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La alianza entre el “rey de la coca” y un nazi para crear el primer narcoestado en Bolivia

Los periodistas David López y Christian Bergman cuentan en ‘El narco y el nazi’ los vínculos que un exjefe de la Gestapo creó para que el tráfico de cocaína penetre en el Gobierno militar de García Meza

La ciudad de Cochabamba, en los valles de Bolivia, tiene pocas representaciones en la cultura popular internacional. Tal vez la única sea en la película Scarface (1983), cuando el inmigrante cubano en Miami Tony Montana, interpretado por Al Pacino, la visita para cerrar negocios de droga con un traficante boliviano. Están presentes durante el acuerdo el ministro del Interior y un coronel militar, quienes ven cómo en la televisión se denuncia una conexión entre el gobierno castrense del país y el narcotráfico. “El paralelismo es tan obvio como impactante”, dicen los periodistas Christian Bergmann y David López en su investigación hecha libro, El narco y el nazi. Hablan del filme como una “profecía”; al mismo tiempo que se estrenaba, Estados Unidos vivía el auge de la cocaína, con Bolivia como el principal proveedor.

La obra, editada en Bolivia por El Cuervo y en España por Pepitas de Calabaza, narra que Roberto Suárez, la persona en la que está basada el traficante boliviano de Scarface, bromeó con demandar a la productora por derechos de uso de imagen. “¿Quién les dijo que Tony Montana es cubano y vive en Miami? Si acá todos sabemos que es paisa y está sentado a mi lado”, se burló Suárez cuando vio la película junto al socio con el que edificó el comercio global de cocaína, Pablo Escobar. Vivían una bonanza económica; Bolivia había superado por primera vez al Perú como productor de hoja de coca y pasta base.

El mismo año del estreno de la película, sin embargo, coincidió con la deportación a Francia por crímenes de guerra del principal aliado político que tenía Suárez dentro del entonces ya extinto Gobierno militar boliviano, el nazi Klaus Barbie. El narco y el nazi accede a documentos desclasificados de la CIA y el Mossad y a casi un centenar de testigos para revelar cómo, al inicio de la década de 1980, Barbie, un exjefe de la Gestapo convertido en coronel del Ejército boliviano, protegió, escoltó y se asoció comercialmente a Suárez, apodado “el rey de la coca”.

López llama a esta alianza la génesis del primer narcoestado: “La idea de una estructura de Estado moderno que opera con el interés de conseguir rédito económico del narcotráfico no había existido nunca”, dice a EL PAÍS. El origen de la improbable unión se remonta a una cena en 1979 de militares en la que coincidieron. Barbie le pidió entonces 5 millones de dólares para financiar el golpe de Estado —que se efectuaría un año después a la cabeza de Luis García Meza— con la bandera de evitar un acechante comunismo, enemigo en común de ambos. El alemán le retribuyó después otorgándole un cuerpo especial de seguridad, un grupo paramilitar conformado por neonazis extranjeros, Los Novios de la Muerte.

El negocio de la cocaína penetró en la dictadura de García Meza, en las Fuerzas Armadas y en el aparato político. Un documento del cuerpo de inteligencia estadounidense asegura que el negocio de la cocaína superó en 1980 los 1.500 millones de dólares. Bolivia pasó de producir poco más de 17.000 toneladas de hoja de coca en 1979 a más de 141.000 en 1985. Gran parte de la responsabilidad del vertiginoso crecimiento recae, según Bergmann, en Suárez, el próspero empresario ganadero convertido en el arquitecto de la exportación a gran escala de cocaína. “Cuando llega al narcotráfico ya está acostumbrado a negociar en bloque, con otras haciendas y exportando ganado al Brasil (…) trató un negocio ilegal como cualquier otro que ya dirigía”.

Klaus Barbie en una foto sin datar.

Gerd Heidemann (Instituto Hoover

Hasta antes de la llegada del “rey de la coca”, existían en Bolivia pequeños productores de hoja de coca y de pasta base que se las vendían a los narcotraficantes colombianos “a precio de gallina muerta, de nada”, asegura López. “Con Suárez se controlan y aumentan los precios, lo que cambia el mercado en Bolivia”. La familia del narcotraficante es una de las fuentes más valiosas a las que tuvieron acceso los periodistas para conocer de primera fuente el alzamiento del negocio y la personalidad de su diseñador.

El libro describe a Suárez, un consumado vaquero, formado por el duro entorno de la selva en la que se crio, en el Beni, la región amazónica de Bolivia. “Creció viendo que la muerte era natural e inevitable. De aquellos animales, aprendió que lo importante era sobrevivir”, lo describe el texto. También está reseñada su relación con Escobar, una amistad probada en las fiestas de cumpleaños de su amigo boliviano, a las que asistía el líder del Cartel de Medellín.

“Escobar con Suárez encuentra a un empresario serio que le garantiza una producción regular de pasta base para luego fabricar cocaína”, explica López. El orden y disciplina comercial de Suárez tenía su símil en la logística, protección y eliminación de rivales con Barbie. El germano llevaba décadas influenciando el cuerpo castrense, básicamente desde que llegó al país sudamericano escapando de sus responsabilidades en la Segunda Guerra Mundial a través de la llamada ruta de las ratas.

Barbie fue nombrado en 1942 jefe de la Gestapo en Lyon, el mayor foco de resistencia frente a la invasión. Afamado por torturar brutalmente y matar con sus propias manos, su episodio más oscuro fue cuando ordenó en 1944 deportar a Auschwitz para morir en las cámaras de gas a 44 niños judíos y siete educadores escondidos en el colegio internado católico de Izieu. “Uno de los peores criminales del régimen nazi”, según el historiador Serge Klarsfeld.

El caso de Barbie ilustra el refugio que recibieron los leales a Adolf Hitler por parte de los gobiernos militares latinoamericanos. La recepción que recibió en Bolivia, al punto de poder moverse libre y públicamente, ejemplifica la comodidad que les dieron los gobiernos militares de la segunda mitad del siglo XX a nazis. “Esa fascinación por el fascismo, por las estrategias violentas, fue integrada tempranamente en la historia militar de Bolivia. Por ejemplo, el fundador de las SA [brazo paramilitar del Partido Nazi], Ernst Röhm, fue invitado a asesorar al Ejército boliviano”, recuerda Bergmann.

Los autores, sin embargo, no se atribuyen la revelación de la protección de los Gobiernos militares a los criminales de guerra nazis. Sí hicieron las conexiones para describir la relación que tuvo uno de los nacionalsocialistas más cruentos con la creación del primer narcoestado y dejan en el aire, como incógnita, una hipótesis. Explica López: “EEUU sabía lo que estaba pasando en Bolivia, pero lo que no queda claro y no logramos demostrar con pruebas es hasta qué punto son cómplices del narcotráfico en Bolivia”. La familia de Suárez asegura que era cercano a Oliver North, el marine que financió la guerrilla anticomunista en Nicaragua a través de redes y con dinero del narcotráfico. “Creemos que Bolivia sería el ensayo de ese escándalo”.

El Pais

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