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La generación que dejó de cenar: qué pasa con los trastornos alimenticios en mujeres mayores de 50

Mientras la sociedad sigue asociando los trastornos alimentarios a la adolescencia, los profesionales alertan de un fenómeno infradiagnosticado en mujeres que superan la mediana edad

Un grupo de amigas de mediana edad quedan por la noche “para tomar algo”. En un momento dado alguna integrante del grupo decide que es hora de picar algo. La cena se convierte en un cuenco de mejillones y un plato de cecina para seis. Aún así, las tapas no se terminan. La escena es habitual entre las mujeres ‘boomers’, especialmente en verano: o no cenan, o el picoteo es tan escaso que lo que a priori el camarero aconseja para dos se reparte entre seis. ¿Es normal que mujeres que han pasado la mediana edad no cenen de forma rutinaria?

Para Sofía Giaquinta, experta en trastornos de conducta alimentaria (TCA) y autora del libro Nutrición Sin Miedo, no.

La nutricionista, que utiliza las redes sociales para promover una relación positiva y equilibrada con la comida, considera que privarse de la cena rompe las ventanas de oportunidad nutricional que necesita el cuerpo a lo largo del día. “En la sociedad en la que vivimos, ¿cuál es la motivación para que una persona cene solamente frutos secos?”, se pregunta. Intentar no coger peso o compensar otras comidas puede estar entre las posibles respuestas.

No cenar de forma habitual puede formar parte de un patrón de conducta alimentaria restrictiva. Y aunque no signifique necesariamente padecer un TCA, el problema aparece cuando esa restricción forma parte de un patrón más amplio de miedo a engordar, de compensación, obsesión por el peso o deterioro de la relación con la comida.

“Es muy difícil encontrar a una mujer en esta sociedad que no tenga conductas relacionadas con estas dietas en alguna vez de su vida”, expone Giaquinta. Se ven ayunos no pautados, gluten que se evita como el veneno aunque no haya celiaquía, o dietas cetogénicas (conocidas como dietas keto) que se desarrollaron, originariamente, para tratar la epilepsia infantil. Conductas que pueden ser la puerta de entrada a un TCA.

Porque, pese a que los TCA han estado durante décadas asociados a adolescentes y mujeres jóvenes, las unidades y clínicas especializadas acostumbran a tratar a personas de mediana edad. En la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) del Hospital de Bellvitge, el 25% de los casos que atiende son mayores de 46 años. “En los últimos 10 años han aumentado los casos en esta franja de edad, debido sobre todo a un aumento en la duración de los casos, especialmente de anorexia nerviosa y anorexia nerviosa atípica, así como de trastorno por atracón”, exponen el director de la unidad, el doctor en Psicología Fernando Fernández Aranda.

También los profesionales consultados por este medio ven sobre todo casos de atracones, aunque también de bulimia o anorexia, que tiene la tasa de mortalidad más alta de cualquier trastorno psiquiátrico, así como formas mixtas. Se han publicado investigaciones internacionales que sugieren que el número de mujeres mayores que están buscando tratamiento crece. Por ejemplo, la investigación estadounidense Eating disorder treatment among women forty and older, publicada en la revista científica Journal of Psychosomatic Research, analizó de forma retrospectiva los ingresos hospitalarios de mujeres adultas a lo largo de casi dos décadas para descubrir que el porcentaje de mujeres de 40 años o más que ingresaron de forma urgente para recibir tratamiento de TCA casi se triplicó, pasando de una media histórica del 4,7% al 11,6%. Aun así, los profesionales denuncian su infradiagnóstico.

Menopausia y edadismo estético

“En consulta existen TCA a partir de los 55 años. El porcentaje debe de ser bastante alto, pero no podemos basarnos en ningún dato real, lo que viene a ser síntoma del problema: están tan invisibilizados que ni siquiera se están midiendo con rigor estos datos”, apunta Carmen Piqueras Ruiz, psicóloga de Somos Estupendas, una plataforma que ofrece servicios de terapia psicológica. Ella relaciona este infradiagnóstico precisamente con estos estereotipos: se siguen vinculando los TCA a adolescentes y mujeres jóvenes.

“A esto se añade que muchos de sus elementos, como hacer dieta o restringir alimentos o comidas, se interpretan a esas edades como autocuidado y no como una señal de alarma. Además, determinados cambios físicos se asocian a la menopausia o al envejecimiento sin averiguar si están asociados a la alimentación”, añade. Y remata con una idea que resume todo el problema: “Si no se piensa que a los 60 se pueda padecer un TCA no se busca”.

