- Hay mujeres de la tercera edad que siguen trabajando obligadas por la crisis económica
Bolivia, Kollasuyo Digital
Antes que caiga la noche, muchas de ellas ya dejaron listo el desayuno del día siguiente. Revisaron cuadernos escolares, dieron un beso a sus hijos, prepararon la ropa de un adulto mayor al que cuidan o dejaron dinero para el mercado. Cuando las luces de la ciudad comienzan a encenderse, ellas salen de casa. No dicen a dónde van. Inventan un turno de limpieza, un trabajo en un restaurante o una jornada nocturna cualquiera. Cargan en la cartera maquillaje, documentos, un carnet sanitario y, sobre todo, un secreto que llevan años protegiendo.
En Bolivia, según la Organización Nacional de Trabajadoras Nocturnas, son alrededor de 80 mil mujeres las que ejercen el llamado oficio más antiguo del mundo. Pero detrás de esa cifra no hay estadísticas frías. Hay madres, hijas, hermanas, viudas, abuelas y mujeres que, según sus propias dirigentes, nunca imaginaron que terminarían viviendo de la venta de servicios sexuales.
Mary Chambi, presidenta nacional de la organización, lo dice sin rodeos. “Nadie sueña con llegar a este trabajo”. Ella representa a miles de mujeres que, asegura, encontraron en la prostitución la única forma de llevar alimento a sus hogares cuando las oportunidades laborales desaparecieron.
La imagen que muchos construyen sobre ellas suele estar llena de prejuicios. Sin embargo, la realidad que describen está muy lejos del estereotipo. Muchas viven el día a día. Lo que ganan por la noche apenas alcanza para alimentar a sus hijos, pagar alquileres o comprar medicamentos. Algunas sostienen a padres ancianos; otras mantienen a nietos. Incluso existen mujeres de 60 o 65 años que continúan trabajando porque simplemente no tienen otra fuente de ingresos.
“La plata ya no alcanza”, resume Mary. Es una frase sencilla, pero suficiente para explicar por qué muchas continúan saliendo cada noche pese al cansancio, al miedo y a los años.
El trabajo tampoco termina cuando regresan a casa. Allí empieza otra batalla: ocultar quiénes son.
La mayoría utiliza nombres falsos. Cambian de peinado, se tiñen el cabello, se cubren el rostro con gorras, lentes o barbijos. No buscan esconderse de los clientes; buscan esconderse del vecino, del profesor de sus hijos o de algún familiar que pueda reconocerlas.
El mayor temor no es solo ser descubiertas, sino que sus hijos carguen con el peso de la discriminación.
Algunas madres han escuchado cómo otros niños insultan a sus hijos por el trabajo que realizan. Otras viven con el miedo permanente de que alguien las vea entrando o saliendo de un lenocinio o trabajando en una calle de El Alto, La Paz o cualquier otra ciudad del país.
Por eso, muchas familias jamás llegan a conocer la verdad.
Pero el estigma no es la única amenaza.
Las representantes denuncian que durante algunos operativos policiales varias trabajadoras fueron víctimas de insultos, humillaciones e incluso manoseos, pese a contar con la documentación sanitaria exigida por la ley. Dicen sentirse tratadas como ciudadanas sin derechos, como si su trabajo les hubiera arrebatado también la dignidad.
Y luego está el miedo más grande: no regresar a casa.
Rose Montes, secretaria de Relaciones Públicas de la organización, recuerda con dolor el asesinato de una compañera en la zona 12 de Octubre de El Alto. La mujer fue atacada por un cliente. Alcanzó a activar el botón de pánico, pero murió producto de las heridas. El presunto autor guarda detención preventiva mientras la investigación continúa.
Aquella muerte dejó una cicatriz profunda entre las trabajadoras.
“Somos madres y salimos con miedo de no volver a ver a nuestros hijos”, resume Rose.
En las noches también aparecen clientes violentos, personas con comportamientos impredecibles o trastornos psicológicos. Algunas mujeres cuentan que, además de ofrecer un servicio, terminan escuchando confesiones, historias de violencia familiar o conductas que las obligan a convertirse, por unos minutos, en psicólogas improvisadas para evitar situaciones mayores.
Paradójicamente, ellas contienen a otros mientras nadie contiene sus propios miedos.
Mary también habla de los sueños que quedaron atrás.
Confiesa que alguna vez quiso dedicarse a otra profesión, construir un futuro distinto, pero la pobreza y la falta de oportunidades terminaron empujándola hacia una realidad que nunca imaginó.
No lo cuenta buscando lástima. Lo hace para que la sociedad comprenda que detrás de cada mujer existe una historia que comenzó mucho antes de la primera noche de trabajo.
Hoy la organización intenta cambiar ese destino para las nuevas generaciones.
En la ciudad de El Alto inauguraron una casa de acogida donde las trabajadoras pueden descansar, recibir un plato de comida caliente, compartir un té, participar en talleres y acceder a orientación con la esperanza de que, poco a poco, quienes deseen abandonar esta actividad encuentren otro camino.
También impulsan programas para ayudar a las trabajadoras de la tercera edad, muchas de ellas abuelas que continúan ofreciendo servicios sexuales porque una jubilación nunca llegó o porque nadie más puede sostener a sus familias.
Quizá esa sea la parte menos conocida de esta historia.
La sociedad suele verlas bajo las luces de neón de una calle o detrás de la puerta de un lenocinio. Pocas veces las imagina levantándose temprano para llevar a un niño al colegio, cocinando para sus nietos o llorando en silencio por un sueño que nunca pudieron cumplir.
La noche las convierte en invisibles para muchos. Pero cuando amanece, vuelven a ser madres, hijas, hermanas y abuelas que luchan por sobrevivir en un país donde, para miles de ellas, la pobreza terminó decidiendo un destino que nunca eligieron.
Fuente Radio Splendid
Yolanda Espinoza

