Hace ocho siglos, en el paraje históricamente conocido como la Porciúncula, Giovanni di Pietro Bernardone pasó a la inmortalidad con el nombre de Francisco de Asís. Tenía cuarenta y cuatro años y había cambiado para siempre la devoción, la espiritualidad y la sensibilidad del mundo entero. El recuerdo de un tránsito que convirtió una colina de ejecuciones en el santuario franciscano más radiante de la historia
El atardecer del 3 de octubre de 1226 no fue una tarde cualquiera en los hermosos y verdes valles de la Umbría italiana. Las sombras vespertinas comenzaban a estirarse pausadamente sobre el follaje espeso, frondoso y tupido que rodeaba la pequeña y humilde capilla de Santa María de los Ángeles, en el paraje históricamente conocido como la Porciúncula. Allí, en el silencio campesino, sereno y casi místico de un bosque profundamente silvestre —muy distante de la imponente basílica de piedra, las cúpulas imponentes y los dorados arcos que la cobijan en la actualidad con devota monumentalidad—, expiraba un hombre de apenas cuarenta y cuatro años de edad que había transformado para siempre la historia entera de la Cristiandad occidental. Eran aproximadamente las siete de la tarde, justo al ponerse el sol según el estricto cómputo litúrgico de la época medieval, cuando Giovanni di Pietro Bernardone entonó sus últimos e inspirados versos, cerró suavemente sus cansados ojos y entregó su alma pura al Creador. Se cumplen hoy exactamente 800 años de aquel tránsito santísimo que partió en dos la devoción, la espiritualidad y la sensibilidad del mundo entero. Moría Giovanni, y nacía Francisco de Asís.
Para comprender en toda su verdadera dimensión la magnitud de ese instante sagrado, es absolutamente preciso trasladarse a la geografía original y agreste de la Porciúncula. En aquel primer tercio del siglo XIII, la zona no albergaba grandes muros de contención, retablos de mármol ni arcos barrocos; era tan solo un rincón sumamente humilde situado en la llanura de Asís, completamente rodeado por un sotobosque tupido, vegetación abundante, encinas viejas y terrenos pantanosos. El santo de Asís había elegido de manera explícita y consciente volver a ese bosque humilde para pasar sus últimos momentos en la tierra. Sentía en lo más profundo de su ser que allí, rodeado de la naturaleza virgen que siempre llamó con ternura “hermana”, su despojo material y terrenal alcanzaba su máxima coherencia teológica, humana y espiritual. La Porciúncula no era un santuario glorioso como el que hoy admiran millones de peregrinos del mundo, sino un oasis silvestre, solitario y casi olvidado donde el viento susurraba libremente entre las frondas, recordando a todos los hombres que la cuna de la gran renovación franciscana había nacido únicamente del abandono absoluto de las glorias mundanas, del orgullo vano y de las riquezas temporales.
Durante los intensos días previos a su desenlace físico, profundamente desgastado por las continuas dolencias gástricas, la ceguera progresiva y dolorosa derivada de un severo tracoma contraído durante su viaje a Oriente, y los profundos estigmas sagrados que sangraban visiblemente en sus manos, pies y costado desde la mística vivencia del monte Alvernia en 1224, el pobrecillo de Asís jamás dejó de orar ni de cantar a la creación. A pesar de los dolores atroces que atenazaban su frágil y demacrada anatomía, dictó con lucidez y añadió la última estrofa a su memorable y eterno Cántico de las Criaturas: “Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar”.

Lejos de cualquier atisbo de desesperación, amargura o miedo antes de partir, su actitud previa al deceso estuvo permanentemente marcada por una profunda alegría lírica, una serenidad contagiosa y una incesante alabanza a Dios. Pidió a los hermanos que lo rodeaban que entonaran con fervor el salmo 141 y que le leyeran con pausa el Santo Evangelio según San Juan, específicamente en el pasaje de la Última Cena que narra el lavatorio de los pies y la Pasión victoriosa del Señor. Francisco no veía su última hora como una tragedia amarga ni como el triste final de su obra terrenal, sino como el cenit radiante de sus nupcias espirituales con la Dama Pobreza, entonando coplas con voz debilitada pero firme mientras consolaba con paciencia a los propios hermanos de la fraternidad que lloraban desconsoladamente a su alrededor.