“En mujeres mayores de 50, el trastorno por atracón es especialmente prevalente, según las unidades clínicas españolas, como la de Bellvitge o la Unidad de TCA del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona, pero se oculta a los profesionales y al entorno por vergüenza. Se intenta compensar con dietas cada vez más restrictivas, lo que a su vez dificulta su diagnóstico”, apunta Juan Castilla, psicólogo general sanitario y divulgador del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid.

El deterioro con la edad no siempre es un debut tardío: a veces es la cronificación de algo que empezó mucho antes. Le ocurrió durante varias etapas de su vida a Sonia, de 49 años, que sufre anorexia restrictiva desde los 12 años. Fue su madre quien le puso nombre a su enfermedad tras leerse un artículo en una revista que hablaba sobre la anorexia. Eran los 90 y la enfermedad no era tan conocida como ahora.

Desde entonces pasó por varias crisis, la última hace solo dos años. “Es una enfermedad muy complicada que se cronifica”, expone. “Te cambia la vida. Piensas que a lo mejor te sobra un poco de aquí o de allá. Te empiezas a obsesionar de tal manera que lo que más rige tu vida es la comida y el peso y todo gira en torno a eso”, añade. Así hasta que termina por poner en riesgo su salud y, a veces, también su vida. Con todo, recuerda que eso es la punta del iceberg: detrás puede haber episodios traumáticos, como abusos, problemas familiares o bullying, u otros problemas de salud mental.

Ahora tiene el alta y las herramientas necesarias para convivir con “esa anorexia, que es crónica”. Y tan familiarizada está con los TCA que no le cuesta identificar rápidamente a quienes están en riesgo de padecer uno. Algo, que asegura, ve con bastante frecuencia en su entorno. “Lo detecto por la manera en que les condiciona en la vida”, asegura. También ve la presión estética como una de las puertas de entrada. “La sociedad te lo exige, y las personas con TCA somos muy perfeccionistas y autoexigentes. Buscamos esa perfección, que es fruto de la inseguridad, de la baja autoestima o de autopercepción negativa. Es una manera de intentar ser suficiente”, apunta.

Castilla menciona la tesis doctoral de la psicóloga Patrizia Carmen Marruffi Bonfante, presentada el pasado mes de julio. En su estudio mostró que, incluso sin un diagnóstico previo, existían indicadores de riesgo elevados en mujeres españolas de más de 50 años, como la obsesión por la delgadez, una gran insatisfacción corporal, malestar al comer y sintomatología psicológica asociada.

Para los expertos, la presión estética es, sin duda, uno de los detonantes. “Si en los jóvenes esta presión tiene que ver con el ideal de belleza de Instagram, en adultas mayores está relacionado con el edadismo estético, es decir, la presión social por hacer menos visible los signos del envejecimiento”, afirma Carmen Piqueras.

Giaquinta también considera que hay un sesgo de género claro detrás de estos trastornos. “A partir de los 45-50 debutan mujeres con TCA por el cambio físico que supone la menopausia”, expone. “Acuden a consulta con mucha insatisfacción corporal porque su cuerpo ha cambiado. Es un periodo de transición muy grande. Y es horrible, pero al final no dejamos de vivir en una sociedad patriarcal en la que cuando una envejece no solo tiene que asimilar el cambio corporal, sino la transición a una edad en la que dejas de ser ese objeto de deseo”.

“Si esto lo unimos a los influencers, a los retos virales de buena alimentación, apps saludables -todo al alcance de la mano y de un click- y también a técnicas en clínicas de estética para ‘parar el tiempo’ y que no debemos engordar ni envejecer, nos hace un combinación difícil de gestionar psicológica y emocionalmente. Todo ello coincide con el cambio hormonal del cuerpo por la menopausia, que hace que muchas mujeres sientan la pérdida de control en su cuerpo. Así que sí, hay presión, y la presión estética no desaparece con la edad; se transforma y no todas las mujeres se adaptan”, añade Castilla.

Por lo general, pensar en el cuerpo y en el peso es un pensamiento intrusivo que ocupa demasiado espacio entre muchas mujeres. Y ese el problema, recalca la psicóloga de Somos Estupendas: “Es la norma y no la excepción”. “Muchas están preocupadas por ello y creen que pesan más de lo que deberían aunque su peso sea el natural. Es algo que no vemos que cambie con la edad ni con la experiencia, sino que se sigue manteniendo muy presente a los 30, a los 50 o 60. A la pregunta de cuánto espacio ocupa esto en ellas te responden que igual el 80 o 90% de lo que la persona piensa a lo largo del día”, añade.

