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Trump aparca la guerra en Oriente Próximo en busca de un éxito difícil en China

El estrecho de Ormuz suma ya dos meses y medio cerrado, con las primeras señales de daño económico a la vista

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ya se encuentra en China para una misión muy distinta de la que él imaginó originalmente, cuando contaba con anunciar contratos millonarios junto a un Xi Jinping convencido por las perspectivas de beneficio. Con la guerra en Irán aún abierta, y el estrecho de Ormuz cerrado a cal y canto, el republicano necesita convencer a su homólogo chino de que le preste su colaboración para persuadir a Teherán de que acceda a negociar y poder poner fin así a un conflicto que se ha convertido en su gran dolor de cabeza. Mediada ya la décima semana, sus efectos ya se palpan en la economía.

Detrás de los oropeles ―un acto de bienvenida por todo lo alto en el Gran Palacio del Pueblo, un banquete de Estado, una ceremonia del té junto a Xi― tendrá lugar una intensa negociación que algún analista compara con un partido de rugby. Y el balón, o uno de ellos, será el estrecho de Ormuz. “La Administración de Trump cree que China puede ayudar a presionar a Irán para que acepte los términos que Estados Unidos cree necesarios” para poner fin a la guerra y reabrir ese cuello de botella fundamental para el tráfico marítimo, opina Edgard Kagan, del centro de estudios CSIS.

Washington quiere terminar esa guerra que dura ya mucho más de las 72 horas que calculó Trump cuando, siempre de la mano del israelí Benjamín Netanyahu, dio la orden de atacar. Los precios de la gasolina se encuentran en máximos, pese a las insistentes promesas del presidente de que en cuanto acabe el conflicto se desplomarán. La inflación vuelve a asomar la cabeza y avanza al 3,8% en abril, complicando las bajadas de tipos de interés que tanto ansía la Casa Blanca. Y la impopularidad del conflicto lastra los índices de aprobación del presidente, y con ellos, las perspectivas de su partido, el Republicano, de cara a las elecciones legislativas de noviembre.

China percibe en ello una oportunidad para arrancar concesiones a Washington, sea en la rebaja o eliminación de aranceles, en la negociación de contratos, de acceso a semiconductores o ―su gran ambición― un cambio en la posición estadounidense respecto a Taiwán, la isla de régimen democrático que Pekín considera parte inalienable de su territorio y a la que no renuncia a unificar por la fuerza.

“China tiene intereses de ambos lados. Por una parte, claramente no quieren que Estados Unidos consiga un gran éxito”, considera Kagan. “Por otra parte, si el estrecho de Ormuz sigue cerrado, eso tendrá unas implicaciones muy significativas. También mantendrán la vista muy puesta en lo que digan y hagan los Estados del golfo Pérsico, que son un conjunto de socios muy importantes también para ellos”.

Era un escenario inimaginable y, a la vez, el que nadie quería ver. Algo con lo que no contaba la Administración estadounidense cuando programó la visita Pekín y se vio obligada a aplazarla un mes debido al conflicto: Ormuz, el estrecho por el que típicamente pasaba la quinta parte del petróleo y el gas natural licuado que devora el mundo, cerrado casi a cal y canto. Varias petromonarquías del golfo Pérsico, sin apenas alternativas, encajando un golpe económico sin precedentes. Y el resto del mundo, que tanto depende de esa región, observando la situación entre el temor y la expectación. Van diez semanas ya de un cerrojazo que sitúa a la economía en el quicio de lo desconocido.

En este peligroso interregno de ni guerra ni paz, la negociación sigue sin arrojar ninguna señal de avance real. Los progresos de mediados de abril, cuando Irán anunció que abría su candado sobre Ormuz, quedaron pronto en papel mojado: ni un día después, la Guardia Revolucionaria volvió a cerrar el paso ante la negativa estadounidense a levantar su propio bloqueo. Como en agua de borrajas han quedado los avances registrados hace justo una semana, cuando tanto la Casa Blanca como los negociadores paquistaníes reconocieron estar “cerca” de sellar un escueto memorando de entendimiento como primer paso para una paz duradera. Vuelta a la casilla de salida: las posturas siguen alejadas; el estrecho, clausurado; y la capacidad de resistencia de Irán, mucho mayor de lo que airea la Casa Blanca: Teherán mantiene casi íntegra su capacidad balística, según The New York Times.

Sobre el terreno, y frente a las idas y venidas de las últimas semanas, la realidad es tozuda. El número de petroleros y metaneros que están consiguiendo franquear Ormuz no solo es mínimo, sino que va claramente a menos: solo dos buques cargados con hidrocarburos han logrado burlar el cerco desde el pasado domingo, ninguno de ellos petrolero. Es lógico que así sea, dado el calibre de la amenaza: medio centenar de barcos han sufrido incidentes en Ormuz y vecinos ―los golfos Arábigo y de Omán―, según las cifras del Centro de Operaciones Marítimas del Reino Unido (UKMTO). Algo más de la mitad fueron ataques directos; casi una veintena, agresiones fallidas; y otros dos, secuestros.

Ni siquiera el crudo procedente de Irán, una de las válvulas que contribuyó a liberar presión en los primeros compases de la guerra, está consiguiendo ganar el océano Índico: ningún barco ha partido de la isla de Jarg ―de facto, la única terminal exportadora de la República Islámica― en las tres últimas semanas, según los datos satelitales recopilados por Bloomberg.

Y, sin embargo, sigue imperando una extraña sensación de calma chicha. El precio del petróleo ha subido tras el último frenazo en las conversaciones de paz, sí, pero sigue por debajo de los máximos de hace un par de semanas. Pese a las cancelaciones iniciales por la carestía de queroseno, las aerolíneas continúan trabajando en su programación de verano sin grandes sobresaltos. Las Bolsas, siempre nerviosas y temerosas, siguen sin cotizar el Apocalipsis que supondría llegar al periodo estival con Ormuz aún fuera de juego. Todos siguen confiando, en fin, en que la sangre no llegará al río. O, al menos, no del todo.

Los indicios, sin embargo, cada vez son más preocupantes. Aunque el uso intensivo de los pocos oleoductos que conectan algunos países de la región (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irak), la caída de la demanda por la subida de precios y la reconfiguración de las refinerías en Occidente están permitiendo aliviar algo la situación, el grito de alerta es generalizado: el mundo no puede aguantar mucho más tiempo sin un paso crítico para el suministro de combustibles fósiles.

En estas diez semanas sin Ormuz, casi 1.000 millones de barriles de crudo y derivados (queroseno, diésel y nafta, sobre todo) han desaparecido del mercado. Con un faltante que, incluso descontando las rutas alternativas y la destrucción de demanda en mercados clave, la consultora de riesgos Eurasia estima en 2,5 millones de barriles al día.

“Nuestro escenario central sigue siendo el de una reapertura gradual del estrecho para finales de mayo, pero la interrupción en el suministro ha alterado significativamente el equilibrio petrolero mundial respecto a nuestras expectativas previas a la guerra”, reconoce Johannes Rauball, de Kpler, en un análisis exprés publicado este miércoles. Con la oferta constreñida y la demanda ―aunque atemperada― todavía alta, las reservas de crudo continúan cayendo a plomo, espoleadas por la liberación de barriles acordada en el seno de la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Una herramienta pensada para tiempos difíciles, como estos, pero con un claro límite físico: los propios inventarios.

Fuente: EL PAÍS

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