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‘Una batalla tras otra’ gana el duelo de los Oscar con seis premios en una gala ajena a la política y a la guerra

El filme de Paul Thomas Anderson se impone a ‘Los pecadores’, que logra cuatro, y a ‘Frankenstein’, con tres, en una fiesta con escasas referencias a la actualidad. La española ‘Sirât’ se va de vacío

El equipo de ‘Una batalla tras otra’, con el director Paul Thomas Anderson (segundo por la derecha), posa con sus estatuillas.Foto: Mike Blake (Reuters) | Vídeo: Reuters

Fueron una fiesta del cine, sí, pero los de este domingo tampoco fueron los Oscar de la política ni del compromiso. Ni los 14 caóticos meses del mandato de Donald Trump, ni la reciente guerra con Irán, ni los enquistados conflictos en Ucrania o Palestina, ni siquiera la futurible fusión de Paramount y Warner, tan de la industria, fueron más fuertes que el glamur de Hollywood y que el propio cine en la 98ª gala de los premios. Hubo chascarrillos y referencias veladas, pero pocos mensajes explícitos. El nombre del presidente del país ni siquiera se pronunció en una fiesta en la que Una batalla tras otra se alzó como ganadora absoluta con seis premios, entre ellos los más gordos: mejor película y dirección, además de guion adaptado, actor de reparto (Sean Penn), montaje y el nuevo de dirección de reparto.

Le pisó los talones Los pecadores, que con cuatro (de 16 nominaciones) estuvo cerca y copó buena parte de la conversación de la velada. Se llevó el de guion original, mejor actor (Michael B. Jordan, el más aplaudido), fotografía (para Autumn Durald Arkapaw, primera mujer en lograrlo) y banda sonora original. Frankenstein se hizo con tres (maquillaje y peluquería, vestuario y diseño de producción). La española Sirât, de Oliver Laxe, no logró ninguno de los dos a los que optaba. Las guerreras K-pop lograron dos (película de animación y canción, por Golden) y uno fue para F1: la película (sonido, el que buscaba Sirât), otro para Valor sentimental (película internacional, también buscado por Sirât), otro para Hamnet (mejor actriz, Jessie Buckley) y otro para Weapons (mejor actriz de reparto, Amy Madigan).

Precisamente para Madigan fue el primer premio de la noche. La más veterana de la categoría, ganadora por su papel, ya icónico, de la tía Gladys en Weapons, no podía parar de reír. “¡Me tiemblan las piernas!“, aseguraba, feliz de llevarse ”al hombrecillo dorado” a casa 40 años después de su primera nominación. Tras el de actor de reparto a Sean Penn, que no recogió (“No ha podido o no ha querido”, como dijo Kieran Culkin al entregarlo), los de intérpretes protagonistas quedaron para el final. Primero, el de mejor actor, la gran duda de la noche. Fue para Michael B. Jordan, que puso en pie al auditorio (y a la sala de prensa a su paso) tras vencer a Timothée Chalamet. “Dios es bueno”, empezó. Para seguir: “Hola, mamá”. Se lo agradeció al director de Los pecadores, Ryan Coogler, al que agradeció “poder llamar amigo y colaborador”. “Estoy aquí en pie por la gente que llegó antes de mí, Sidney Poitier, Denzel Washington, Halle Berry”, enumeró, nombrando a algunos otros actores negros que ganaron antes que él.

Después, llegó la irlandesa Jessie Buckley. Su nombre podía haber estado grabado en el Oscar desde hace meses: por su precisa interpretación y porque lo ha ganado todo. A su marido le dijo: “Quiero tener 20.000 hijos contigo”. Se lo agradeció a Chloé Zhao y a la autora del libro de Hamnet, Maggie O’Farrell, y se acordó de su hija, de ocho meses: “Me gustaría dedicar esto al hermoso caos del corazón de una madre. Todas procedemos de un linaje de mujeres que siguieron creando contra viento y marea. Gracias por reconocerme en este papel. Es un gran honor”.