En sus momentos finales e irreversibles, Francisco solicitó a sus frailes un gesto de una radicalidad y humildad sobrecogedoras, el cual condensaba toda su profunda teología de la indigencia voluntaria: pidió ser despojado por completo de su hábito de lana basta y ser colocado totalmente desnudo sobre la tierra fría y desnuda del suelo de su pequeña celda. Quería morir plácidamente en los brazos maternales de la hermana tierra, sin poseer absolutamente nada en este mundo visible, imitando de esta manera con exactitud la desolada desnudez de Cristo muriendo en la Cruz del Calvario. Quería que la misma tierra que lo había alimentado y sostenido en vida fuera la primera en acoger su cuerpo exhausto y consumido justo antes de dar su suspiro final. Y allí permaneció durante largo rato, sobre el barro, las hojas secas y el polvo humilde de la Porciúncula, hasta que fray Elías, su vicario general, se acercó conmovido y le impuso por pura caridad un hábito sencillo prestado por otro fraile, recordándole con delicadeza que solo lo poseía en calidad de préstamo temporal. Aquel acto supremo de despojo absoluto conmovió hasta las lágrimas a la pequeña fraternidad franciscana reunida en el austero recinto, pues en esa desnudez total se resumía el sentido cabal y auténtico del movimiento franciscano: no ser dueño de nada en la tierra para poder poseerlo absolutamente todo en el infinito Amor divino.
En la estrecha alcoba campesina y en los alrededores inmediatos de la choza no solo se encontraban sus devotos frailes de la primera hora, como fray León, fray Ángel, fray Rufino y fray Masseo, completamente absortos en lágrimas, plegarias y oraciones silenciosas. Junto al lecho de agonía se encontraba también una figura extraordinaria, fascinante y singularísima en la historia franciscana: la noble y adinerada matrona romana Jacopa de Settesoli, a quien Francisco cariñosamente solía llamar en sus escritos “Frate Jacopa” (el Hermano Jacoba). Sabiendo con certeza que el fin de su vida terrenal estaba inminentemente próximo, Francisco había comenzado a dictar una carta urgente con destino a Roma para convocarla a su lado antes de partir. Sin embargo, antes de que el joven mensajero pudiera partir hacia la Ciudad Eterna, la propia Jacopa ya había llegado sorpresivamente a las puertas de la Porciúncula por una misteriosa inspiración divina, trayendo consigo exactamente todo lo que el santo necesitaba y le iba a encomendar: el paño de mortaja de color ceniza para amortajar su cuerpo inertemente, velas para los solemnes funerales y unos deliciosos dulces tradicionales de almendra y miel que a Francisco le gustaban especialmente en vida. Fue ella, rompiendo valientemente toda estricta regla de clausura monástica por expreso y previo deseo del fundador, quien prestó con infinita delicadeza las piadosas labores de amortajar el cadáver del santo, envolviéndolo respetuosamente en la lencería funeraria que ella misma había preparado con sus propias manos y velando su eterno reposo con una devoción verdaderamente materna e inolvidable.

Pero este día es especial para la familia franciscana, es el “Transito de San Francisco”. El concepto litúrgico y espiritual del “Tránsito” (Transitus) posee una densidad teológica sumamente primordial para la gran familia franciscana extendida por el mundo. No se conmemora ni se llora la muerte física como una pérdida trágica o como el mero fin biológico irremediable de la existencia humana, sino que se celebra como el paso glorioso, la Pascua particular y dichosa del santo que cruza el umbral del tiempo hacia la eternidad prometida en perfecta consonancia con el mensaje del Santo Evangelio. El “Tránsito” es, en esencia, la gran fiesta de la hermana muerte vencida por el amor de Dios, la gozosa celebración del encuentro definitivo entre el fiel siervo y su amoroso Creador. Cada noche del 3 de octubre, en todos los monasterios, conventos e iglesias franciscanas del orbe entero, los frailes apagan por completo las luces de las naves y leen en la penumbra el emotivo relato de esta agonía luminosa para renovar con fervor sus sagrados votos de pobreza, castidad y obediencia, encendiendo pequeñas lámparas para recordar a la humanidad que la vida del santo de Asís no concluyó en las sombras frías de una tumba, sino que floreció eternamente en la claridad perpetua del Cielo.