La herencia envenenada de las ‘almond moms’

Este miedo a no encajar en la sociedad se transmite de madres a hijas como una herencia envenenada. Ana, de 30 años, afirma que la mayoría de comentarios sobre cuerpos los escucha en su familia. “Creo que me metieron presión por los complejos que tenía mi madre con su propio peso. Fui creciendo escuchando cómo contaba cuál era mi talla a otras personas. Sin embargo, ahora me veo en fotos de la infancia y aunque pudiera ser algo más grande que otras niñas, me veo bien. Hacía deporte y comía lo que me ponían”, explica.

Pasó la niñez y adolescencia yendo a dietistas, gimnasios o endocrinos. También probó la masoterapia o la presoterapia antes de cumplir la mayoría de edad. En Naturhouse le llegaron a decir, con solo 14 o 15 años, que retenía líquidos. El tema del peso, o el control de las comidas, era una constante en su vida. Años más tarde, la psicóloga le dijo que la ansiedad que sufría al pensar en su físico venía por la inseguridad que le generaron en casa. A día de hoy, sigue escuchando comentarios en casa sobre cómo le queda la ropa. La seguridad que ahora tiene en sí misma la ganó gracias a sus amigos.

Hace unos años se popularizó en las redes sociales el concepto almond moms (madres almendra), con Yolanda Hadid como referente. La modelo fue una de las protagonistas de The Real Housewives of Beverly Hills, un reality show donde se la vio hacer comentarios a sus hijas Gigi y Bella sobre sus cuerpos y dietas restrictivas. En un episodio, Gigi llama a su madre quejándose de que se siente “muy débil” ya que solo había comido “como media almendra” en todo el día. La respuesta de su madre es que tomase solo un par de almendras. “Y mastícalas muy bien”, le dijo. Bella confesó, años más tarde, haber padecido anorexia.

“Las víctimas de la presión estética y de la gordofobia hemos sido, en esta sociedad, principalmente las mujeres. Nuestras abuelas y madres son las que más lo han sufrido. Vivieron en su época, como estamos viviendo ahora, la delgadez extrema. Así que lo que han aprendido nos lo intentan trasladar porque creen que es lo mejor para nosotras”, explica Giaquinta.

Las cifras respaldan lo que las voces consultadas ven en consulta. Un estudio de 2017 en Reino Unido publicado en BMC Medicine, una de las publicaciones más prestigiosas en el campo de la investigación médica, encontró que entre las 5.658 mujeres de 30 a 40 años que participaron, el 15,3% había cumplido criterios de algún trastorno de la conducta alimentaria a lo largo de su vida, mientras que el 3,6% había presentado uno en los 12 meses anteriores.

En Estados Unidos, un estudio de la investigadora y doctora de la Universidad de Carolina del Norte, Cynthia Bulik, cifró en un 13% las mujeres mayores de 50 años con síntomas activos de un trastorno alimentario. Un 62% aseguró que su peso o estado de forma influía negativamente en sus vidas, y hasta un 70% había tratado de perder peso. El Estudio sobre las Percepciones y Hábitos de las Mujeres Españolas durante la Menopausia, elaborado por el laboratorio Cinfa, mostró que el aumento de peso era lo segundo que más preocupaba sobre la menopausia (73,4%) a las más de 2.000 mujeres españolas encuestadas, solo por detrás de los problemas de huesos y movilidad (75%).

Tanto en jóvenes como en mayores, la obsesión por la comida o el peso y el miedo a engordar debe despertar las señales de alarma entre sus contactos. Castilla apunta que comer grandes cantidades en poco tiempo, y habitualmente a solas, con sensación de pérdida de control, es la señal de alarma más frecuente a partir de los 50 años.

El tratamiento, que es multidisciplinar, es crucial para ellas. “Hay mujeres que empiezan a recuperar su vida social, a poder salir a cenar a restaurantes con relativa normalidad y poder compartir raciones. Además, disminuye mucho la carga mental, tienen más tiempo para dedicar a otras cosas, tiempo que antes dedicaban exclusivamente a la comida. Muchas recuperan su calidad de vida, mejora mucho físicamente, se encuentran menos cansadas o se les cae menos el pelo…”, indica Giaquinta. También, concluye, disminuye su preocupación por su imagen corporal.

Fuente: EL PAÍS

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