De Chile a Bolivia, la ruta que traza el desierto de Atacama hasta el salar de Uyuni desvela algunos de los parajes naturales más crudos y enigmáticos del continente latinoamericano
Citada desde tiempos remotos como la senda de las lagunas de colores y salares blancos, hubo un tiempo en el que este refugio fronterizo en el Antiplano andino también se dio a conocer como un paraje de la Ruta de la Plata. El corredor comercial que unió el cerro Rico de Potosí, en Bolivia, principal centro productor de este metal, con los puertos de Buenos Aires y Montevideo, sumó a su tráfico colonial entre ambos océanos un viaje iniciático por el lado más agreste de la naturaleza, con una riada de pueblos encaramados al último suspiro de vida en forma de humedales.
Esa inconmensurable gota de arena que es Atacama, cuya aparente dureza Pablo Neruda metaforizó en el poema Venían del desierto con la lucha social de los mineros, esconde tras el sordo silencio de sus parajes mucho más aliento e historia de lo que aparenta. Con más de 100.000 kilómetros cuadrados de superficie, el desierto (no polar) más árido del mundo, aferrado al Norte Grande de Chile, en la región de Antofagasta, recibe desde la llegada al aeropuerto de Calama con una mancha infinita de ocre que muta hacia lo extraterrestre. En el camino hasta San Pedro de Atacama, un oasis a 2.400 metros sobre el nivel del mar convertido en el núcleo urbano principal, ya se atisba el perfil casi cristalino de los Andes, la cordillera que recorre sin pausa el lado oeste de Sudamérica.
Bautizada con el nombre de San Pedro, el patrón que introdujeron los colonos españoles allá por 1540, sus calles polvorientas atestadas de touroperadores, cafés y tiendas de souvenirs atraen a los mochileros que comienzan aquí su periplo entre valles lunares y cielos estrellados, manteniéndose férrea aún a algún vestigio del pasado como su iglesia del siglo XVI o la plaza de Armas, que refrescan los árboles centenarios.

A pocos metros del bullicio se encuentra el refugio de Awasi, una apacible alternativa entre tantas casas de huéspedes y excursiones compartidas. Perteneciente a la etiqueta Relais & Chateaux, este lodge urbano ocupa un antiguo cobijo de pastores cercado por un muro de adobe, y cuenta con una pronunciada estética colonial, la misma que aterrizó en el poblado con la conquista española hace más de cinco siglos. Es el caso de sus habitaciones circulares, construidas con madera, piedra y más barro en torno a una piscina turquesa, el lugar idóneo para sestear tras una jornada descubriendo los tesoros de la región o antes de probar la cocina del limeño Sebastian Prieto, inspirada en el propio desierto con ingredientes locales como el chañar (el fruto dulce de este árbol local), la quinoa o el algarrobo.

Una forma práctica de adentrarse en las joyas naturales que contiene el desierto es tomar una de las excursiones a medida y con guía disponibles en el hotel, en las que abordar increíbles parajes como los géiseres del Tatio, los más altos del mundo, a 4.300 metros sobre el nivel del mar. Este inmenso campo geotérmico que abarca más de 10 kilómetros cuadrados entre fumarolas, manantiales y estanques de barro hirviendo debe su nombre a una antigua leyenda. Tatio significa “el abuelo que llora” en kunza —la lengua hablada en Atacama hasta el siglo XIX—, cuyas lágrimas poetizan las aguas que emergen del subsuelo al amanecer en un cuadro impresionista lleno de matices y texturas.
De regreso a San Pedro de Atacama, el mirador Vado Machuca obsequia con algunas instantáneas de los flamencos de la zona, mientras en la visita al pueblo uno se puede aprovisionar de empanadas locales o cerámica, además de pernoctar. Para ahondar en el plumaje fantasmagórico de estas aves, nada como adentrarse en el salar de Atacama, el tercero más grande del mundo, que aglutina tres de sus principales especies: el chileno, la parina grande o andino y el flamenco de James. Este suelo rugoso con parentesco lunar contiene, además, la mayor reserva de litio en el mundo, un factor que elevó los intereses en la región durante décadas como codiciada tierra de recursos con lagunas como la de Cejar y Chaxa.

