Emery Brown, profesor de la Universidad de Harvard y especialista del Hospital General de Massachusetts, explicó cómo el procedimiento altera la dinámica cerebral, con cambios medibles en señales eléctricas
Durante siglos y aún hoy, el cerebro humano ha sido uno de los mayores enigmas de la ciencia: un órgano capaz de sostener la conciencia, la memoria y la percepción, pero también de adentrarse, bajo ciertas condiciones, en estados profundos de desconexión. La anestesia general es una de las experiencias que mejor expone esa frontera.
El cerebro bajo anestesia entra en un estado que se parece más a un coma reversible que al sueño profundo, según define el doctor Emery Brown, profesor de Anestesiología en el Hospital General de Massachusetts, asociado a la Universidad de Harvard.
Brown, estadístico y neurocientífico, también es profesor en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), describe en una entrevista publicada por la Harvard Medicine Magazine cómo que los anestésicos generan oscilaciones lentas en la actividad cerebral y bloquean la comunicación entre distintas regiones del cerebro.

La anestesia general se practica desde hace casi dos siglos, pero solo recientemente empezó a descifrarse cómo actúa a nivel cerebral. Brown detalla que, aunque a los pacientes se les dice que van a descansar o sumergirse en un “sueño profundo”, lo que ocurre es muy distinto a simplemente “dormir”.
Según Brown, el proceso tiene cuatro componentes: “El paciente está inconsciente, no siente dolor, no recuerda nada y no se mueve”. El gran desafío de los anestesiólogos es mantener esos estados, cuidar la estabilidad fisiológica del paciente y revertirlos de manera segura al final del procedimiento.
“Ya no les digo a mis pacientes: ´Voy a inducirle un coma farmacológicamente reversible, pero no se preocupe, puedo despertarle´. En cambio, puedo decirles que van a estar inconsciente, no se darán cuenta de nada de lo que ocurre ni sentirán dolor. No recordarán nada de lo que está pasando. Probablemente le administraré algunos medicamentos para relajar los músculos y facilitar la operación a los cirujanos”.
En la actualidad, les detalla: “Estaré con usted todo el tiempo, controlando su ritmo cardíaco, presión arterial, niveles de oxígeno en sangre y temperatura para asegurarme de que se mantengan estables. Cuando todo haya terminado, cuando el relajante muscular haya desaparecido y los efectos de los demás anestésicos hayan pasado, le despertaré“.
Cómo cambia la actividad cerebral bajo anestesia
Actualmente, Brown utiliza la electroencefalografía (EEG) para observar en tiempo real cómo los anestésicos alteran las ondas cerebrales. En estado consciente, esas ondas presentan frecuencias rápidas y amplitudes bajas. Con anestesia, las oscilaciones disminuyen de frecuencia y aumentan de amplitud, con patrones que varían según el medicamento, la edad y el estado de salud del paciente.
En términos simples, la anestesia produce un “coma farmacológicamente reversible”, en el que la actividad cerebral se desacopla, según describe el profesor del MIT. Brown sostiene que ese fenómeno ayuda a explicar por qué algunos pacientes, en especial los mayores, pueden presentar disfunción cerebral después de una cirugía.
Bajo anestesia, el cerebro reduce de forma drástica su actividad: las neuronas pasan de activarse unas 10 a 12 veces por segundo a apenas una vez cada uno o dos segundos.
“Una de las funciones del propofol y los anestésicos con éter es alterar drásticamente la dinámica cerebral, lo que impide la comunicación normal entre las regiones del cerebro”, explica Brown.
Qué se sabe sobre los riesgos de la anestesia

La comprensión actual indica que anestésicos como el propofol, el sevoflurano, el isoflurano y el desflurano actúan modificando los ritmos cerebrales y limitando la generación de ATP, la principal fuente de energía de las neuronas.
Brown advierte que, con dosis altas, el EEG puede mostrar un patrón de “supresión de ráfagas”, una señal de metabolismo cerebral alterado, en especial en mayores de 60 años.
Pese a esos avances, la monitorización directa del EEG durante la anestesia es poco frecuente en Estados Unidos, mientras que en Europa y Sudamérica su uso es más común. Brown considera que confiar solo en índices simplificados, en lugar de interpretar el EEG real, puede llevar a sobredosificación: “Lo más común es que los pacientes despierten con delirio o disfunción cerebral debido a una dosis excesiva de anestesia”.
Ese es el eje de la investigación de Brown: capacitar a los anestesiólogos en la interpretación del EEG y desarrollar sistemas automatizados que ajusten la dosis en tiempo real, con el objetivo de minimizar riesgos y mejorar la seguridad.
Qué aporta al estudio de la consciencia

El estudio de la anestesia también ofrece pistas sobre la consciencia. Brown sostiene que el proceso consciente depende de la integración y la comunicación efectiva entre la corteza cerebral, el tronco encefálico y el tálamo.
“Sabemos que una persona puede entrar en coma debido a un accidente cerebrovascular que afecta la corteza cerebral, el tronco encefálico o el tálamo. Existen diversas maneras de desconectar el sistema”, argumenta.
Para Brown, lo que ocurre con el cerebro bajo anestesia es una desconexión controlada y reversible de los circuitos que permiten la consciencia y la percepción, basada en cambios medibles de la actividad eléctrica cerebral.

De 1846 a hoy, las continuidades en la práctica anestésica
El reportaje a Brown recuerda que el 16 de octubre de 1846, médicos del Hospital General de Massachusetts colmaron el anfiteatro quirúrgico para ver al dentista William Morton probar el éter: con un inhalador de vidrio y una esponja empapada, Morton logró que el paciente Gilbert Abbott quedara inmóvil mientras el cirujano John Collins Warren le extirpó un tumor del cuello; al despertar, Abbott dijo que no sintió dolor.
Unos 140 años después, en ese mismo hospital, el entonces estudiante de medicina Emery Brown inició su rotación en anestesiología y se preguntó por qué, pese a su uso masivo desde 1846, el campo seguía sin explicar con precisión cómo la anestesia produce la inconsciencia.
Al mirar esa historia en perspectiva, Brown sostuvo que a los pioneros del siglo XIX los sorprendería la continuidad: “Una gran parte, quizás el 70 %, de cómo se practica la anestesia hoy en día es esencialmente como se hacía antes. Todavía usamos ampliamente éteres que los pacientes inhalan durante la cirugía”.
Para el médico, el salto decisivo fue convertir la cirugía de un acto doloroso a una intervención controlada: “Debe reconocerse como una de las mayores innovaciones de la medicina”.
Y añadió que, aunque la consciencia siga sin resolverse por completo, “podemos desarrollar enfoques más sólidos y basados en la neurofisiología para la anestesia” antes de despejar ese enigma.
Fuente: INFOBAE

