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“El alcohol nos hace decir lo que de otro modo no diríamos”: cómo superar el arrepentimiento por verborrea etílica

Hablar de más tras haber brindado en exceso es un clásico de las fiestas. Aunque no existen fármacos para eliminar los remordimientos, sí hay pautas para asumir lo acontecido

La Navidad y la resaca se pasan. La culpa, los remordimientos y la huella digital son más complicadas que eliminar. Por eso, despertar y mirar con pavor el teléfono móvil tras una noche de copas que se ha ido de las manos puede ser doloroso cuando el WhatsApp se erige como el doloroso recuerdo digital del envío de mensajes bañados en alcohol. O cuando al intentar recordar lo acontecido, la noche se compone de lagunas, entrando en juego la inquietud de no saber lo que ocurrió. A este fenómeno, del que habló en 2019 en The Guardian Amy Fleming, se lo conoce con el anglicismo hangxiety, un término compuesto por resaca (hangover) y ansiedad (anxiety). David Nutt, profesor de neuropsicofarmacología en el Imperial College de Londres, explicaba entonces que precisamente, uno de los motivos habituales por los que se desencadena semejante ansiedad es la incapacidad de recordar las cosas humillantes que se dijeron ante la disminución de los niveles de glutamato a causa de la ingesta de alcohol: “Necesitas glutamato para crear recuerdos. Y una vez que vas por la sexta o séptima copa, el sistema de glutamato se bloquea, por eso no puedes recordar cosas”.

El psicólogo Álvaro Narvaiza Yturriaga ahonda en el porqué de la disminución del nivel de consciencia. “El alcohol perjudica al funcionamiento normal del córtex prefrontal, área del cerebro encargada del juicio, el autocontrol y la toma de decisiones. No se puede tener la misma capacidad para anticipar consecuencias que estando sobrios, y es precisamente la anticipación de consecuencias desagradables para nosotros lo que nos frena a la hora de hacer ciertas cosas”, aclara.

Palabras embriagadas

Ana Fernández, jefa de prensa de Yonki Books, asegura que beber en exceso es como quitarle el candado a la caja de los truenos. “Cuando por si fuera poco, lo haces en compañía de personas con las que existen asuntos pendientes, la combinación tiende a ser demoledora. Quizás no estalle la tormenta, pero las probabilidades se multiplican exponencialmente. No es raro que, en plena efervescencia, uno se descubra abordando temas que no debería. No porque no deban ser tratados, sino porque ni el momento ni las formas ayudan a que el conflicto se resuelva. Personalmente, trato de no colocarme en un lugar en el que sé que van a darse esa clase de situaciones. No se trata de esconder la cabeza o pasar por alto lo que nos duele, que al final siempre termina saliendo de una manera u otra, sino de buscar una ocasión más propicia”, explica. “Desgraciadamente, el alcohol tiende a crear esa falsa sensación de seguridad que nos lleva a decir o hacer lo que en condiciones normales nos cuesta, pero justo cuando menos conviene. Después llegan las lamentaciones. Es un hecho que se repite constantemente en las autobiografías que publicamos”, asegura.

Entre los títulos de la editorial se encuentra la autobiografía de Jorge Matías Vinagre. El alcohol vació mi vida y dejarlo casi llena mi cuenta bancaria (Yonki Books, 2023). El autor comparte su parecer con S Moda. “Es probable que utilizara la bebida precisamente para que se me soltara algo la lengua, porque en realidad soy una persona bastante callada, incluso taciturna. Cuando consumía alcohol decía muchas tonterías y eso me creaba unos cuantos inconvenientes, por ejemplo, a la hora de ligar. Recuerdo algunas “hazañas” bastante torpes por mi parte y encima pensaba que estaba siendo ingenioso cuando lo hacía… O me daba cuenta demasiado tarde de que había metido la gamba. La consecuencia eran que la otra persona, cuando me veía otra noche por ahí, salía huyendo”, confiesa. “Por la noche, a las mujeres se las toma menos en serio en general, y cuando están borrachas, todavía menos. Hasta el punto de que los hombres detectan esa debilidad, con consecuencias que pueden llegar a ser muy graves. En el caso de meter la pata bebidas, desde luego se las va a juzgar con más severidad porque se espera de ellas que se controlen más y que vigilen más las formas, porque en el caso de que les ocurra algo, la culpa va a ser siempre de ellas por ir borrachas. En cambio, con los hombres es distinto: aunque metas la gamba, se considera algo normal, algo propio de tu género”, dice el autor, que el 4 de febrero publica La frontera azul (Altamarea), su primera novela de ficción.

