Este par de alumnos de Historia en una de las mejores universidades de Brasil relatan su búsqueda de nuevos votantes, tras el revés de la primera vuelta, para derrotar a Bolsonaro el domingo
Llegaron optimistas a la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. Con enorme confianza en que el veterano Lula lograría la victoria parcial. Es más, el triunfo definitivo tampoco les sonaba descabellado. Pero la noche electoral del 4 de octubre acabó en disgusto colosal para Rhian Silva, de 23 años, para Julia de Oliveira Szöke, de 25, estudiantes de Historia, y para toda la izquierda brasileña. Conmocionada, hizo un luto breve y se puso en acción tras un llamamiento de Lula a la movilización general. “Lo primero que nosotros hicimos fue decirnos: ‘No podemos caer en el pánico o la desesperación. Quedan casi tres semanas. Vamos a por la remontada”, recordaba Silva el miércoles, en el campus de la Universidad de São Paulo (USP), pública, una de las mejores de América Latina.
Ganar significa conservar las conquistas sociales impulsadas por los Gobiernos del Partido de los Trabajadores. Para él, un asunto personal. “Soy fruto directo de esas políticas públicas. Quiera o no, tengo un débito” con Lula. Hace pocos años una persona de su perfil era la excepción por aquí.
Como millones de brasileños —unos bajo el paraguas de los partidos; otros, por libre— Silva y Szöke están embarcados en la operación remontada: conseguir nuevos votantes que brinden a Lula un nuevo mandato el domingo. Una misión que estos amigos del alma que se conocieron en la facultad —cómplices y militantes estudiantiles— libran en el mundo terrenal, en su círculo, y en redes sociales.
Ellos van por libre. Y Silva distingue distintas etapas. Primer paso, que la militancia izquierdista asumiera que la remontada era factible y trazar la estrategia. Primera conclusión: “Intentar convencer a un bolsonarista es una pérdida de tiempo. Ese voto no cambia”. Segundo paso, afinar el objetivo: “Esas personas incómodas con la polarización, que no salieron a votar por pereza”. Buscar entre los 33 millones se abstuvieron. Con especial atención, recalcó Lula, a los mayores de 70 años y los adolescentes a partir de 16, que tienen derecho, pero no obligación de votar.
Tocó entonces asumir una certeza dolorosa, un error estratégico: “Me di cuenta de que estaba muy lejos de los que no son de izquierdas, los no universitarios”, explica Silva, un futuro profesor de Historia que creció en un hogar pobre con su madre, su abuela y tres hermanos, en Cachoerinha, una barriada de la periferia de São Paulo. Llegó a esta facultad desde una escuela pública gracias a las cuotas raciales. Aquello dio un giro de 180 grados a su vida. La transición académica fue difícil, pero la contrapartida, impagable. Sus horizontes, antes limitados a los confines de su barrio, se expandieron hasta casi el infinito.
Un origen frecuente entre los millones de Silva brasileños, muy distinto a su amiga Szöke, uno de esos apellidos húngaros de grafía imposible. Viene de una ciudad agrícola del interior, de una familia de clase media, de derechas. “Soy el puntito rojo de la familia”, dice con una sonrisa.
En estas casi tres semanas, Silva ha hecho proselitismo político en su familia, ha pedido el voto por Lula en las calles de Barueri, una ciudad del cinturón metropolitano, y ha participado en varios actos electorales que resultaron una inyección de autoestima progresista: la marea roja de la avenida Paulista; y un concierto de rap “a favor de la democracia y contra el retroceso” en una favela, con Emicida y Karol Konká.
