Un estudio destaca que la ejemplaridad de los progenitores con el teléfono repercute directamente en la salud mental de los pequeños
La evidencia científica ya ha demostrado que la exposición temprana de los menores a pantallas tiene consecuencias en su desarrollo neurológico. Conscientes de ello, escuelas y padres de toda España tratan de limitar las horas que pasan los niños frente a ordenadores, móviles o tabletas. Pero hay un flanco de esta lucha contra la digitalización de la vida que suele quedar descubierto: el de los padres. Y los datos dicen que no se debería descuidar. Un estudio recientemente publicado en la revista Frontiers in Psychology revela que los adolescentes cuyos padres suelen distraerse a menudo con sus móviles son más propensos a mostrar conductas inseguras, lo cual puede tener consecuencias negativas en su bienestar futuro.
Muchos menores perciben que compiten con los móviles por la atención de sus padres, según recogen otros estudios. Pero, ¿realmente afecta a los hijos la sobreexposición al móvil de sus progenitores? Eso es lo que decidió investigar el autor principal del artículo, el doctor Don Grant, del Centro de Investigación e Innovación de Newport Healthcare, una organización estadounidense con varias clínicas que tratan la salud mental de los jóvenes. Más concretamente, quisieron ver si incide en la forma de relacionarse con los otros.
Para medirlo, el equipo de Grant pidió a 600 adolescentes de entre 12 y 17 años que puntuaran lo que sentían sobre el móvil de sus padres y su percepción sobre cómo afectaba eso a su atención, su disponibilidad y sus interacciones con ellos. El objetivo era ver si existía una correlación entre puntuaciones altas en esta medición y un alto nivel de inseguridad mostrado en otras pruebas. Y resultó que sí. “Este problema parece estar mucho más extendido de lo que yo mismo pensaba”, dice Grant. “Creo que los millennials, que ahora están empezando a ser padres, deben conocer este estudio. Considerados la primera generación de nativos digitales, son, a su vez, potencialmente más vulnerables a desarrollar una dependencia de sus dispositivos”.
“Hay estudios que relacionan el phubbing [expresión inglesa que significa ignorar a quien tienes delante por estar mirando el móvil] parental con problemas de ansiedad”, indica Walter Jones, portavoz de la plataforma Adolescencia Libre de Móviles, que no ha participado en la elaboración del estudio. “También se sabe que hace que los niños se sientan desplazados en el núcleo familiar y que sean más proclives a buscar aprobación en las redes sociales”.
Jones y sus compañeros dan charlas en escuelas e institutos y siempre preguntan a los niños si sufren phubbing parental. “Muchos nos dicen que sí, que a menudo tienen que repetirles las cosas a sus padres porque están con el móvil y no les escuchan cuando hablan”.
La responsabilidad de los padres
Los efectos nocivos de las pantallas en el desarrollo cognitivo de los niños están documentados. La Asociación Española de Pediatría (AEP) recomienda que, hasta los seis años, la etapa de mayor permeabilidad neuronal, no se usen pantallas y que, entre los siete y los 12, se limite a una hora diaria, incluyendo el periodo escolar. Un metaestudio con datos de 300.000 niños confirmó que quienes usan más pantallas a los cinco años tienen más problemas a los siete, algo que ya se había comprobado entre adolescentes.
Los móviles, además, son la puerta de entrada de muchos adolescentes a contenidos tóxicos o directamente ilegales, por lo que muchas familias tratan de retrasar todo lo posible el acceso de los adolescentes a estos dispositivos. En EE UU, los tribunales han dicho de plataformas como Instagram o YouTube que son culpables de generar adicción entre menores o que Meta (empresa matriz de Instagram y Facebook, entre otras) es culpable de engañar a los consumidores sobre la seguridad de sus plataformas y de poner en riesgo a menores. En países como Francia o España se está tramitando la prohibición de las redes sociales entre los adolescentes (en España el límite se ha puesto en los 16 años).
“Tenemos cada vez más evidencia de que la hiperconexión digital, vehiculada en gran parte por los teléfonos inteligentes, ha contribuido al deterioro de la salud mental que se ha producido en los últimos 15 años de forma bastante uniforme en todo el mundo”, señala Diego Hidalgo, fundador del Movimiento Off, una iniciativa que desarrolla distintas acciones para “combatir la creciente alienación tecnológica”.
Para Hidalgo, no se puede obviar el papel de la ejemplaridad. “Los menores se fijan en lo que hacen sus referentes, empezando por sus padres. Si tú interiorizas que los adultos están constantemente distraídos y no prestan atención a sus seres más cercanos y queridos, pues vas a tener una tendencia al producir ese tipo de comportamiento”, explica.
Los teléfonos inteligentes empezaron a ser omnipresentes hace poco más de una década. En 2013, superaron en ventas por primera vez a los móviles convencionales. Pocos años después, el doctor Grant empezó a observar en su consulta “algunos comportamientos preocupantes en el uso de dispositivos por parte de los padres”. Al mismo tiempo, algunos de sus pacientes adolescentes “comenzaron a expresar sus sentimientos negativos al respecto”. La confirmación de que ahí había algo fue que una colega suya, que es psicóloga clínica, le contó que su hija le había preguntado si quería más a su teléfono que a ella. “Mi brillante colega se quedó sin palabras y se sintió devastada”, recuerda.
¿Cómo evitar ser un mal modelo para los niños? La respuesta es sencilla: hay que usar menos el móvil en su presencia. Pero eso no siempre es fácil, especialmente cuando los mensajes de trabajo florecen fuera del horario laboral. Para Hidalgo, unas normas básicas para una convivencia en casa sana desde un punto de vista digital serían dejar el teléfono móvil en un lugar determinado, que no sean las habitaciones. “Eso implica no llevarlo encima y que no te pueda interrumpir”. Otra norma sería no usarlos durante las comidas, que por lo general son situaciones en las que los miembros de la familia pueden interactuar de forma relajada. Esto aplicaría tanto a las familias con o sin niños. “Creo que debe haber momentos dedicados puramente a la interacción cara a cara, sin posibilidad de interrupciones. Y, si de verdad ha muerto alguien o hay una urgencia enorme, pues que te llamen”.
Fuente: El País

