La sobreprotección y el control, las heridas afectivas y la necesidad de reconocimiento que tienen los menores pueden condicionar su vínculo con los progenitores incluso en la edad adulta
Damos por sentado que todos los padres quieren a sus hijos. Y, desgraciadamente, no siempre es así. Me encantaría decir lo contrario. Por lo menos, sí que podemos decir que algunos no quieren a sus hijos como ellos necesitan que les quieran. El problema es que a veces confundimos amor con control, es decir, nos dirigimos a ellos de una manera que parece afectuosa y protectora cuando, en realidad, les estamos controlando y sometiendo. Confundir cariño con control es más frecuente de lo que imaginamos. ¿Y por qué sobreprotegemos a nuestros hijos y les controlamos? Generalmente por nuestros propios miedos y angustias.
Los padres autoritarios basan la educación que les dan a sus hijos en el miedo. Toman el control y los hijos son sometidos a través de la pedagogía del miedo. Meten miedo a sus hijos para no perder el control de la situación. Por este motivo, la sobreprotección no es una muestra de amor por parte de los padres, sino más bien de desconfianza hacia ellos. Los padres y las madres no siempre somos capaces de proteger a nuestros hijos, de permitir que crezcan o de aceptarles independientemente de las expectativas que podamos tener sobre ellos.
Una de las necesidades afectivas que tenemos los mamíferos es ganar en autonomía. Gracias a la emoción de la curiosidad, nos alejamos de nuestra madre para explorar el ambiente que nos rodea. A medida que salimos de nuestra zona de confort y comprobamos que podemos hacerlo de manera autónoma, sentimos seguridad y confianza. La protección de nuestros padres nos aporta seguridad para explorar el mundo en el que vivimos. Ahora bien, para ganar en autonomía, confianza y seguridad, debemos asumir los riesgos que implica separarnos físicamente de nuestros progenitores: una caída, un golpe, un susto, perderse y, en casos extremos, la muerte.
Nuestro cerebro está diseñado para invitarnos a la exploración, para aprender a manejarnos solos en un mundo que, a veces, es hostil y peligroso. Y aunque estemos programados para separarnos de nuestros padres desde bien pequeños para asumir ciertos riesgos, todo esto nos da mucho miedo. Es normal y sano sentir angustia ante la separación de nuestros padres. El mensaje de ese miedo es: cuidado, puede ser peligroso. Al amparo de nuestros padres estamos protegidos. Aun así, a los niños les gusta sentir el riesgo que implica la separación física y emocional de sus padres porque, evolutivamente hablando, hemos necesitado arriesgar para poder sobrevivir.
Hemos hablado de la importancia de los padres para promover la autonomía de sus hijos, pero lo cierto es que la familia no siempre es un lugar seguro, protector y bientratante. A veces venimos a nacer en una familia abusiva, chantajista, sometedora, controladora, sobreprotectora o maltratadora. Todas estas formas de vinculación suponen una desprotección para los más vulnerables, los niños, e implican un daño emocional importante para el cachorro que está creciendo. Y como todo en la vida, tiene un precio a pagar para todos, tanto para el menor como para los adultos del sistema: padres, madres, abuelos, tíos, maestros, entrenadores, etcétera. Como reza un proverbio africano popular: “El niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto, quemará la aldea para poder sentir su calor”. Quizás no lo haga por venganza (o sí). Lo que sí es seguro es que lo hace para sentir el calor que jamás sintió en su tribu.

Alice Miller, psicoterapeuta polaco-suiza, hablaba mucho de la influencia que tiene el cuarto mandamiento en la mirada que tenemos los hijos sobre nuestros padres: honrarás a tu madre y a tu padre. Gracias al maravilloso trabajo que tengo como psicoterapeuta, he podido comprobar en cientos de pacientes que a Miller no le faltaba razón en la mayoría de las ocasiones. Independientemente de cómo nos hayan tratado nuestros padres, es difícil escapar de la influencia del cuarto mandamiento. Nos vemos sometidos y enganchados a nuestros progenitores. Tenemos que honrarles y defenderles. Claro, esto es más llamativo y paradójico en aquellos casos donde la tribu ha sido abusiva y amenazadora.
En ocasiones, nos echamos la vida entera esperando a que nuestros padres nos digan lo mucho que nos quieren, lo orgullosos que se sienten de nosotros o lo buenas personas que somos. Ya somos adultos de 30, 40 o 50 años, pero lo seguimos esperando y deseando con todas nuestras fuerzas. ¿Pero eso puede ocurrir? No digo que no sea posible, pero sí que es poco probable. A pesar de ser adultos, nuestro niño interior herido sigue esperando una caricia, un guiño o un abrazo. Necesitamos ser vistos.
Es por ello que en psicoterapia tenemos que acompañar y ayudar al paciente adulto a hacer el duelo del padre o de la madre que le hubiera gustado tener, pero no tuvo. Acompañar al niño interior enrabietado y herido que nunca fue visto. Ayudarle a integrar lo vivido y sucedido. Duele, claro que duele, pero la buena noticia es que el adulto ya no necesita ser visto por sus padres; es el niño interior quien habla, grita y se siente herido.
Fuente: El País

