Robert Wadlow, “el gigante amable”, midió 2,72 metros y recorrió su destino entre multitudes y silencios. Su estatura asombró al mundo, pero detrás del récord había un hombre que solo buscaba ser amado y aceptado. Vivió apenas 22 años
El mundo lo conoció primero como un enigma: 2,72 metros. Una cifra que parecía extraída de un cuento o una fábula, más que de la realidad. Antes de convertirse en récord, Robert Wadlow fue apenas un niño que miraba su reflejo con asombro, un adolescente que intentaba habitar un cuerpo que se desbordaba a cada día, un joven que cruzó la vida entre la maravilla y la resistencia. Su historia se tejió entre lo imposible y lo vulnerable.
Nació el 22 de febrero de 1918 y nadie imaginó que aquel bebé, de apariencia común, crecería hasta convertirse en el hombre más alto de la historia. Lo que siguió fue un desarrollo extraordinario, una presencia que despertaba admiración y, al mismo tiempo, incomprensión.
Su figura se volvió legendaria. Vivió rodeado de multitudes asombradas, pero también enfrentó dolores, aparatos ortopédicos y una fragilidad que solo él conocía. En ese tránsito dejó una huella luminosa, delicada y profundamente humana.

El niño que crecía sin detenerse
Robert Pershing Wadlow nació en Alton, una ciudad apacible de Illinois, donde las estaciones parecían repetirse con el mismo ritmo. Era el primogénito de cinco hermanos, un bebé de peso promedio —3,85 kilos— y aspecto saludable. Durante los primeros meses, nada hacía presagiar que su cuerpo seguiría un rumbo extraordinario.
El cambio físico fue silencioso. A los seis meses ya medía 89 centímetros; a los 18 meses, 1,05 metros. A los cuatro años alcanzó 1,63 metros, la estatura de un adulto promedio. La diferencia con sus hermanos se volvía cada día más evidente. Su madre debía adaptar su ropa constantemente, y su padre lo alzaba con un esfuerzo cada vez mayor. A pesar de sus enormes manos y pies, disfrutaba de los juegos de construcción y mostraba una destreza manual sorprendente para un cuerpo tan grande. Desde pequeño, su tamaño afectó su movilidad, y necesitó aparatos ortopédicos en las piernas para caminar con mayor estabilidad.

Sin embargo, Robert mantenía una serenidad que se convertiría en el rasgo central de su carácter. La familia, especialmente su madre, procuraba protegerlo del sensacionalismo y ofrecerle una infancia lo más normal posible. Los médicos pronto advirtieron que aquel desarrollo no se detendría. Sospecharon una alteración en la glándula pituitaria —probablemente un tumor benigno que provocaba la sobreproducción de hormona del crecimiento—. Los tratamientos eran aún experimentales, y la familia decidió preservar su infancia antes que someterlo a procedimientos inciertos.
La escuela fue un desafío. No por falta de capacidad —era inteligente, aplicado y curioso—, sino por la constante sensación de diferencia. Hubo que reforzar pupitres, adaptar sillas y reorganizar espacios. Sus compañeros no siempre sabían cómo relacionarse con aquel niño que ya parecía adulto, pero su amabilidad desarmaba cualquier distancia. Participó en actividades escolares y comunitarias y, en su entorno familiar, cultivó una relación cercana con sus hermanos, a pesar de la inevitable diferencia de tamaño.
Con el tiempo, su estatura se convirtió en parte de la identidad de su ciudad. Alton lo observaba crecer como quien contempla un fenómeno natural: con fascinación y una pregunta inevitable. ¿Hasta dónde llegaría?

La adolescencia del gigante amable
A los trece años, Wadlow medía 2,18 metros y superaba en altura a todos los miembros de su familia juntos. Su crecimiento no mostraba señales de desaceleración. Caminar implicaba un esfuerzo constante: sus piernas soportaban un peso desproporcionado y cada desplazamiento requería una energía extraordinaria. Durante esta etapa, fue necesario reforzar la estructura de su casa y de su escuela para adaptarse a un cuerpo que no dejaba de crecer. Muchas de sus actividades cotidianas, como subir escaleras o participar en deportes escolares, se volvían cada vez más difíciles o imposibles de realizar.
Sin embargo, su personalidad permanecía intacta: delicada, generosa y casi tímida. Quienes lo conocieron destacaban su voz suave, su sonrisa discreta y su paciencia infinita ante la curiosidad ajena. Nunca se molestaba por las miradas insistentes ni por las preguntas incómodas. Entendía que su presencia era inevitablemente llamativa. A pesar de sus limitaciones, desarrolló intereses típicos de su edad, como la fotografía y la música, siempre condicionados por su tamaño.
A lo largo de su adolescencia, cuando su estatura ya superaba los dos metros y medio, Robert mantuvo la esperanza y el humor incluso en las situaciones más inusuales. Solía bromear sobre sus sueños y limitaciones. En una entrevista le preguntaron a quién le gustaría parecerse, y él, sin perder su tono amable, respondió: “Soñaba con ser como el héroe de muchos en ese tiempo, Lindy, Charles Lindbergh, el aviador que atravesó el Atlántico. Claro, si lograra entrar en el avión”… Era la década de 1930, y Lindbergh representaba el espíritu de superación y aventura; Wadlow, con una mezcla de humor y realismo, señalaba la imposibilidad física de caber en una cabina de piloto convencional.

