En una sociedad que premia la exigencia constante, expertos consultados por Infobae coinciden en que el descanso potencia la creatividad, favorece el equilibrio emocional y previene el agotamiento. Aprender a escuchar el cuerpo y dejar atrás la culpa es clave para no lamentarse después
La presión por mantenerse productivo marca el ritmo cotidiano y convierte el descanso en un lujo sospechoso. La tendencia a rechazar los momentos de quietud y ocio se instaló con fuerza en la vida contemporánea. Las demandas de la cultura del rendimiento y la percepción de que el valor personal depende de la productividad sostienen una mirada crítica sobre la inactividad.
En este contexto, el descanso suele interpretarse como un lujo innecesario, una señal de falta de ambición o de voluntad.
Especialistas consultados por Infobae advirtieron que esta perspectiva no solo resulta infundada, sino perjudicial para la salud mental y física, y aseguraron que “no hacer nada” es una práctica de autocuidado fundamental para la regulación emocional, la claridad mental y el equilibrio integral de la vida.
El mandato de la productividad y la cultura del hacer

La sociedad actual otorga valor al rendimiento y la ocupación, un fenómeno que la doctora en Psicología, especialista en clínica, docencia e Investigación en Psicoterapia orientada en Mindfulness Mariam Holmes (MP 20.463) describió así: “Vivimos en una cultura marcada por la productividad como valor moral. Parece que el tiempo solo tiene legitimidad si está ‘lleno’ con actividad visible”. El temor a ser percibido como poco ambicioso refuerza el rechazo al ocio y lleva al desarrollo de lo que Holmes llama “una hiperexigencia sostenida”.
El doctor en Psicología y docente Flavio Calvo (MN 66.869) coincidió en que “la inactividad queda mal asociada con vagancia o con falta de ambición”. Esto repercute en la salud al generar una presión constante, que termina orientando la percepción de valor personal hacia el hacer y no hacia el ser.
María Fernanda Giralt Font es licenciada en Psicología (MN 20.025) y jefa del Departamento de Psicoterapia de Ineco, y agregó que “muchas personas asocian descanso con vagancia o improductividad”, una percepción arraigada en la cultura del trabajo que, según detalló, puede derivar en “una presión constante por el rendimiento”.
El impacto de la hiperexigencia y la falta de pausa

La ausencia de descanso sostenido repercute en varios niveles. Holmes advirtió sobre “mayor activación fisiológica, incremento del cortisol, alteraciones en el sueño, fatiga atencional y un progresivo empobrecimiento del sentido de vida”. La especialista sostuvo que la vida puede volverse automática y mecánica si no se habilitan momentos de quietud.
“Cuando no nos permitimos descansar, el sistema nervioso nunca baja a ‘modo recuperación de energía’: aumenta la ansiedad, se altera el sueño, baja la concentración y aparece el agotamiento emocional”, sumó Calvo. A nivel físico, mantener ese ritmo eleva los niveles de cortisol, tensa la musculatura y predispone a síntomas psicosomáticos.
Desde el enfoque de Giralt Font, está probado que la falta de descanso afecta la salud física y emocional: “No tomarse el tiempo para relajarse y desconectar puede afectar negativamente el sistema inmunológico y aumentar el riesgo de enfermedades”. También describió consecuencias como estrés, burnout y deterioro del bienestar emocional.
Por qué “no hacer nada” es autocuidado según los especialistas

Los tres especialistas subrayaron que el descanso debe considerarse un componente esencial y no un capricho. Holmes definió el descanso como “condición para que el organismo y la conciencia se regulen”, y aclaró que no se trata de renunciar a la vida, sino de “volver al eje”.
Calvo sostuvo que “el descanso no es lo opuesto a la productividad: al contrario, es lo que la hace posible”, y que la mente solo puede oxigenarse con pausas. Entre los beneficios, menciona mayor energía, mejor humor, mejor regulación emocional y más creatividad.
Giralt Font aportó un dato neurocientífico: “El cerebro no ‘descansa’ pasivamente: consolida memorias, repara conexiones, baja el cortisol y reorganiza información”. Y destacó que el tiempo de inactividad activa la red por defecto cerebral, clave para la creatividad y la recuperación emocional.
Los beneficios señalados por los especialistas incluyen mejor enfoque, incremento de la creatividad, disminución de la rumiación mental, mejor estado de ánimo y reducción del riesgo de burnout.
El rol de la culpa y cómo superarla

