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Patrick Radden Keefe, periodista: “Vivimos tiempos profundamente mercenarios. ¿Tienes dinero? Bienvenido”

El reportero estadounidense es uno de los escritores de no ficción más brillantes de su generación. Vuelve con un libro en el que late la nueva cultura del dinero

Radden Keefe está preocupado con el futuro de la prensa libre en Estados Unidos. Reputado periodista de investigación, es uno de los escritores de no ficción más brillantes de su generación. La primera vez que salió de su país durante el primer mandato trumpista, cuenta, no se atrevió a llevarse su ordenador portátil por miedo a que se lo requisaran al volver en el aeropuerto de Nueva York, la ciudad donde vive. “Que yo, como estadounidense que no ha cometido ningún delito, esté asustado al pasar por mi propio aeropuerto, por una policía secreta, un equivalente moderno de la Stasi, es muy preocupante”, apunta, café en mano, el jueves pasado, en un restaurante de Barcelona. Relata que en The New Yorker, la prestigiosa revista para la que trabaja desde hace 20 años, ya están pensando qué hacer el día en que el Departamento de Justicia pueda entrar por la puerta con una orden de registro.

Patrick Radden Keefe, de 50 años, un maestro en la narración de historias que parecen novelas, pero son historias reales con todos los hechos que allí se relatan comprobados, deslumbró en 2019 con No digas nada, libro en el que relataba todo el conflicto del IRA a través de la historia de una familia. Está en Barcelona para participar en la Bienal de Pensamiento y para presentar su nuevo libro, El hijo del oligarca (Seix Barral; Edicions del Periscopi, en su versión en catalán), la historia de un joven impostor, deslumbrado por el poder del dinero, que se ve atrapado en una espiral de mentiras, rodeado de mafiosos, en un Londres que destila corrupción.

Pregunta. Su nuevo libro explora un Londres marcado por la riqueza offshore y las sociedades opacas difíciles de rastrear, ¿qué descubrió sobre esta ciudad durante la investigación y hasta qué punto son responsables los políticos y las instituciones públicas de haber permitido que todo eso prosperara?

Respuesta. En el libro reflejo una cita de Boris Johnson, que dijo cuando era alcalde de Londres, en la que decía que Londres es a los multimillonarios lo que las selvas de Sumatra a los orangutanes. Había colegios que reclutaban activamente a los hijos de los oligarcas rusos, instituciones culturales encantadas de aceptar su dinero, agentes inmobiliarios felices. Vivimos tiempos profundamente mercenarios. ¿Tienes dinero?: bienvenido. ¿Eres un criminal?: no vamos a hacer preguntas. Y creo que, en cierto modo, esta es la historia de nuestro siglo: si tienes suficiente dinero, eso sirve para justificar una multitud de pecados.

P. Asistimos a una grave crisis de la vivienda. En su libro aparecen esos lujosos apartamentos vacíos. ¿Cuáles son las consecuencias sociales de un mercado inmobiliario cada vez más marcado por la riqueza global y que no presta tanta atención a los residentes locales?

R. Antes existía la idea de que si te esforzabas, si trabajabas duro, acabarías pudiendo comprarte una casa. Muchos jóvenes hoy en día piensan en el corto plazo, la vida es como un casino, tengo que hacerme rico cuanto antes. El que pasa años trabajando de forma honesta y ahorrando un poco cada mes es un pringado, porque ya no obtiene la recompensa que antes podía esperar al final del camino. ¿Y qué ocurre entonces? Ahí está una de las razones del auge de las criptomonedas y de las apuestas entre los jóvenes. Buscan atajos para hacerse ricos muy rápidamente. Y todo esto tiene que ver con la vivienda. Esta es una de las consecuencias indirectas de un mercado inmobiliario del que la nueva generación ha quedado excluida.

P. En un ensayo que escribió para el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), La verdad frágil, explicaba que quiso trabajar en The New Yorker porque era un espacio en el que “la verdad objetiva existía, podía descubrirse mediante una investigación rigurosa y explicarse a través de una prosa cuidada”. ¿Necesitamos la verdad?

R. Sí. Creo que la verdad existe, la ciencia existe, los hechos existen. Vivimos una era en la que cada cual parece habitar su propia realidad virtual, con sus redes sociales, sus algoritmos, ya no existe una cultura común compartida. Y eso hace que para muchas personas sea difícil reconocer que la verdad existe. Es fundamental que asumamos que la verdad existe, como principio filosófico. Y para los periodistas, la verdad es un proceso, trabajas con un objetivo, tienes que imponerte un método riguroso. Durante los últimos 20 años no hemos dejado de oír que los grandes medios tradicionales están en declive. Creo que ahora se abre una oportunidad para ellos, porque vivimos en una época en la que la gente no se cree lo que ve en sus pantallas. Todos estamos inmersos en una cloaca informativa. Tener un espacio al que acudir cuando quieres saber qué es cierto y qué no es algo esencial para la democracia. Y para nuestra cordura.

P. En muchos países, entre ellos España, hay estudios que indican que la confianza en los medios tradicionales ha caído. ¿Qué errores se cometieron para perder esa confianza?

R. Yo no culparía demasiado a los medios tradicionales. Algunos políticos oportunistas vieron que les resultaba útil demonizar a la prensa. Donald Trump es una figura histórica de alcance mundial. Es una persona extraordinariamente influyente. Él hace ciertas cosas y sus efectos se propagan primero por mi país y luego por el resto del mundo. Y cuando aparece una expresión como “fake news…” [noticias falsas].

P. O hechos alternativos…

R. Así es. Él dice: no creas a la prensa. Y en cuanto introduces esa pequeña gota de veneno, esa pequeña dosis de cianuro en el sistema, quiebras la confianza de la gente. Y las redes sociales aceleran ese proceso. Creo que ahora existe una oportunidad, porque la mayoría de la gente, cuando mira el teléfono, no se fía de nada de lo que ve. Hemos llegado a asumir esta idea de que no existen los expertos, de que no existe la ciencia y de que no te puedes creer nada. Hay algo de locura en todo eso. No creo que ninguno de nosotros quiera vivir en un mundo así.

P. ¿Espera algún cambio significativo en las elecciones de mitad de mandato que afronta ahora su país?

R. Me gustaría dejar claro que Trump es un presidente históricamente impopular. Ganó las elecciones legítimamente, por un margen estrecho, pero es muy impopular. Tiene un núcleo duro de seguidores para los que da igual lo que haga, es casi una secta. Pero creo que hay opciones de que una de las dos cámaras del Congreso, o incluso ambas, cambien de manos. Ahora bien, ¿confiamos en las elecciones? ¿Intentará Trump interferir? ¿Podría? Son momentos de gran nerviosismo.

P. Entonces, ¿qué espera que ocurra?

R. Se habla mucho de una “ola azul”, de la posibilidad de que el péndulo vuelva a oscilar en la otra dirección. Ojalá sea así. Pero tener esperanza es algo complicado para mí en estos momentos. Muchas veces acaba uno decepcionado. Estaría bien que hubiera un gran cambio político. El país se ha adentrado en una zona muy oscura. E incluso si los demócratas recuperan el control de la Cámara de Representantes y del Senado, el país seguirá en esa zona oscura.

P. ¿Qué opina del creciente uso de inteligencia artificial por parte de los escritores? La cuestión abre muchos debates, uno de ellos puede ser dónde se sitúa la frontera entre asistencia y autoría…

Fuente: EL PAÍS

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