El balance es positivo. Pero, a diferencia de su amiga, no tiene la confirmación de que su esfuerzo se traduzca en nuevos votos, sí esperanza. Szöke, en cambio, se anotó un gol inesperado. “Mi madre, cosa que me sorprendió, porque es una liberal clásica. Estos años me ha oído contar que los de la extrema derecha vienen aquí, a la universidad pública, a acosarnos. Y de repente un día me dice que va a votar a Lula”, apunta con emoción. Como un problema de salud le ha impedido salir a buscar votantes, se volcó en la campaña digital. Existe una tropa de siete millones de internautas en WhatsApp, el Ejercito de Lula, movilizada por un diputado afín que, explica la universitaria, ha puesto en evidencia que el algoritmo favorece a la derecha.
Un título universitario de la USP es una excelente carta de presentación. Los jóvenes que circulan por la facultad se parecen mucho más al Brasil real que sus señorías, los parlamentarios en Brasilia, gracias a las políticas de acción positiva impulsadas por el PT. En el patio central, una gran pancarta llama a “derrotar a Flávio Bolsonaro”. Al lado, un cartel del rectorado recuerda que, por respeto a cualquier opinión, no se pueden arrancar los carteles.
Con el shock de la derrota, Silva, el mayor de los hermanos, volvió a hablar de política en familia. Durante años consideró que era una pérdida de tiempo o demasiado estrés. Notó con agrado que la recién aprobada ley que garantiza un segundo día libre a los trabajadores tradujo la política abstracta en algo bien concreto para su madre y para sus hermanos, que trabajan seis días y libran uno. Gracias a ese cambio legal, tendrán tiempo libre. “Creo que el fin de la escala 6×1 [como la reforma es conocida] fue definitivo para ellos”, explica el universitario, que pasa seis horas diarias en el transporte publico entre su casa, la universidad y el colegio donde hace prácticas pagadas. “Caló en ellos la idea de que Lula lo hizo realidad y Flávio Bolsonaro es una amenaza para el 6×1”.
Respetuoso, no les ha preguntado sobre el domingo, pero apunta una novedad que alienta su esperanza: “Ahora mi madre repostea lo que cuelgo en Instagram sobre la escala 6×1”.
Tanto Silva como a Szöke consideran clave —“un éxito”— que discurso de la izquierda brasileña orbite ahora en torno a los derechos laborales, la compra o las pensiones. Consideran la defensa de los derechos de las minorías innegociable —él es gay y ella lesbiana, se conocieron en el grupo de acogida a nuevos alumnos LGTB—, pero asumen que no es el terreno idóneo para dar la batalla al bolsonarismo. Tampoco Lula es su candidato ideal, ellos están muy a la izquierda. “Somos críticos con el PT, pero ahora estamos en lo posible, en lo viable”, afirma Szöke. Creen que en esta coyuntura de emergencia es la mejor opción para frenar el paso a los Bolsonaro.
Silva confiesa que persuadir a su abuela son palabras mayores: “Tiene 78 o 79 años, hace mucho que no vota. Mi mayor desafío es que vote, está convencida de que, independientemente de quien gane, todo seguirá mal. Teme apostar por uno y llevarse una decepción. Quiero demostrarle que hay diferencia entre los dos y que el voto cuenta”. La abuela personifica el terror de los encuestadores, el elector veleta: “Cambia al calor del momento. Si ocurre algo extraordinario el viernes o el sábado, cambiará de opinión otra vez”.
Ambos son muy conscientes del calibre del desafío. Tienen presente que ningún candidato ganó las presidenciales en Brasil tras perder la primera vuelta. Pero el riesgo de que los Bolsonaro regresen al poder —“y Brasil al oscurantismo”— ha catalizado una movilización en la izquierda inédita en muchos años. No pierden la esperanza. Dicen que los triunfos por remontada saben más dulces, como en el fútbol. El viernes verán el debate Bolsonaro-Lula con el corazón encogido.
Todavía no han decidido si seguirán juntos el escrutinio. Depende de cómo evolucione la situación hasta el domingo. Quisieran celebrar juntos una victoria, pero en caso de derrota no tienen claro si prefieren llorar a solas o en compañía.
Fuente: EL PAÍS