A la mañana siguiente del 4 de octubre de 1226, bajo una luz clara y fresca, el extenso cortejo fúnebre partió desde la Porciúncula ascendiendo lentamente por la empinada ladera de la montaña hacia la ciudad fortificada de Asís. En su pausado trayecto, la doliente comitiva hizo una parada profundamente trascendental, emotiva e imborrable en el histórico monasterio de San Damián. Allí aguardaba en silencio Chiara Offreduccio hija del conde Favorino Offreducio, pero para nosotros es: Santa Clara de Asís junto a su comunidad de hermanas clarisas. A través de la pequeña y estrecha ventana del locutorio por donde solían recibir la Santa Comunión, el cuerpo inerte y liviano de Francisco fue elevado con inmenso respeto por los frailes para que Clara y sus religiosas pudieran contemplar y despedir por última vez a quien había sido su amado padre, maestro y guía espiritual en la fe. Fue un instante sobrecogedor de llanto contenido, honda melancolía y profunda experiencia mística que quedó grabado para siempre en los anales de la Iglesia católica, un doloroso e histórico adiós en el cual la fiel esposa de Cristo en la clausura ofrecía sus más fervientes plegarias al firmamento por la gozosa partida de su admirado mentor. Posteriormente a este doloroso encuentro en San Damián, el cuerpo del santo fue conducido solemnemente hasta el templo de San Jorge y finalmente trasladado a la colina colindante de la ciudad de Asís, conocida en aquel tiempo con el tenebroso nombre de la “Colina del Infierno” (Colle del Inferno).

Aquel terreno áspero situado extramuros era el sitio totalmente proscrito e infame donde la justicia civil ajusticiaba habitualmente a los criminales condenados y donde se enterraba a los marginados y repudiados por la sociedad medieval. Francisco, en su maravilloso testamento espiritual marcado por una actitud de profunda pequeñez, había solicitado expresamente en vida ser sepultado en ese preciso lugar estigmatizado para compartir hasta el final la triste suerte de los olvidados y despojados de la tierra, tal como lo hizo Jesús de Nazaret en el monte Calvario. Tiempo después de su glorificación, el papa Gregorio IX rebautizó oficialmente el emplazamiento con el nombre de “Colina del Paraíso” (Colle del Paradiso) y mandó a edificar allí la majestuosa y grandiosa Basílica Papal de San Francisco, transformando para siempre un antiguo erial de ejecución y aflicción en la fortaleza espiritual y artística más radiante, hermosa e influyente de la cristiandad medieval.
Durante casi seis largos siglos, la tumba exacta de San Francisco permaneció absolutamente inhallable para los fieles y los historiadores. Fue recién en los fríos días de diciembre de 1818, tras cincuenta y dos noches consecutivas de minuciosas y fatigosas excavaciones clandestinas realizadas bajo el altar mayor de la Basílica Inferior, cuando los fervorosos arqueólogos y los frailes guardianes redescubrieron con inmenso júbilo el sencillo sarcófago de piedra rústica que custodiaba los restos intactos del santo de Asís. Hoy en día, en esa austera y conmovedora cripta de piedra gris, Francisco no reposa en soledad: a su alrededor yacen en silencio los restos mortales de sus cuatro compañeros más íntimos de la primera hora de la orden —los venerados frailes León, Rufino, Masseo y Ginebro— y, ubicada en el nicho frontal de la escalera de acceso, la digna tumba de la mismísima Frate Jacopa de Settesoli, testimoniando en la eternidad la hermosa y sólida fraternidad indisoluble que supieron fundar juntos en la tierra.
A exactamente ocho siglos de su victoriosa partida hacia la casa del Padre, la figura inmortal de San Francisco de Asís no ha perdido ni un solo ápice de su arrolladora fuerza profética, revolucionaria e interpeladora. En pleno siglo XXI, una época continuamente sacudida por la violencia de las guerras, la vorágine del hiperconsumismo desmedido, la deshumanización tecnológica y las graves crisis climáticas que amenazan la sostenibilidad misma de nuestro planeta, la voz humilde del frailecillo de Umbría emerge en el horizonte como un faro indispensable de ecología integral, paz universal, justicia social y verdadera fraternidad humana. Francisco no fue en absoluto un reformador político de laboratorio ni un sofisticado intelectual teórico de la época; fue simplemente un hombre que decidió encarnar el mensaje del Santo Evangelio al pie de la letra, sin glosa ni anestesia, un alma santa que supo ver en cada leproso marginado el rostro doliente de Dios y en cada criatura del bosque un hermano sagrado con el cual compartir el camino de la existencia. Su mensaje atemporal trasciende ampliamente los credos religiosos y las fronteras geográficas, desafiando las obsoletas estructuras del orgullo humano con la fuerza invencible, dulce y revolucionaria de la mansedumbre, la reconciliación y el perdón incondicional.
Fuente: El País

