis ocasiones anteriores.
Impulsada por el hastío de los votantes ante una presidencia caótica y llena de promesas rotas, la oposición devolvió el golpe a Trump con fuerza, como lo haría un luchador recompuesto tras morder el polvo. Las encuestas vaticinaban una ola azul, pero, por seguir con una de esas analogías que tanto gustan en Washington, un verdadero tsunami acabó arrasando las costas republicanas.
Los demócratas lo ganaron casi todo. En Texas, James Talarico, que aspiraba a la Cámara alta frente a Ken Paxton, un rival apoyado por Trump que un crítico cinematográfico habría machacado como un error de casting, obtuvo una victoria para su partido por primera vez en más de 30 años. Mientras, su compañera de filas, Gina Hinojosa, hacía historia: será la primera latina en gobernar en ese Estado profundamente conservador.
A medida que avanzaba la noche, los republicanos veían escaparse en el Senado un territorio reñido tras otro: Iowa, Kansas, Ohio, las dos Carolinas y Maine, donde los votantes pusieron fin a la carrera de 30 años en el Capitolio de Susan Collins. La penúltima conquista fue la de Abdul El-Sayed en Míchigan, un candidato progresista y el primer musulmán en la Cámara alta en la historia del Capitolio.
Fue a eso de las 22.00 (seis horas más en la España peninsular) cuando se pudo dar por descontado que los demócratas superarían el umbral de los 218 escaños que necesitaban para la mayoría de la Cámara de Representantes. Pero la sangría roja no se detuvo ahí: el partido de Trump perdió contiendas a gobernador en lugares tan improbables como Ohio o Iowa, donde Sherrod Brown y Josh Turek se llevaron el Senado.
No había terminado aún la votación en la costa Oeste, y ya estaba claro que no haría falta siquiera esperar a que cerraran los colegios electorales en Alaska a la 1.00 para saber que, por esta vez, la noche electoral se había quedado en Estados Unidos en eso, una noche y no, como últimamente, en una o varias semanas.

El presidente había pedido una y otra vez a sus fieles, y, por extensión, al resto de sus compatriotas, que fingieran que su nombre figuraba en las papeletas, pese a que esta cita con las urnas es, cada cuatro años, un referéndum solo en teoría sobre el desempeño del inquilino de la Casa Blanca, pues a quien se elige es a los miembros de las Cámaras legislativas.
Cuando ya no quedaban dudas sobre la debacle, Trump, fiel a su estilo de negar la realidad y al uso enfático de las mayúsculas, batió sus propias marcas de cinismo con el siguiente mensaje en su red social, Truth: “¡Yo no aparecía en la papeleta y, si hubiera aparecido, habríamos ganado CON UNA VICTORIA APLASTANTE!“. Al rato, habló con The New York Times para anunciar que está dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, y eso, en su caso, supo a noticia de impacto. Después, se puso al teléfono con Fox News y Politico para tratar sin éxito de escurrir el bulto de la fenomenal derrota. La culpa, con él, siempre es de otro.
Tradicionalmente, los electores suelen suspender al inquilino de la Casa Blanca en las midterms, un rito de paso presidencial que les brinda la oportunidad de decirle que no están contentos con el estado de las cosas. Animados esta vez, según las encuestas, por el enfado ante la marcha de la economía, el alto precio de la gasolina, la guerra en Irán, el terror migratorio, la corrupción del Gobierno y las fijaciones ególatras de Trump, los votantes tiñeron el mapa de azul en lugares en los que Trump había ganado de calle en las presidenciales de 2024.
Entonces, los estadounidenses le dieron un billete de vuelta a la Casa Blanca porque le creyeron cuando prometió que arreglaría la inflación, y que lo haría rápido. El jueves hará dos años de aquella victoria y aún siguen esperando que cumpla con esa promesa. El candidato también repitió decenas de veces en esa campaña que no metería a su país en una guerra en el extranjero y la lanzada junto a Israel contra Irán ya ha superado los nueve meses.
Primeros síntomas
Los primeros síntomas de la hecatombe republicana empezaron pronto. Y se convirtieron enseguida en clamorosas señales de alarma con la victoria del demócrata Jon Ossoff, que será senador por segunda vez en representación de Georgia y gana puntos como posible candidato a la presidencia en 2028.
Al rato, llegaron el vapuleo en Carolina del Norte de Roy Cooper a Michael Whatley, aspirante impuesto por Trump, y la perspectiva hasta hace meses impensable de una representante demócrata de Carolina del Sur en Washington. Será, a partir de enero, Annie Andrews, que se impuso a Darline Graham; esta última era otro capricho del presidente, que la había designado candidata por ser hermana de Lindsey Graham, fallecido en julio y al que ambas aspiraban a sustituir.

