El felino rescatado está a punto de finalizar un proceso de rehabilitación en la Amazonia. Volverá a su hábitat en abril
Tania Baltazar es una activista ambiental boliviana que lleva más de 30 años dedicada al cuidado de animales silvestres rescatados del tráfico ilegal. Como directora de parques, ha enfrentado casos descabellados, como salvar a tres pumas que eran mascotas de un criminal o a un ocelote que era paseado con correa por el centro de Santa Cruz de la Sierra, la ciudad más poblada de Bolivia. Sin embargo, Nena —como la llaman amigos— parece ahora encarar el mayor reto de su carrera: la inédita liberación de un jaguar en el país sudamericano. El caso adquiere una responsabilidad mayor por el delicado momento que atraviesa el felino, objetivo favorito de la caza furtiva y recientemente reclasificado de especie “vulnerable” a “en peligro”.
El jaguar es, en realidad, una hembra y ha sido bautizada como Yaguara. Con ocho meses de edad perdió a su madre en los incendios forestales de 2024, que quemaron más de 14 millones de hectáreas de bosque en Bolivia. Yaguara huyó con su hermano hasta una estancia ganadera, donde fueron perseguidos a caballo por los obreros. Ella fue enlazada y enjaulada; él escapó. “Tiene una chance mínima de sobrevivir sin la mamá”, dice Nena a EL PAÍS. La fundación que creó y preside, la Comunidad Inti Wara Yassi (CIWY), recibió al animal en agosto de ese año y, tras un proceso de rehidratación y rehabilitación de más de un año en el parque Ambue Ari, está próxima a ser devuelta a la libertad.
El parque está ubicado a las puertas de la Amazonia boliviana, a más de 350 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra, y abarca 1.000 hectáreas. En él ya viven otros 60 animales de 20 especies —entre pumas, monos, margayes, ocelotes, aves, coatíes y zorros—, todos ellos rescatados de la tenencia ilegal y al cuidado de decenas de voluntarios procedentes de todo el mundo. Además, se ha convertido en un refugio espontáneo para otros individuos silvestres. Ya existen otros dos jaguares en Ambue Ari. Para desarrollar sus instintos, los cuidadores envuelven la carne cruda con la que los alimentan en hojas y la ocultan en sus recintos individuales cerrados.
Los animales suelen esperar contentos, al borde de la reja, a sus visitantes diarios, quienes, cuando están por entrar a su espacio, gritan el nombre propio que tiene cada uno de los individuos refugiados. En algunas ocasiones salen a dar un paseo a través de un sistema de cuerdas, que la directora del refugio, Irene González, explica que se diseñó para brindar una mejor calidad de vida a animales que no pueden vivir en libertad. “La idea es poder simular actividades que promuevan un comportamiento propio de la especie, reduciendo el estrés y estimulando reacciones innatas. Un jaguar, por ejemplo, camina entre 60 y 80 kilómetros por día”. El tamaño de los recintos de los felinos en Ambue Ari es de 2.500 metros cuadrados.

Por eso, para Nena es muy importante que Yaguara recupere su libertad. “Aquí tratamos de darles la mejor calidad de vida posible en un entorno natural, pero nunca se parecerá a la libertad. No tienen que estar enjaulados. Mi trabajo terminará cuando ya no existan parques como este”. Cuando ya hubo cierto nivel de interacción con humanos, cuenta González, los animales salvajes ya no pueden volver a la naturaleza. “Si han pasado mucho tiempo con humanos, van a buscarlos instintivamente, representando un peligro para sí mismos y para nosotros. Entre otras habilidades silvestres que no han desarrollado, no son capaces de reconocer depredadores”.
En Ambue Ari, casi la totalidad de los animales fueron crías arrebatadas de sus madres, asesinadas para luego ser comercializadas. “De diez animales destinados al tráfico ilegal, apenas uno sobrevive”, asegura la directora. En el caso de Yaguara existe esperanza porque su experiencia con humanos se limita a su enjaulamiento. Pero decidir devolverla a la naturaleza salvaje en abril, una vez haya cumplido dos años de vida, no fue una decisión rápida ni unilateral: se creó un comité con organismos internacionales, autoridades nacionales y profesionales especializados para decidir su futuro.
La palabra final, de todos modos, la tuvo el Estado, que autorizó el proceso tomando en cuenta el contexto que atraviesa el jaguar en el país. Bolivia es el país con la tasa anual más alta del mundo de este tipo de felinos abatidos por actividades ilícitas, con un promedio de 61 asesinatos, según un informe de 2021 de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (Cites). La bióloga que forma parte del proyecto de rehabilitación, Ángela Núñez, asegura que el principal peligro es la fragmentación de su hábitat. “La ganadería extensiva y el cultivo de soya y otros transgénicos abren el bosque. Como el jaguar ya no tiene presas suficientes, tiende a cazar ganado doméstico. ¿Qué hace el ganadero? Lo mata en venganza”.
El proceso para reunir las condiciones físicas y de comportamiento suficientes para que Yaguara sea devuelta a la naturaleza fue complejo porque, al ser la primera vez que se libera un felino de este tipo en el país, no existían protocolos de liberación. Dentro del comité surgió la idea de que el proceso se desarrollara en otro país con experiencia, como Argentina, pero las autoridades competentes consideraron que era importante crear en Bolivia las capacidades técnicas para liberar a futuros jaguares.
Yaguara llegó primero a un recinto de 1.500 metros cuadrados para desarrollar comportamientos típicos en ejemplares jóvenes. Luego, cuando adquirió el tamaño y peso de un adulto, fue trasladada a un espacio de 10.000 metros cuadrados, creado específicamente para ella y que costó 20.000 dólares. Es allí donde aprendió a trepar, nadar —mediante una laguna construida para este propósito—, identificar presas y cazar, habilidades que los jaguares suelen aprender durante los primeros años junto a su madre. Los biólogos del proyecto aseguran que es indispensable que la interacción con humanos sea mínima, por lo que solo una persona se encarga de su manejo y utiliza un traje críptico que le cubre el rostro para reducir el contacto visual.

El programa también incluye un monitoreo posterior a la liberación para evaluar su adaptación al nuevo entorno. En Argentina, una hembra jaguar fue cazada y asesinada en octubre del año pasado, pocos días después de su liberación. Por ello, el lugar donde será liberada también fue discutido en prolongadas sesiones, decidiéndose que el parque nacional Noel Kempff Mercado (Santa Cruz) —patrimonio natural de la humanidad por la Unesco— era el sitio adecuado, debido a la escasa presencia humana permanente y a la existencia de una población estable de jaguares. En ese edén de alta biodiversidad, de más de 1,5 millones de hectáreas, recomenzará su vida lejos del ser humano.
Fuente: El País

