El hombre trabaja, compite, conquista y se sacrifica. Pero ¿cuánto de todo eso lo hace por sí mismo y cuánto para conseguir la aprobación de una mujer?
¿Quién tiene realmente el poder: el hombre que paga la cena o la mujer que decide si habrá una segunda cita?
La pregunta puede parecer exagerada, pero encierra una contradicción que rara vez se discute abiertamente.
Al hombre se le enseña que debe ser exitoso, proveedor, fuerte, protector y económicamente estable. Debe conquistar, tomar la iniciativa y demostrar constantemente que merece ser elegido.
Pero ¿quién estableció esas reglas? ¿Y por qué tantos hombres las aceptan sin cuestionarlas?
Hace más de medio siglo, una mujer se atrevió a plantear algo todavía más incómodo.
Su nombre era Esther Vilar.
En 1971 publicó El varón domado, un libro que dio vuelta a la interpretación tradicional del poder entre los sexos. Su tesis era provocadora: el hombre que cree dominar a la mujer puede terminar convertido en alguien que vive para satisfacer sus expectativas.
Y lo más perturbador de su planteamiento es que, según Vilar, el hombre puede participar voluntariamente en su propia domesticación.
EL HOMBRE DEBE GANARSE LO QUE LA MUJER SIMPLEMENTE PUEDE RECHAZAR
Observemos algunas de las expectativas que todavía rodean las relaciones sentimentales.
El hombre debe acercarse. Debe conquistar. Debe impresionar. Debe demostrar estabilidad. Debe tener iniciativa.
Y, con frecuencia, se espera que sea él quien invierta más recursos durante las primeras etapas de la conquista.
Mientras tanto, ¿cuántas veces la mujer ocupa principalmente el papel de quien acepta o rechaza?
Por supuesto, existen mujeres que toman la iniciativa, trabajan, mantienen hogares y realizan grandes sacrificios por sus parejas. Pero reconocerlo no elimina la existencia de un modelo de conquista en el que el hombre siente que debe probar su valor y la mujer tiene la última palabra para aceptarlo.
Aquí aparece la primera pregunta incómoda:
Si ambos sexos son iguales, ¿por qué todavía se espera que el hombre tenga que demostrar que merece una oportunidad?
¿AMOR O UN SISTEMA DE RECOMPENSAS?
Esther Vilar llevó esta discusión a un terreno todavía más polémico.
En su interpretación, el deseo masculino, el romanticismo y las expectativas sociales podían convertirse en mecanismos que llevaban al hombre a trabajar y sacrificarse para obtener afecto, compañía o reconocimiento femenino.
Vilar no describía simplemente una relación sentimental. Planteaba una forma de condicionamiento.
El hombre aprende que cuanto más ofrece, más posibilidades tiene de ser valorado.
Más dinero. Más atención. Más regalos. Más esfuerzos. Más sacrificios.
Pero aquí hay una diferencia fundamental que muchas personas prefieren ignorar:
Amar a alguien no es lo mismo que necesitar constantemente su aprobación.
Cuando un hombre mide su valor por la mujer que consigue conquistar, corre el riesgo de entregar su autoestima a una persona que puede aceptarlo o rechazarlo.
Y cuando confunde su capacidad de proveer con su derecho a recibir cariño, el amor puede terminar convertido en una negociación.
LAS REDES SOCIALES: ¿EL NUEVO ESCAPARATE DE LA APROBACIÓN FEMENINA?
En la actualidad existe un escenario que Esther Vilar no conoció: las redes sociales.
Fotografías, seguidores, comentarios, mensajes privados, regalos virtuales y demostraciones públicas de admiración forman parte de nuevas dinámicas de atención.
En determinados espacios digitales, una mujer atractiva puede concentrar grandes cantidades de atención masculina sin necesidad de establecer una relación con quienes se la ofrecen.
Y algunos hombres parecen dispuestos a invertir tiempo, dinero e incluso parte de su dignidad intentando destacar entre muchos otros.
La pregunta es inevitable:
¿El hombre está conquistando a la mujer o compitiendo por el privilegio de recibir unos segundos de su atención?
