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Más llamar por teléfono y menos escribir, la clave para lograr conexiones más profundas

Las interacciones que incluyen voz crean vínculos emocionales más fuertes, mientras en la comunicación escrita son más posibles los malentendidos y, además, no se pueden resolver al momento

El móvil vibra de forma inesperada. En la pantalla aparece un mensaje: llamada entrante. Contestarla requiere de un gesto simple, aunque cada vez para más personas resulta complicado. Se opta por no contestar; ya, si eso, luego se enviará un mensaje. Y si el remitente es desconocido, ni se duda. El mensaje está ganando por goleada a las llamadas al haber numerosas aplicaciones que facilitan el contacto escrito y al considerarse menos intrusivo, entre otras ventajas. Pero hay un punto importante a considerar en lo que refiere a las relaciones: las llamadas de teléfono generan más conexión. Y esto, quizás, es algo a tener muy en cuenta ante la queja frecuente de que las relaciones se han vuelto más superficiales.

Enviar un mensaje se ha convertido en algo demasiado fácil, rápido y cómodo. Ya sea porque se va con prisas, porque no se quiere interrumpir, porque es asíncrono, porque llamar genera incomodidad, porque permite pensar más lo que uno dice… el texto se prefiere a la voz en el uso del teléfono para comunicarnos. Aunque se cuenta con emojis para aportar un tono emocional y con un código no escrito que funciona como comunicación no verbal, los mensajes dejan más espacio a la imaginación y eso puede ser bueno… o no. Ante la falta de determinada información, el cerebro tiende a rellenar los huecos en blanco. ¿Ese “vale” fue con entusiasmo o con desgana? ¿Si no contesta es que está enfadado? Los malentendidos son más posibles y la comunicación asíncrona hace que no se puedan resolver al momento.

Por otro lado, la voz transmite tono, ritmo, emoción y matices, y todo ello permite interpretar mejor la intención de la otra persona y facilita no solo la comunicación, sino también la conexión emocional. Hay una explicación biológica para ello: hablar genera oxitocina, una hormona implicada en la formación y el mantenimiento de relaciones positivas. El estudio Instant messages vs. speech: hormones and why we still need to hear each other confirmó que una conversación entre personas de confianza puede no solo aumentar los niveles de oxitocina urinaria, sino también reducir los niveles de cortisol salival, a menudo considerado un biomarcador de estrés. Y la responsabilidad de este efecto positivo no recae tanto en las palabras, la sintaxis o la gramática, como en el sonido reconfortante de una voz familiar.

Cuántas más señales humanas transmite el canal, mayor presencia social y, normalmente, mayor sensación de conexión. Esta es la idea central de la Social Presence Theory (Teoría de la Presencia Social), una teoría clásica de la comunicación que define por qué una misma información se percibirá diferente según la forma en que se comunica. Es decir, vamos acercándonos más si al mensaje de audio se le añade la interacción de una llamada de voz y aún más si a esta se le suma la imagen de una videollamada. La interacción en tiempo real es un añadido que genera presencia.

Hay personas que consideran que las llamadas telefónicas son incómodas y, luego, cuando marcan los números y la otra persona responde, se sorprenden de lo agradable que resulta la conversación. En el estudio It’s surprisingly nice to hear you: Misunderstanding the impact of communication media can lead to suboptimal choices of how to connect with others, los psicólogos Nicholas Epley y Amit Kumar encontraron que las interacciones que incluían voz (teléfono, videollamada y audio) crearon vínculos sociales más fuertes y no aumentaron la incomodidad, en comparación con las interacciones que incluían texto (correo electrónico, mensaje de texto). También observaron que las expectativas erróneas sobre la incomodidad o la conexión podían generar preferencias por los medios de comunicación basados en texto.

Hay muchas posibilidades de que marcar un número de teléfono para hablar con alguien de la generación Z resulte en llamada perdida. Y no porque no se haya oído el tono, sino porque se evita responder. ¿El motivo principal? Porque se asocia a malas noticias o a spam, por sensación de falta de control del mensaje al ser en tiempo real, por la presión de la respuesta inmediata, por considerarlo irrespetuoso al interrumpir sin previo aviso, por temor a no saber reaccionar… Además, en una llamada no se ven gestos, expresiones, reacciones y eso puede crear dificultades comunicativas. Todo ello se traduce en inseguridad, incomodidad o incluso en miedo, y este fenómeno ya tiene nombre: telefobia.

La telefobia se traduce en evitar telefonear aunque sea necesario, en posponer llamadas importantes, en preparar mucho lo que se va a decir, en sentir nerviosismo cuando suena el teléfono, en la sensación de quedarse en blanco al hablar y, por supuesto, en preferir siempre el texto o el chat. Para algunas personas es leve, para otras puede generar problemas en el trabajo, los estudios o las relaciones. Si bien no es un diagnóstico específico ni reconocido, sí puede considerarse una forma de ansiedad social. Con esto, obviamente, una llamada no siempre va a generar más cercanía o conexión.

Los jóvenes entre 16 y 29 años son quienes más sufren este miedo, aunque no son los únicos. Se da la paradoja de que viven permanentemente pegados al teléfono pero apenas lo usan para su función original. Aunque sí parecen tener ciertas ganas de mantener la cercanía del audio. Según un estudio de la aplicación de citas Hinge, un 35% de solteros y solteras de la generación Z quieren recibir más notas de voz de las personas con las que están hablando. Además, un 33% afirma que estas les hacen sentir más cercanía con la persona con la que están relacionándose.

Parece estar claro: los mensajes mantienen el contacto, las llamadas crean conexión. Quizá por eso, cuando algo realmente importa, seguimos haciendo lo mismo que hace décadas: dejamos de escribir y marcamos el número. Aunque hoy la mayoría primero escribe para preguntar: “¿Te puedo llamar?”.

Arola Poch es psicóloga por la Universidad de Barcelona, licenciada en Comunicación Audiovisual por la UOC y sexóloga por la Universidad Camilo José Cela. Es experta en educación y divulgación sexual, con varios libros publicados. Atiende en consulta de sexología y terapia de parejas.

Fuente: EL PAÍS

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