Hacia finales de los años treinta, Robert viajó con su padre para conocer las famosas secuoyas gigantes de California. Acostumbrado a ser siempre el más alto en cualquier lugar, se detuvo frente a los árboles imponentes y, con una sonrisa, dijo: “Papá, es la primera vez en mi vida que me siento pequeño ante algo”. La escena mostraba su capacidad para asombrarse y disfrutar de lo extraordinario, incluso desde su propia perspectiva excepcional.
Necesitó aparatos ortopédicos para sostener sus piernas, y su calzado alcanzó un tamaño único: número 37AA en talle estadounidense, equivalente al número 75 argentino (unos 47 centímetros de longitud). Cada par debía fabricarse a medida, y la empresa International Shoe Company se ofreció a proveerle zapatos gratuitos durante gran parte de su vida. La familia afrontaba gastos crecientes, pero nunca dejó de acompañarlo, adaptando la casa y la rutina a las dimensiones de su cuerpo y buscando siempre preservar su dignidad y bienestar.
Fue cuando la prensa comenzó a interesarse por él. Fotógrafos y periodistas viajaban para retratar al adolescente que rompía todos los parámetros conocidos. Los medios lo apodaron “el gigante amable”, un título que aludía tanto a su tamaño como a su carácter. La exposición pública también le abrió oportunidades económicas —como acuerdos con marcas y presentaciones—, pero también lo expuso al riesgo de explotación y curiosidad excesiva hacia su persona.
Pese a todo, Robert aspiraba a una vida sencilla. Quería estudiar, relacionarse y desplazarse sin convertirse en espectáculo. Participó activamente en la Iglesia Metodista de Alton y fue miembro de los Boy Scouts, convirtiéndose en el scout más alto de la historia. Pero su cuerpo seguía creciendo, empujándolo hacia una visibilidad imposible de eludir.

La fama internacional y la vida como figura pública
En su juventud, Robert Wadlow fue reconocido por el Guinness World Records como el hombre más alto registrado en la historia médica, alcanzando finalmente los 2,72 metros al momento de su muerte. Esta validación consolidó su fama internacional. Diversas empresas lo invitaron a participar en giras promocionales; en particular, la International Shoe Company, que patrocinó varias presentaciones y cubría los costos de sus zapatos especiales y parte de sus necesidades médicas.
Las presentaciones eran exigentes. Debía caminar, saludar, posar para los fotógrafos y extender la mano para que el público comparara tamaños... Muchos iban a verlo por morbo; otros, por genuina admiración. Él respondía siempre con cortesía ante cada pregunta o palabras: firmaba autógrafos con paciencia y hablaba en un tono sereno, casi musical. En ocasiones, expresaba su deseo de ser recordado “como un trabajador de la publicidad, no como una rareza”.

Tantos viajes le resultaban físicamente agotadores. Todo lo que lo rodeaba necesitaba adaptación: camas especiales, asientos reforzados, puertas ampliadas, ropa confeccionada a medida. Su salud se deterioraba lentamente. Las infecciones provocadas por el roce constante de los aparatos ortopédicos se volvían cada vez más frecuentes; y el dolor y el cansancio lo acompañaban en cada trayecto, pero rara vez se quejaba.
En cada ciudad dejaba una impresión única e imborrable. Los niños lo miraban con asombro; los adultos, con desconcierto. Pero casi todos coincidían en algo: más impactante que su estatura era su gentileza. Wadlow era conocido por su intelecto, su educación, buen humor y generosidad, cualidades que lo llenaron de afecto más allá del primer impacto.
A pesar de la fama, nunca abandonó sus aspiraciones personales. Soñaba con estudiar derecho en la Universidad Shurtleff, en Illinois, y formar una familia. Sabía, sin embargo, que su cuerpo lo había convertido en figura pública y que su destino estaba condicionado por los límites de la ciencia de su tiempo.

El final prematuro
En 1940, durante una gira por Manistee, Michigan, un leve roce del aparato ortopédico le provocó una ampolla en la pierna. Lo que en otra persona habría sido un incidente menor se convirtió en una complicación grave: la herida se infectó rápidamente y su organismo, sometido a un esfuerzo constante, no pudo resistir.
Los médicos hicieron todo lo posible, pero la infección avanzó con rapidez devastadora. El 15 de julio de 1940, Robert Wadlow murió a los 22 años. El hombre más alto de la historia tuvo una vida breve, marcada por desafíos físicos y una serenidad que dejó huella en todos los que lo conocieron. Sus últimas palabras a su padre, según registros familiares, fueron: “El médico dice que no podré asistir a la celebración del aniversario de bodas de los abuelos…”.
Su funeral fue multitudinario. Más de 40.000 personas asistieron en Alton para despedirlo. El ataúd, fabricado a medida, medía 3,28 metros y requirió al menos doce hombres para trasladarlo.
La ciudad decretó duelo y la familia Wadlow recibió cartas de condolencias de todo el mundo. Su tumba, en el cementerio Oakwood de Alton, está protegida por una estructura de hormigón, y la lápida, sencilla, lleva solo su nombre, las fechas y el apodo con el que lo recuerdan: el gigante amable. Continúa siendo un punto de recuerdo y homenaje.
Fuente: Infobae