Esa piel de galaxia infinita que atrajo a la escenografía de Dune y La guerra de las galaxias se consolida en el valle de la Luna. Este conjunto rocoso sedimentado por grandes bajadas de agua que comenzó a formarse hace millones de años quita el aliento por sus famosos pliegues y fallas, conocido hoy como Cordillera de la Sal.

Accesible por bici y automóvil —no es posible ingresar por cuenta propia a pie—, hoteles como Tierra Atacama organizan excursiones de mediodía para ahondar en su belleza. Este resort diseñado por los arquitectos chilenos Rodrigo Searle y Matías González, a tres kilómetros del núcleo urbano, se funde con el paisaje local en su paleta de colores, que van de los tonos verdosos del chañar a los dibujos arqueológicos de la aldea de Tulor, las fibras naturales, el azul noche de sus cielos o el mármol travertino de Atacama.
Hoy, pese a su intensa renovación en 2025, conserva aún los muros de adobe originales con más de 150 años y la huella de 40 artesanos en cada recodo del espacio, junto a zonas ajardinadas creadas por la paisajista Teresa Moller entre higueras, granados, hierbas autóctonas y vistas al Licancabur, el legendario volcán que nos acompañará por el altiplano e ilumina sus noches de barbacoa, en las que degustar la propuesta culinaria de Rodrigo Acuña. En el mismo alojamiento, se puede tomar una excursión temprana al salar de Talar, el marciano paisaje a 160 kilómetros de San Pedro y a más de 4.00 metros de altura que será la antesala perfecta a la ruta hasta Bolivia. Conocido popularmente como Piedras Rojas por la alta oxidación del hierro en sus formaciones rocosas, el contraste con el blanco salar y las aguas profundas roza la irrealidad en una acuarela que intensifican las coloridas montañas, duplicadas por el efecto óptico de la laguna.
En la ruta, no puede faltar la foto de rigor bajo la señal del Trópico de Capricornio, la línea imaginaria que delimita el punto más meridional donde el sol alcanza su cenit durante el solsticio de diciembre.
El camino energético hacia Uyuni
Antes de decir adiós a Accacha —palabra del kunza que designa la “cabecera del país”—, no hay que olvidar otro paisaje que ha hecho el desierto de Atacama famoso en el mundo entero: su cielo. Sede del radiotelescopio más poderoso del mundo, ALMA, coordinado entre Europa, Norteamérica y Asia del Este en el llano de Chajnantor para escudriñar los secretos del cosmos, la región ofrece multitud de lugares donde embarcarse en un viaje por el firmamento.

Es el caso de Nayara Alto Atacama, que cuenta con una plataforma circular en la que explorar junto a un guía el cielo nocturno. Este oasis hotelero en medio del desierto, a pocos minutos de la Garganta del Diablo (accesible desde el complejo con un circuito de mountain bike), organiza noches de stargazing si lo permiten las condiciones climatológicas, donde ser testigo de las constelaciones y las nebulosas hasta casi rozarlas a través de su gran telescopio. El mejor obsequio después de pasar por sus piscinas de agua termal, dejarse envolver por su arquitectura de adobe o catar el menú curado con delicias del Altiplano como la empanada frita de guanaco, el cuchuflí de charqui artesanal (la carne deshidratada típica de la región) o el caldo conocido como patasca con quinoa crocante.
Tras un paseo por el cielo, es hora de poner rumbo al lado boliviano. Este trayecto que abarca unos 400 kilómetros y un día de viaje desde San Pedro cruzando los pasos fronterizos de Ollagüe o Hito Cajón y la reserva nacional de Eduardo Avaroa, requiere una amplia experiencia en vehículos de 4X4 para domar los caminos de tierra que se desdibujan a nuestro paso, además de una previa aclimatación para prevenir el mal de altura. Unido a la demanda de permisos y la casi unánime negativa de las compañías chilenas a ofrecer un vehículo de alquiler para cruzar la frontera entre Chile y Bolivia, la mejor opción para emprender el viaje es hacerlo a través de un operador como Hidalgo Tours. Esta agencia de turismo ofrece excursiones desde tres días partiendo del paso fronterizo hasta el salar (y regreso), con conductores expertos en el paraje, hoteles y comidas locales incluidas.