La culpa aparece asociada a patrones sociales interiorizados. Al respecto, Holmes afirmó: “La culpa aparece porque hemos internalizado la idea de que siempre podríamos estar haciendo más”, pero recordó que es una emoción aprendida, no innata ni ética. Y recomendó un gesto compasivo hacia uno mismo y una mirada basada en la autorregulación emocional.
En este punto, Calvo explicó que “la culpa es aprendida. Aparece porque aprendimos que descansar es ‘no aprovechar el tiempo’. También porque asociamos nuestro valor con lo que hacemos y no con lo que somos”. Para él, es posible desactivar la culpa practicando el descanso de modo intencional y asumiendo que “cuidarse no es egoísmo ni pérdida de tiempo”.
Giralt Font sugirió recurrir a estrategias de reestructuración cognitiva para cuestionar las creencias rígidas: identificar pensamientos automáticos como “si descanso, me atraso” y reemplazarlos por marcos más realistas, como “descansar es una parte esencial del autocuidado”. Aconsejó convertir el descanso en una práctica programada y asociar sus beneficios con valores personales.
Cómo reconocer la necesidad de descanso y entrenar la escucha interna

El cuerpo advierte cuando necesita pausa. Según Holmes, “el cuerpo siempre habla, pero vivimos ensordecidos”. Y enumeró señales como tensión muscular, irritabilidad, niebla mental y sensación de desconexión interna.
Según la especialista, es clave detenerse y practicar la atención abierta para reconocer estos indicios.
Calvo mencionó una serie de síntomas como cansancio mental, irritabilidad, dolores de cabeza, tensión, problemas estomacales y caída de la concentración. Y sugirió observar y aceptarlos sin juzgarlos, ya que son indicadores de necesidad y no de debilidad.
Giralt Font introdujo el concepto de interocepción, la capacidad de percibir claramente las necesidades físicas y emocionales. Propuso entrenarla mediante chequeos breves durante el día, preguntas sobre el estado de ánimo y el registro de patrones en un diario personal.
Prácticas concretas para integrar pausas y descanso

Los especialistas brindaron herramientas prácticas para revertir la cultura del hacer. Holmes mencionó la atención plena al cuerpo, las pausas somáticas y el enfoque en el “ser” más allá del “hacer”. Recomendó iniciar con pausas cortas, poner palabras al malestar y elegir actos sencillos de autocuidado.
Calvo aconsejó “chequeos corporales breves”, interrupciones periódicas en la agenda diaria para moverse o cambiar de ambiente y establecer límites claros en las responsabilidades diarias. Destacó la importancia de poner espacios en blanco que no se llenen con tareas ni actividades obligatorias.
Giralt Font sugirió el escaneo corporal, la respiración profunda, la priorización del sueño y las pausas activas. Y tras recomendar trabajar en bloques, aconsejó no buscar la perfección y organizar la agenda para que el descanso sea intencionado. También propuso conectar la pausa con valores personales, como estar más presente en la vida familiar o profesional.
En todos los casos, los especialistas coinciden en que no hay soluciones mágicas ni cambios drásticos: el bienestar parte de “introducir pequeños cambios consistentes que se vuelven hábitos poderosos con el tiempo”, sostuvo Giralt Font.
“El equilibrio no es un estado final, sino un modo de estar. El bienestar comienza cuando dejamos de huir de nosotros mismos y volvemos a habitar lo que somos en este instante”, analizó Holmes en el cierre. Y concluyó: “La acción verdaderamente significativa no nace de la agitación, sino de la claridad interior. La acción correcta surge de un estado de presencia ecuánime, no de la compulsión ni del miedo a detenernos”.
Fuente: Infobae