Después cayeron Kansas e Iowa, con las victorias del pastor Adam Hamilton y el centrista Josh Turek. Ken Paxton (de nuevo, un empeño de Trump) perdió en Texas, Estado en el que Elon Musk se llevó también un duro revés en unas elecciones que han sido un plebiscito sobre el poder absoluto de la oligarquía en los tiempos de Trump. Musk puso más de 560 millones de dólares para ayudar a los republicanos en Texas. Pero, por esta vez, el dinero del hombre más rico del mundo no sirvió para nada, como él mismo admitió ante sus 241 millones de seguidores en X, la red social de la que es propietario.
La noche dio además para otros hitos históricos. Dos Estados del viejo Sur esclavista, Florida y Georgia, tendrán por primera vez gobernadores negros: Byron Donalds (republicano) y Keisha Lance Bottoms (demócrata). Y, si Bottoms fue la primera afroamericana en conquistar ese cargo en la historia del país, Deb Haaland se convirtió en la primera nativa estadounidense en hacer lo propio en Nuevo México. California se dispone asimismo a tener un gobernador hispano por primera vez desde 1875 (Xavier Becerra).
Antes de romperse esos techos de cristal, la jornada electoral había transcurrido con razonable tranquilidad, salvo por algunos incidentes aislados, como una amenaza de bomba en Toledo (Ohio), inundaciones en Florida y fallos en el software de recuento en un condado de Nueva York.
El día había empezado con el envío por parte del Departamento de Justicia de una remesa de cartas amenazantes en la enésima treta de la Administración de Trump para poner preventivamente en duda los resultados en Alaska, donde los demócratas maniobraron para despistar a los electores con un candidato independiente (Dan J. Sullivan) llamado casi igual que el republicano (Dan S. Sullivan). Después, no se cumplieron los peores augurios: no hubo agentes federales armados en los centros de votación, y los mil observadores mandados por el Gobierno a los 50 Estados no protagonizaron ningún incidente reseñable.
A eso del mediodía, David Becker, director ejecutivo del Centro para la Innovación Electoral, referente en materia del derecho al voto en Washington, hablaba con alivio de la jornada “más tranquila” que recordaba, tras un año en el que Trump y sus aliados se desvivieron por sembrar dudas sobre el proceso democrático. Todo indica que los funcionarios y empleados electorales, así como jueces federales de todo el país y un ejército de activistas de los derechos civiles, lograron parar el golpe y torcer el brazo al presidente en su deseo de “nacionalizar” las elecciones, pese a que la ley indica que organizarlas no es asunto de incumbencia federal.
En su entrevista con el Times, Trump renegó aparentemente de ese historial de negacionismo electoral. También anunció su disposición a trabajar con los demócratas en el Capitolio, aunque no quepa esperar mucho de esa colaboración.
Él mismo había dicho el día anterior que piensa afrontar un Congreso hostil convertido en el “Señor Veto”, listo para truncar toda iniciativa legislativa del enemigo. Y este martes publicó en su Truth la imagen de una de sus características gorras rojas en la que en lugar de decir Make America Great Again podía leerse “VETO”.
Tampoco se antoja probable que los demócratas vayan a perder la oportunidad de hacerle la vida imposible en los dos años que le quedan en la Casa Blanca. Washington se prepara para que estos lancen investigaciones sobre miembros destacados de la Administración de Trump, así como un alud de citaciones para comparecer en el Congreso.

Cuando sus nuevos diputados juren el cargo el próximo 3 de enero, quedará oficialmente inaugurada además la temporada del pato cojo, otra metáfora de Washington que sirve para describir a un presidente en su último tramo de mandato: con los días contados y las manos atadas.
Y los demócratas se enfrentarán a su propio dilema: cómo hacer responsables a Trump y a sus aliados del caos y la brutalidad de los últimos dos años sin quedarse en el revanchismo. Todo indica que los estadounidenses les han votado más preocupados por que sus vidas mejoren que para que ajusten cuentas con el presidente de Estados Unidos. Por más que este martes le hayan castigado con una severidad pocas veces vista.
Fuente: El País