Tras sellar el pasaporte en la frontera, comienza el ascenso por el parque natural bajo la atenta mirada del Licancabur, el volcán sagrado para las culturas locales que roza los 6.000 metros de altura, famoso por su cono exacto y contener una de las lagunas más altas del mundo en su cráter. Todo un reto para los que se atrevan a desafiar su cumbre, que custodia desde lo alto las cromáticas lagunas que se sucederán a lo largo del viaje.

Una de ellas es la laguna Verde, que debe su nombre a la alta concentración de minerales como cobre, arsénico o azufre e intensifica su tono esmeralda por el viento de Pacífico, dando una visión única de la frontera tripartita con Chile y Argentina. Tras el paso por el llamado desierto de Dalí, cuyas geoformas comparten la pincelada surrealista del artista español, y una parada en el campo de géiseres Sol de Mañana, con fumarolas en plena actividad que parecen dibujar el suelo de Marte, aguarda la laguna Colorada. El intenso rojizo de sus aguas, provocado por los altos niveles de minerales y algas microscópicas —un imán para la reserva de flamencos que contiene—, contrasta con los depósitos blancos de bórax que se posan a lo largo de sus 62 kilómetros de inmensidad.

Tras descansar en Villamar, un pueblo levantado junto a una corriente de lava y manantiales con hoteles variopintos como Mallku Cueva, que ofrece habitaciones rústicas con cenas sencillas a base de carne de res, ensaladas y sopas, comienza la última etapa hasta el gran salar de Uyuni. Entre campos de quinoa de colores, llamas y vicuñas, surgirán pintorescas visitas como el cementerio de trenes, con especímenes que datan del siglo XIX, o la planta artesanal de Colchani, en la que conocer el procesamiento de la sal desde su extracción y las infinitas posibilidades que ofrece esta sustancia mineral utilizada, incluso, como material de construcción capaz de dar vida a un hotel. Es el caso del Palacio de Sal, a 25 kilómetros de la ciudad de Uyuni, que presume de ser el primer alojamiento del mundo construido con bloques de sal. El alojamiento es una molécula arquitectónica a orillas del salar donde todo gira alrededor de este mineral, con fogatas nocturnas y un spa que ofrece tratamiento con agua pura de los manantiales y fango de los volcanes.

Aunque el salar de Uyuni se pueda recorrer por cuenta propia, la dificultad para transitarlo por la sal, sobre todo entre diciembre y abril (cuando está húmeda) y la falta de puntos de referencia para orientarse hacen recomendable contratar la excursión en el mismo hotel, que realizan en cómodas furgonetas, equipadas con baño y aire acondicionado y que incluyen una comida típica boliviana en el mismo salar a mediodía, o como aperitivo con la impresionante puesta de sol.
Conocido como el espejo del cielo por el efecto de reflexión perfecta que generan las lluvias entre diciembre y mayo, este desierto de sal de 10.500 kilómetros cuadrados es una de esas maravillas naturales donde la realidad supera con creces la ficción. Un paisaje tan surrealista en su imagen, con casi 10.000 millones de toneladas de sal capaz de alcanzar los 10 metros de espesor —además de ser una de las mayores reservas de litio del planeta—, como la leyenda andina que lo sostiene. Según la cultura popular, Tunupa, la diosa del volcán, inundó desconsolada todo el valle con sus lágrimas y la leche materna tras el rapto de su hijo, dando lugar al salar casi infinito que se aposenta ante nuestros ojos. Una de esas imágenes que se quedan grabadas en la memoria para siempre y recuerda que, en los lugares donde la vida apenas hace ruido y se mantiene intacta, eclosiona con mucha más fuerza de lo que pensamos.
Fuente: El País

El hotel Tierra Atacama.