Buckley fue la primera irlandesa en ganar en su categoría. Hubo unas cuantas primeras veces. Muchas de ellas femeninas. La de Madigan, que se llevó su primera estatuilla después de 40 años de su anterior nominación. La de Arkapaw, la primera mujer ganadora en la categoría de mejor fotografía, que pidió a todas las presentes en la sala que se pusieran en pie (y lo hicieron), porque, afirmó, sin ellas nunca habría llegado aquí. La de Anna Wintour, directora editorial global de Vogue y gran dama de la moda global, presentando dos premios Oscar (vestuario y maquillaje y peluquería, ambos para Frankenstein), y bromeando con Anne Hathaway, con quien compartió cartel en El diablo viste de Prada, inspirada en la propia Wintour. La de la presidenta de la Academia, Lynette Howell Taylor, en su primer año en el cargo, que afirmó: “Todos necesitamos la alegría de las películas, que nos conecten con nuestras experiencias y que cambien nuestras perspectivas”. O el premio al mejor reparto, un Oscar nuevo por primera vez en 25 años (el año que viene habrá otro, a mejor doble de acción). “Celebramos vuestra magnífica arquitectura invisible”, les decía Gywneth Paltrow a los nominados; lo ganó, con cierta sorpresa, Cassandra Kulukundis, por Una batalla tras otra.

También hubo situaciones, si no únicas, sí poco vistas. Por séptima vez en los 98 años de historia, hubo un empate. Fue en la categoría de mejor cortometraje de ficción. La última vez ocurrió en 2012 (en sonido); la primera, en 1931-1932 (en actor). Además, Sean Penn no apareció para recoger su tercer Oscar, aunque sí había ido a por los dos anteriores (por Mi nombre es Harvey Milk y Mystic River). Y hubo un puñado de reencuentros: de los de actores de Marvel y de The Mandalorian, de los Pullman (Bill y Lewis, padre e hijo), los de las protagonistas de La boda de mi mejor amiga, que celebraron 15 años de la comedia; y los de Moulin Rouge, Ewan McGregor y Nicole Kidman, festejando, incluso lanzándose a cantar, los 25 años del filme.

El auditorio tuvo un momento de gran emoción y comunión. Este año, el In Memoriam fue muy especial. El asesinato del director Rob Reiner y de su esposa, Michele, a mediados de diciembre (su hijo menor es el único acusado), tocó profundamente el corazón de Hollywood. De ahí que su íntimo amigo Billy Crystal saliera al escenario a hablar de él, de su arte y, sobre todo, de su amistad durante décadas. “Lucharon juntos por las injusticias de este país”, afirmó sobre los Reiner. “Fueron la fuerza motora de la igualdad de derechos en el matrimonio en Estados Unidos”, aseguró. “Su pérdida es inconmensurable”, añadió. “Para los que tuvimos el privilegio de trabajar con él y conocerle, solo podemos decir: ‘Colega, qué bien nos lo pasamos asaltando el castillo”, en referencia a La princesa prometida. Como remate, salieron a escena algunos de los actores que trabajaron con él, de Meg Ryan a Cary Elwes, Demi Moore o John Cusack, hasta 17 estrellas y amigos, dándose la mano.

En un año de grandes pérdidas llegó el in memoriam, al completo, recordando a Val KilmerRobert DuvallClaudia CardinaleDiane LaddCatherine O’Hara Diane Keaton, que se llevaron un inmenso aplauso del público. Hasta Rachel McAdams, al introducir a su colega Keaton, se emocionó. Y como remate, Barbra Streisand presentó el homenaje a su querido Robert Redford, Bob, como le llamaba, alabando la creación del festival de Sundance, entre aplausos. “Era un cowboy intelectual”, decía, con una sonrisa. “Ahora le echo de menos más que nunca”, afirmaba, recordando cómo la hacía reír, siempre, y cómo hablaban “por teléfono sobre política, arte”. “En la última nota que le escribí le dije cuánto le quería”, afirmó. Y se arrancó a cantar un fragmento de The Way We Were, de Tal como éramos.

Pasadas dos horas y media llegó la primera decepción para Sirât, al perder el premio a mejor sonidopara el que tenía más posibilidades que al de mejor película internacional. Este último lo presentaron Priyanka Chopra Jonas y Javier Bardem, que aprovechó para mandar un mensaje: “No a la guerra. Palestina libre”, dijo antes de entregar a Noruega su primer Oscar por Valor sentimental. “Todos los adultos son responsables de todos los niños”, dijo su director, Joachim Trier, citando al escritor James Baldwin, “no votemos a políticos que no se lo tomen muy en serio”. El representante español, por su parte, estaba tranquilo. Pasó por el baile del gobernador y por la fiesta organizada por Egeda y el ICAA, donde habló con la prensa. “Me lo he pasado muy bien, ha sido muy divertido. Estoy contento. Los premios me parecen muy justos, me he alegrado mucho por Joachim… Me hubiera gustado sonido, ahí teníamos un poquito de esperanza, pero estábamos compitiendo contra Apple”, reconocía. ¿Y qué se lleva? “Más confianza, en que tengo que seguir mis intuiciones, y en que efectivamente ahí hay un camino”.

