En 2027 se cumplirán 60 años desde que El graduado convirtió a Dustin Hoffman en una estrella. Desde entonces, pocas carreras son comparables a la suya. Aquel fulgurante comienzo fue el inicio de la sólida trayectoria de uno de los actores más importantes de la historia. Hoy, este californiano de 89 años ha revisado meticulosamente su trayectoria para escribir sus memorias, Look at me —se publican en Estados Unidos el 11 de noviembre— y asegura mirar a su yo más joven con orgullo. “Siempre tuve dudas sobre algunas de mis interpretaciones, pero al volver a ver las películas, pensé: ‘Está bastante bien. Si lo viera en otra persona, lo pensaría”, afirma. Y añade: “Recordar versiones más jóvenes de mí mismo es como ver a otra persona en ese momento de mi vida”.
Al principio nadie apostó por él. Cuando le dijo a su familia que quería ser actor, no recibió mucho apoyo: su tía Pearl le dijo directamente que no era lo bastante guapo. Posiblemente, lo que también quería decir es que no era lo bastante alto: galanes de su generación como Warren Beatty o Sidney Poitier se acercaban a los dos metros. Pero Hoffman, con su 1,65 y su aspecto de pajarillo asustado, contribuyó a redefinir la imagen del galán cuando se convirtió en un icono fundamental de aquel movimiento que llamaron Nuevo Hollywood. Una revolución cinematográfica surgida a partir de 1967 que transformó la forma de hacer cine en Estados Unidos. Hasta entonces el control absoluto de la industria lo tenía los grandes estudios, que perdían millones de dólares financiando musicales tradicionales con galanes envejecidos que los jóvenes ya no querían ver. La salvación surgió en forma de una nueva generación de directores jóvenes, influenciados por el cine de autor europeo: George Lucas, Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Mike Nichols, que tenía 37 años cuando dirigió El graduado (1967).
La película estaba protagonizada por un desconocido Hoffman de 30 años. Hasta ese momento había trabajado sobre todo en Broadway y durante su prueba de cámara estaba tan nervioso que olvidó sus líneas. Pero su interpretación de Benjamin Braddock, un joven recién salido de la universidad seducido por la esposa del socio de su padre, demostró una vulnerabilidad, una complejidad y un contradictorio atractivo que lo alejaban de la imagen de la estrella de cine perfecta de décadas anteriores. Y resultaba tremendamente seductor para una nueva generación de espectadores.


Aquel éxito le marcó el camino. Hoffman siguió apostando por esos antihéroes neuróticos y de clase trabajadora, o al menos con problemas propios del hombre corriente. En una concatenación ininterrumpida de actuaciones memorables, se sucedieron Cowboy de medianoche (1969), Pequeño gran hombre (1970), Perros de paja (1971), Papillon (1973), Lenny (1974), Todos los hombres del presidente (1976), Marathon Man (1976), Kramer contra Kramer (1979), Tootsie (1983) y Rainman (1988). En 20 años, recibió seis nominaciones al Óscar. Ganó dos.
Hoffman influyó enormemente en el mundo del cine, pero nunca antes había contado la historia más fascinante de sus seis décadas de carrera: la suya propia. Escribir sus memorias no fue tarea fácil. Mientras se sentaba a rememorar su vida, algunos de sus íntimos fallecieron. Entre ellos Robert Redford, con quien coprotagonizó Todos los hombres del presidente, clásico thriller político sobre el escándalo Watergate de Richard Nixon que sigue siendo una de las mejores películas sobre periodismo jamás realizadas. “Su muerte fue un golpe”, recuerda Hoffman. “Mientras escribía el libro también fallecieron otros dos viejos amigos, Gene Hackman y Robert Duvall, con quienes viví en Nueva York cuando teníamos veintitantos y empezábamos nuestras carreras como actores. Es extraño ser el último de los tres que queda con vida”.




A Gene Hackman le conocía desde el principio de los tiempos: ambos nacieron en California y fueron alumnos de la misma escuela de interpretación en Pasadena. Gene, que había sido marine, tenía 26 años, Dustin, 19. Cuentan que se hicieron íntimos porque sus compañeros les votaron “los dos estudiantes con menos posibilidades de triunfar”. Hackman, expulsado de aquella academia tras sacar las peores notas cosechadas por un alumno en toda la historia, fue el primero en trasladarse a Nueva York para probar suerte en Broadway. Dos años después le siguió Hoffman, que se mudó al diminuto piso de su amigo. A las pocas semanas, Hackman, harto de una convivencia imposible, le mandó a vivir con otro principiante que tenía una casa un poco más grande: Robert Duvall.
Mucho antes de sentarse a escribir sobre sí mismo, Hoffman dedicó su vida a intentar descifrar a los demás. Sus interpretaciones se convirtieron en legendarias por la profunda comprensión emocional que las sustentaba. Ya fuera porque investigaba durante meses sus papeles, porque cuestionaba cada línea de diálogo hasta encontrar su propia verdad emocional y su razonamiento lógico, o por hacer un esfuerzo por sumergirse hasta el fondo de la psicología de sus personajes, Hoffman se ganó la reputación de ser uno de los actores más meticulosos de Hollywood. El director Sydney Pollack —quien dirigió Tootsie, película en la que Hoffman interpreta a un actor que no encuentra trabajo hasta que se disfraza de mujer para poder presentar un programa de televisión— describió al actor y su riguroso proceso como “imposibles”, antes de añadir: “Dustin hacía cien preguntas. Noventa y nueve de ellas eran geniales”.
Fue ese mismo instinto —indagar con ahínco en cada sentimiento de los personajes— lo que terminó moldeando la forma en que Hoffman abordaba sus propios recuerdos. “Mi mente divaga y los sentimientos me acompañan en el viaje”, dice sobre el proceso de escribir sus memorias. “El libro está estructurado temáticamente en lugar de cronológicamente, porque así es como recuerdo mi vida y las películas en las que he participado. Cuando llegas a los ochenta y tantos, tus recuerdos dejan de ser una progresión lineal… Todas las personas que has sido y todo el trabajo que has hecho se convierten en un mosaico en tu mente, y los mosaicos se mueven. Suena un poco psicodélico. Pero así es tener ochenta y nueve años, al menos para mí”.








