Este veterinario fundó hace 36 años un centro para recuperar aves rapaces. Allí inició una cruzada para llevar hasta la montaña a cóndores que sufrieron heridas o que nacieron en cautiverio. Hoy siente una conexión única con esos buitres cuyo territorio natural se extiende por toda la cordillera de los Andes
La belleza del vuelo del cóndor andino, cuya figura negra y blanca planea en las alturas, y el sonido de sus alas en el viento, en un entorno de imponentes montañas, todavía conmueven a Eduardo Pavez (Santiago de Chile, 1965). Eso pese a que desde niño se lo ha pasado subiendo a la cordillera y palpitando la naturaleza, y que desde su juventud ha convivido y establecido estrechos lazos con cientos de rapaces. Hoy es de las personas que más sabe de cóndores, una de las mayores aves voladoras del planeta, y el motor de uno los más importantes proyectos para reintroducir ejemplares de esta especie a su medio natural.
Médico veterinario y doctor en ciencias Silvoagropecuarias y Veterinarias, Pavez camina entre decenas de jaulas del Centro de Rehabilitación de Aves Rapaces (CRAR), en Talagante (45 km al oeste de Santiago) que él mismo fundó en 1990, con 24 años, luego de un ultimátum de su madre para se llevara a otro lado las águilas, cernícalos y tiuques que cuidaba en el patio de su casa desde los tiempos del colegio. Fue Jürgen Rottmann —una leyenda viviente del naturalismo chileno— quien le facilitó un sector en un predio agrícola de su propiedad para instalar el CRAR, y hace más de tres décadas que también cuidan allí ejemplares de cóndor (Vultur gryphus).
De esos años hasta hoy, Eduardo Pavez nunca ha dejado de adquirir conocimientos sobre el comportamiento de las aves y especialmente de los cóndores. Así explica que, durante la primavera que acaba de comenzar en el hemisferio sur, es peligroso entrar en las jaulas de los ejemplares adultos de estos grandes carroñeros, porque la época de celo los vuelve agresivos. Por eso, solo a través de la reja interactúa con Inca, un hembra de 20 años nacida en el Zoológico de la ciudad de La Serena (480 km al norte de la capital chilena) y cuya liberación es imposible por la relación que ha establecido con el ser humano. La cóndor picotea una y otra vez el guante de cuero que Eduardo le ofrece y lo sigue a lo largo de la reja cuando él camina.

En el CRAR, donde Pavez dice ser un voluntario más, actualmente hay 35 cóndores (y dos huevos). Muchos de ellos no pueden ser liberados, por lesiones físicas o porque el contacto con las personas hace imposible que puedan incorporarse a la vida silvestre. Pese a esa limitación, algunos de esos sí pueden reproducirse para que sean sus hijos los que tengan la posibilidad de vivir en el ambiente donde por mandato natural estaban destinados: la cordillera de los Andes. Ese es el caso de Mailén, que nació en el CRAR en diciembre de 2022 y que espera ser liberada en los próximos meses en la cordillera chilena junto a otra cóndor que llegó herida y que ya se ha recuperado. Y el de Antuco, nacido en diciembre de 2024, que será llevado hasta Colombia para colaborar en el repoblamiento de la especie en ese país.
Eduardo Pavez, gran admirador del naturalista español Félix Rodríguez de la Fuente, habla con pasión de los cóndores y transmite con palabras simples mucho de lo que ha aprendido de esta especie, gracias a sus observaciones a la distancia en largas jornadas en escarpados cerros, o por contacto directo con ejemplares en cautividad. Que es de los pocos sobrevivientes de los buitres gigantes que existían durante el Pleistoceno, que puede recorrer hasta mil kilómetros buscando alimento, que tanto el macho como la hembra se dedican a la crianza, o que la imagen potente que proyecta ha hecho que sea un símbolo de todas las culturas andinas desde tiempos inmemoriales. Solo se anima a entrar a la jaula donde los jóvenes cóndores, que próximamente van a ser liberados, deben ejercitar su vuelo, y a aquella donde esta una hembra, ya mayor, a la que llaman Abuela, que sufre cataratas y que no detecta la presencia de Pavez si se queda quieto.






Hoy el cóndor, cuyo territorio natural de distribución es todo el macizo andino, desde Venezuela hasta Tierra del Fuego, enfrenta problemas de conservación en casi toda esa área, especialmente en el norte de Sudamérica donde está en peligro de extinción. Es una especie esencial para mantener limpio y sano el entorno natural donde vive. Y al cuidar a estos buitres, se protege también a toda la flora y fauna con las que convive. “Los cóndores se encargan de eliminar rápidamente los cadáveres de los grandes animales que ellos consumen, como guanacos muertos por puma y también muchos animales que quedan varados en las costas, como delfines, lobos marinos y ballenas. Esto impide que esos cadáveres se transformen en fuente de organismos patógenos como bacterias o virus, o alimento para larvas de moscas, que son vectores de muchas patologías. Desde el punto de vista de la higiene del ecosistema, los buitres, y los cóndores en particular, son fundamentales”, afirma Eduardo Pavez.
Su acercamiento al mundo de los cóndores comenzó en 1991 cuando el ornitólogo y documentalista francés Michel Terrase le pidió que lo acompañara durante más de un mes para filmar y estudiar a estos buitres en el paraíso austral de Torres del Paine. “Aprendí mucho de cóndores, de buitres y de cómo utilizar escondites. Estuvimos metidos en los escondites desde las 5 de la mañana hasta las 11 de la noche para filmar, pero conversando todo el día. Ahí se generó un vínculo potente maestro-discípulo. Fue Michel el que me metió en el mundo de los buitres y específicamente en el mundo de los cóndores”, recuerda.

Luego trabajó en un proyecto con una minera para el manejo de una población de cóndores en un basural y ya no paró, incluido el trabajo con cóndores heridos de por vida y el intento por reintroducir en la naturaleza ejemplares recuperados o nacidos en cautiverio. En esa cruzada, en 2000, colaboró con colegas de Argentina en la fundación del Programa Binacional de Conservación del Cóndor Andino. Y en 2019 fue pieza clave en la formación del Proyecto Manku, del que hoy es su director. Manku (que sintetiza la palabra cóndor en mapudungun, y en aimara y quechua) unifica los esfuerzos de diversos actores, como el Zoológico del Parque Metropolitano de Santiago, el CRAR, la Unión de Ornitólogos de Chile, Filantropía Cortes Solari o Rewilding Chile. Así, Pavez ya cuenta con el récord de haber empujado la liberación de más de 100 cóndores, llevados a la cordillera del centro y sur de Chile, la gran mayoría con transmisores satelitales en sus alas que permiten seguir sus movimientos por un tiempo.
Después de todos estos años, Eduardo Pavez reconoce el vínculo que ha logrado con los más de 200 cóndores que han pasado por el CRAR. “Me siento totalmente conectado con cada uno de los cóndores. Cada cóndor tiene su propia… no digo personalidad, digamos condorilidad. Cada uno tiene su historia de vida y eso se refleja en sus conductas. Yo conozco las historias de vida de prácticamente todos estos cóndores. Tenemos cóndores aquí hace más de 30 años y tengo una relación con ellos. Existe una conexión y es bonito, porque muchos de ellos me van a trascender. Porque un cóndor en cautiverio puede vivir perfectamente 70 años. Aquí hay cóndores jóvenes y mayores, que no se pueden liberar, y probablemente van a vivir muchos años después de que yo muera”, reflexiona.
Fuente: EL PAÍS