Fueron dos de las pocas proclamas políticas de la noche. Mr. Nadie contra Putin ganó el Oscar a mejor largometraje documental. En la sala de prensa, sus responsables hablaron de que su rodaje podía haberles costado hasta 20 años de cárcel, y también fueron preguntados sobre si veían paralelismos entre la situación de Rusia y Estados Unidos. “En Estados Unidos va más rápido”, llegaron a decir. “Trump se mueve mucho más rápido que Putin”.

En su segundo año como presentador, Conan O’Brien lanzó ciertos guiños políticos, pero no demasiados. Se arrancó como la tía Gladys de Weapons, corriendo perseguido por los niños de la película de terror, pero pasando por todas las películas, del escenario de Hamnet al coche de Benicio del Toro en Una batalla tras otra, e incluso hasta convertirse en personaje de animación junto a las guerreras k-pop.

Entre el humor y la crítica, se presentó como “el último anfitrión humano. El año siguiente será un coche sin conductor”. Habló de que la seguridad era “extremadamente fuerte este año”, sin citar la guerra, y habló de “la comunidad del ballet”, con un primer plano de Timothée Chalamet, en referencia a la polémica entrevista en la que el actor afirmó que esta disciplina ya no interesa a nadie. “La gala puede ponerse política”, advirtió. “Si no les gusta, hay un evento alternativo con Kid Rock”, afirmó, en referencia a la Super Bowl, cuando los republicanos organizaron una fiesta alternativa en el medio tiempo de Bad Bunny. Incluso acabó imaginándose ganando el Oscar, con capa y corona, en un musical.

O’Brien siguió con chascarillos en la gala, algunos cargados de intención. Por ejemplo, afirmó: “Por primera vez desde 2011, no hay ningún actor británico nominado”. Y añadió: “Pero al menos allí detienen a sus pederastas”, en referencia al expríncipe Andrés de Inglaterra y a Jeffrey Epstein. Tampoco se cortó a la hora de criticar al presidente ejecutivo de Netflix, Ted Sarandos, comentando que era “su primera vez en una sala de cine”.

Pero quien se metió más en harina fue su antecesor, Jimmy Kimmel, al presentar el premio al mejor corto documental. Epicentro de la conversación este año después de que su programa fuera suspendido por la administración Trump en septiembre durante una semana, dijo: “En eventos como este se habla mucho del valor, pero contar historias por las que pueden matarte es lo que de verdad tiene valor. Como sabéis, hay algunos países cuyos líderes no apoyan la libertad de expresión… digamos que Corea del Norte y la CBS”. También comentó que el presidente Trump (sin decir su nombre) estaría “enfadado porque su mujer no estaba nominada”, en referencia al documental Melania, estrenado en enero.

Pero al final, fue una gala por y para el cine. Ni siquiera tan musical como otros años: solo hubo dos actuaciones, la de la banda sonora de Los pecadoresI Lied to You, que bajó sus malvados vampiros hasta el patio de butacas y puso a todos en pie, y la de las guerreras k-pop con su viralísima Golden. Fue una noche para Paul Thomas Anderson, que salió hasta en tres ocasiones al escenario, como mejor director, guionista y por su película, Una batalla tras otra. “Serán la generación que nos traerá sentido común y decencia”, decía Paul Thomas Anderson sobre la de sus hijos, tras recoger el premio a mejor guion adaptado. En el de mejor director, donde partía como favorito, se lo agradeció a la Academia y sus colegas de nominación. “Estoy aquí porque la gente me ha dado su fe y su tiempo, y eso es lo mejor de hacer películas, estar unos con otros”.

Y en el último, en el de mejor película, con la actriz Teyana Taylor saliendo al escenario la primera, gritando y abrazando a todo el mundo, fue correcto, divertido, emotivo. Se lo agradeció a los actores, sobre todo a Chase Infiniti. Y les dijo a todos: “Vamos a tomarnos un martini, esto es increíble”. Y, sin guerras ni presidentes, a ello fueron.

Fuente: El País

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