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Mi hijo llora al separarnos, ¿qué hago? ¿Me voy sin mirar atrás?

Claves para comprender las bases del desarrollo emocional infantil y la llamada angustia por separación, y por qué las despedidas con calma son fundamentales para construir un apego seguro

El desarrollo emocional y cognitivo del ser humano durante los primeros años de vida es un proceso increíble y complejo. Uno de los hitos más significativos, y a menudo más desafiantes para los progenitores, es la llamada angustia/ansiedad por separación. Este comportamiento, lejos de ser una llamada de atención o un problema de conducta del menor, representa un avance natural y necesario en el desarrollo madurativo del menor.

Hacia los seis meses de vida, el cerebro del niño ya ha alcanzado un nivel de madurez que le permite diferenciar a personas conocidas y desconocidas, por lo que ya identifica con claridad los rostros que forman parte de su núcleo de seguridad y afecto. Esta capacidad de reconocimiento conlleva una consecuencia natural: la discriminación de lo desconocido. Cuando identifica a una persona que no pertenece a su entorno habitual, surge una sensación de rechazo. Esta reacción es una respuesta instintiva de protección a quien le genera incertidumbre y desconfianza.

Uno de los pilares del desarrollo cognitivo en la infancia es el concepto de permanencia del objeto, un hito que suele consolidarse entre los ocho y nueve meses. Antes de esta etapa, para un bebé lo que sale de su campo de visión simplemente deja de existir. Por esta razón, cuando un progenitor se retira de su habitación o de su vista, el menor se muestra angustiado por una sensación de vacío y miedo que parecen irracionales para el adulto, pero tienen un porqué muy bien argumentado.

A medida que este concepto madura, el niño empieza a comprender que las personas y los objetos siguen existiendo aunque no los vea. Es aquí donde el juego del cucú-tras adquiere una gran importancia, ya que es un entrenamiento emocional que le permite procesar la desaparición momentánea de sus figuras de referencia. Al ocultarse tras las manos y reaparecer, el adulto ayuda al menor a asimilar que la ausencia no es definitiva, reduciendo gradualmente la ansiedad que provoca la separación.

Este cambio madurativo refleja que el niño es plenamente consciente de su entorno y de sus propias necesidades de seguridad. El llanto, en este contexto, se convierte en su principal herramienta de comunicación para expresar que requiere la presencia de sus figuras de apego para sentirse seguro. Esta etapa, aunque en ocasiones es compleja de acompañar y sostener, es necesaria en el desarrollo de todo ser humano.

El proceso debe vivirse con una actitud de acompañamiento y serenidad, pues la angustia de los padres suele ser percibida por el niño, lo que puede retroalimentar su propio miedo. Por ello, transmitir calma y comprensión es esencial para que sienta que su entorno es un lugar seguro donde sus emociones son validadas.

En algunos casos, el modo de extrañar del niño se intensifica, dando lugar a lo que se conoce como angustia por separación. Este fenómeno suele alcanzar su punto álgido entre los 8 y los 18 meses, aunque su aparición y duración varían según el niño y las circunstancias de su entorno, como ante cambios en las rutinas o eventos significativos en la vida familiar.

Este concepto fue profundamente estudiado por John Bowlby (1907-1990), psiquiatra infantil británico que desarrolló la teoría del apego. Bowlby argumentaba que el ser humano nace con un sistema biológico que le impulsa a buscar la proximidad de sus cuidadores para garantizar su supervivencia. Cuando esta se ve comprometida, el sistema de alerta del menor se activa. Esta reacción suele ser más común con la madre o con aquel cuidador con el que ha establecido un mayor vínculo de apego en sus primeros meses de vida.

Herramientas para gestionar la separación y fomentar un apego seguro

Para aliviar el impacto de la angustia por separación y ayudar al niño a transitar esta etapa con éxito, se pueden poner en práctica diversas pautas de actuación:

  1. La anticipación es uno de los recursos más necesarios y sencillos para generar seguridad en el niño. Contarle lo que va a suceder antes de que llegue dicho momento le ayuda a sentir seguridad y calma, a alejar la ansiedad e identificar con quién va a estar, estructurando así su mundo mental y reduciendo la incertidumbre.
  2. Realizar despedidas honestas y ritualizadas, agachándose a la altura del niño, mirándole a los ojos y explicándole que nos vamos y que volveremos en un momento concreto que él reconozca como, por ejemplo, la hora de la comida, tras el baño o al salir del colegio.
  3. Un error habitual es intentar marcharse a escondidas cuando el niño está distraído o dormido. Esto no solo aumenta su desconfianza, sino que además alimenta la incertidumbre, generando ansiedad en el menor, quien teme que en cualquier momento sus cuidadores desaparezcan sin previo aviso.
  4. Es momento de sostener sus emociones y validarlas, ofreciéndole herramientas de acompañamiento emocional. Abrazar al niño, poner palabras a lo que siente (“Entiendo que estés triste porque me voy”) y mostrarse disponible y presente ayuda a que el pequeño se sienta comprendido y contenido.
  5. El juego siempre es un gran recurso para acompañar las emociones. Las actividades de interacción recíproca —como los juegos de turnos o el escondite— fortalecen el vínculo y la confianza. Asimismo, el juego simbólico —donde el niño representa roles o imita situaciones de la vida cotidiana— permite procesar las separaciones de forma segura a través de la imaginación. Además, el juego independiente, donde el niño puede realizar actividades sin constante supervisión de los adultos, ayuda a este a ser más autónomo, sabiendo que sus padres están cerca y disponibles, aunque no estén dentro de su campo de visión.

La angustia por separación puede resultar una oportunidad para fortalecer el vínculo entre padres e hijos. La constancia, el cariño y la paciencia son los pilares que permitirán al menor superar esta fase. Al validar sus emociones y proporcionarle una base segura desde la cual explorar el mundo sus adultos de referencia están sembrando las semillas de una autoestima sana y una futura independencia emocional.

Fuente: El País 

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