Conviene aclarar algo: la popularidad digital no es exclusiva de las mujeres, y recibir atención tampoco significa tener poder económico o social. Pero la dinámica merece ser examinada.
Porque si una persona necesita permanentemente ser vista, deseada o elegida, quien controla esa recompensa puede adquirir una influencia considerable sobre su comportamiento.
LA CONTRADICCIÓN DE LA IGUALDAD MODERNA
La sociedad ha cambiado y muchas expectativas tradicionales están siendo cuestionadas.
Sin embargo, ciertas obligaciones masculinas parecen resistirse a desaparecer.
Todavía existen quienes consideran que un hombre debe pagar las citas, resolver los problemas económicos, asumir los riesgos y garantizar estabilidad.
La igualdad se defiende en numerosos ámbitos, pero ¿también cuando llega la cuenta del restaurante?
¿También cuando el hombre pierde su empleo?
¿También cuando no puede proporcionar el nivel de vida que su pareja espera?
No se trata de negar los problemas y desigualdades que enfrentan las mujeres. Se trata de preguntar por qué algunas obligaciones heredadas siguen presentándose como requisitos de masculinidad.
La igualdad no debería consistir en conservar las ventajas tradicionales de cada sexo y rechazar únicamente sus responsabilidades.
Si una relación se define como una asociación entre iguales, las exigencias deberían discutirse y asumirse entre ambos, no imponerse de antemano por ser hombre o mujer.
TAL VEZ EL PROBLEMA NO SEAN LAS MUJERES, SINO LOS HOMBRES QUE VIVEN PARA AGRADARLAS
Aquí llegamos a la parte más incómoda.
Resulta fácil responsabilizar a las mujeres de las expectativas masculinas. Mucho más difícil es preguntarse por qué tantos hombres construyen su identidad alrededor de ser deseados.
¿Por qué algunos necesitan una pareja para sentirse exitosos?
¿Por qué toleran situaciones que perjudican su dignidad por miedo a quedarse solos?
¿Por qué intentan compensar con dinero, regalos o sacrificios aquello que no pueden conseguir mediante una relación de afecto recíproco?
Una mujer no necesita controlar todas las decisiones de un hombre si él mismo ha decidido convertir su aprobación en el objetivo principal de su vida.
Esta es una de las lecturas más provocadoras que podemos extraer del libro de Vilar.
Sus generalizaciones sobre hombres y mujeres son discutibles y no representan verdades universales. Sin embargo, cuestionar la dependencia emocional y las expectativas de provisión masculina sigue siendo relevante.
Porque el problema comienza cuando alguien deja de preguntarse qué desea para sí mismo y empieza a vivir exclusivamente para ser elegido.
¿Y SI EL VERDADERO PODER NO ESTUVIERA DONDE CREEMOS?
Durante generaciones se ha asociado el poder masculino con el dinero, el trabajo, la fuerza física y la autoridad.
Pero existe otra forma de influencia: la capacidad de condicionar las decisiones de alguien que teme perder nuestro afecto.
Quien necesita desesperadamente ser aceptado puede terminar cediendo mucho más que quien se siente libre para marcharse.
Eso puede sucederle tanto a un hombre como a una mujer. Sin embargo, la provocación de Esther Vilar consiste precisamente en dirigir esa pregunta hacia el hombre que se considera dominante.
¿De qué sirve ganar dinero, alcanzar el éxito y aparentar independencia si todas esas conquistas terminan subordinadas a la necesidad de impresionar a alguien?
Quizá el hombre verdaderamente independiente no sea el que más conquista, el que más dinero tiene o el que consigue atraer a más mujeres.
Quizá sea aquel que puede amar sin perder su libertad, compartir sin comprar afecto y construir una vida que siga teniendo sentido incluso cuando nadie lo elija.
La pregunta final queda abierta:
¿LAS MUJERES TIENEN DEMASIADO PODER SOBRE LOS HOMBRES O SON LOS PROPIOS HOMBRES QUIENES SE LO ENTREGAN VOLUNTARIAMENTE?
Artículo de opinión inspirado en las tesis de Esther Vilar. Su interpretación de las relaciones entre sexos es controvertida y no debe confundirse con una explicación científica general del comportamiento de hombres y mujeres.

