En la era de la “psicología de redes”, es más fácil etiquetar a alguien como narcisista que admitir los propios miedos. Así fue como el amor se convirtió en un catálogo de opciones infinitas donde nadie se atreve a quedarse
Por estos tiempos, Cupido ya no lanza flechas; ahora lidia con algoritmos, manuales de diagnóstico y el peso de unas expectativas que nos impiden bajar la guardia y arriesgarse “por las dudas”. No es una exageración; es la radiografía del amor en 2026, donde los vínculos parecen haber perdido su brújula humana.
Se nota en el pulso de las redes. A la defensiva y casi con orgullo de su huida, Juan Carlos se descargó tras una primera cita: “Me habló de que quiere un hombre trabajador, resolutivo y con ganas de formar familia. Yo solo quería pasar un momento lindo y que fluya. Salí corriendo”. En la otra vereda, indignada en un video que no tardó en hacerse viral, Mariana sentenciaba: “Se hicieron todos ‘princesos’. Cualquier mención de futuro les parece intensidad”. Mientras tanto, Daniel procesa un duelo exprés: el chico que le aseguró que era “el hombre de su vida” desapareció tras una semana de promesas. “Me aplicó un ghosting de manual”, dice, con la mirada de quien ya no entiende las reglas del juego.
El laberinto de las etiquetas
A diferencia de la generación Baby Boomer, que gestionaba la incertidumbre con paciencia, hoy navegamos un campo minado técnico. Las palabras son nuestra coraza: nos protegemos tras las red flags para rendirnos a la primera. En lugar de buscar soluciones a problemas humanos, usamos el diagnóstico de las redes como salida de emergencia.
Al respecto, la Dra. Jenny Marques, especialista en conducta humana, advierte que este etiquetado es a menudo un mecanismo de defensa: “Utilizamos estas etiquetas para resguardar y esconder nuestro propio dolor ante realidades emocionales que no podemos controlar. Narcisistas y psicópatas han existido siempre, pero no es real la existencia de una epidemia; lo que sí existe son muchos seres heridos que se escudan en las redes sociales para evadir sus propios procesos”.

Mariana intentó aplicar el clear coding: honestidad radical para no estar con rodeos. A sus 37 años, sabe que el tiempo es su recurso más valioso y tener claridad la hace sentir segura y empoderada. Sin embargo, la sociedad actual penaliza esa seguridad y claridad llamándola “intensidad”. Por el contrario, Daniel, a sus 23, ya fue víctima de un love bombing que terminó en el vacío absoluto. Un silencio que lo obliga a preguntarse: “¿Qué hice mal?”, asumiendo la responsabilidad de una decisión que él no tomó.
Según Marques, esto ocurre porque la mayoría “de las personas no buscan una relación honesta, sino sexo, validación y gratificación instantánea. Si consigo honestidad o conversaciones incómodas, me voy a hacer el ofendido para que esto se acabe rápido y pueda seguir tras mi siguiente objetivo”.
La era del Nexting: Personas de un solo uso
El fenómeno que define este año es el nexting: trasladar el scroll infinito de los videos en redes sociales a las relaciones humanas. Ante la mínima grieta, simplemente hacemos “next” como quien pasa el dedo de abajo hacia arriba en la pantalla de su celular con la esperanza de que lo que venga sea algo mejor; aunque solo hayamos visto unos pocos segundos o una primera imagen, sin saber siquiera cómo termina. Si hay algo cruel que nos han dejado las redes, es la tonta idea de que siempre puede haber algo mejor después en un mundo sobrecargado de soledad.
Para legitimar este descarte, usamos a la psicología de internet como arma. Ya no decimos “no conectamos”; etiquetamos al otro como narcisista o psicópata para abandonar sin culpa. Es más fácil hacer ghosting a una etiqueta que a una persona de carne y hueso. ¿Para qué esforzarse si al abrir el celular siempre hay alguien más? Así nos convertimos en practicantes del breadcrumbing: goteos de atención para mantener al otro en reserva mientras exploramos más opciones, como quien recorre productos en una estantería.

Esta búsqueda incesante tiene una explicación neurológica. “La persona ha acostumbrado a sus químicos cerebrales a estar siempre en búsqueda del siguiente estímulo. El problema actual es la ansiedad que genera la estabilidad y la calma. Ante la posibilidad de construir un vínculo basado en la constancia y la presencia, la persona prefiere vínculos superficiales donde la profundización no le empuje a crecer, madurar y enfrentar sus heridas”, explica la especialista.
El triunfo de la soledad acompañada
El resultado de todas estas agotadoras e infinitas dinámicas sociales es el dating burnout: un agotamiento donde ya no se busca amar, sino dejar de sufrir el proceso de “selección”. El residuo de este sistema es una multitud de personas solas quejándose en redes. Es el triunfo de la soledad acompañada. Lo irónico es que quienes tienen claridad terminan señalados como “exigentes”. Se penaliza la transparencia en un mercado que premia la indiferencia, dejándonos con agendas llenas de nombres sin historias.

La anatomía de la excusa
¿Por qué reemplazamos la intuición por el diagnóstico? El etiquetado funciona como un analgésico. Decir “es un tóxico” duele menos que aceptar que no hubo química, que no supimos gestionar el rechazo o que no tuvimos las ganas de trabajar para que las cosas mejoraran. Preferimos tener la razón (diagnosticando a nuestro modo) que tener una relación conociendo al otro y a nosotros mismos.
Un acto de rebeldía
Este 14 de febrero, la verdadera odisea no es una reserva en un restaurante, sino bajar las defensas. En un mundo de nexting y diagnósticos exprés, el acto más revolucionario es la vulnerabilidad: permitirse ser visto, con virtudes y defectos, ante alguien que decida no hacer clic en la siguiente opción.
Fuente: Infobae