Cómo actuar ante la resaca de la verborrea

La psicóloga, terapeuta transpersonal, mentora experta en relaciones avanzadas y sexualidad consciente Patricia Sánchez cree que hay que quitar peso al asunto cuando se habla de más bajo los efectos del alcohol. “Siempre se puede reparar, pedir disculpas, explicar y perdonarnos. ¡Tampoco hemos matado a nadie! En mi metodología siempre trabajo mucho con el concepto de autoperdón, porque la culpa es una de las cosas que más nos lastima y afecta. La clave para poder perdonarnos es entender las razones por las que hicimos eso y tomar decisiones (aprendizajes) para cambiarlo, si es que es necesario, en próximas ocasiones.”, dice. Considera que la comunicación sana, transparente, afectiva y efectiva es siempre la mejor vía para solucionar todo. “Primero, yo recomendaría tener una conversación con una misma honesta y, después, aclarar con los implicados el pequeño malentendido”, matiza.

Por su parte Narvaiza Yturriaga comenta que en los casos en los que sus pacientes se lamentan al haber hablado de más, el miedo y la culpa tienen sentido, pues ambos sentimientos surgen a raíz de haber llevado a cabo comportamientos que resultan dañinos en los vínculos que se establecen, sobre todo si se trata de algo repetitivo. “Por ello, dar espacio a estos sentimientos y experimentarlos puede ser beneficioso, paradójicamente. La anticipación del malestar asociado a estos es lo que nos ayudará a ser más discretos la siguiente vez. El miedo y la culpa contienen información útil para nosotros sobre lo que no nos conviene hacer”, señala el psicólogo. Comenta que suprimir tales emociones supone borrar una valiosa, aunque desagradable, oportunidad de aprendizaje, lo que impide que la gente asuma su responsabilidad. “Una manera de hacerlo es explicarse y comprometerse a no repetirlo. También hay que tener en cuenta que una equivocación no hace a la persona, pero sí un patrón de comportamiento”, dice.

En inglés existe el término chatty drunk para dar nombre a quien elimina los filtros discursivos causa del alcohol, un apelativo que bien conoce Celia Castera, que pronto publicará Enterrar a Marisol con Yonki Books. “Recuerdo inventar innumerables triquiñuelas para evadir cualquier responsabilidad sobre mis propios comportamientos. Y llegado el momento, cuando tenía que rendir cuentas, básicamente acudía a esa base de datos de mentiras almacenadas en el alma para rescatar la que me había servido mejor para camuflarme”, explica. “Llega un punto en el que ya no recuerdas qué versión le contaste a quién. La mentira, al final, se desmorona por su propio peso”, dice. “Recuerdo incluso grabarme a mí misma para enviárselo a la otra persona, en plan: ‘¿Ves cómo no te estoy mintiendo? Me estoy grabando un vídeo contándotelo para que veas que es verdad’. En fin… patético”, dice con cierta resignación.

El cortejo digital ebrio

El cortejo digital ebrio

La Comisión Estatal para la Prevención y Asistencia de las Adicciones señala que durante la etapa invernal el consumo de alcohol se dispara entre el 20% al 30%, siendo la Navidad el momento en el que beber de más es más común. Por eso, inmersos en ese momento del año tan delicado, conviene hablar del clásico con el que comenzamos: el amargo despertar en el que alguien recuerda que la noche anterior, armado por esa falsa valentía que el alcohol confiere, pensó que era adecuado mandar un mensaje a su interés romántico. Patricia Sánchez, autora de Amor sin filtros: el manual definitivo para crear una relación intensa, real y para toda la vida (Culbuks, 2025), quiere hacer una aclaración llegados a este punto. “De estas situaciones lo que me parece especialmente relevante es la necesidad que tenemos de gustar, de coquetear y de seducir. En este caso, es un comportamiento más común en mujeres porque hemos asociado la valía que tenemos a nuestra capacidad de gustar, en gran parte por lo que ha valorado históricamente la gente en las mujeres”, dice. “La mejor manera de prevenir es trabajar nuestra autoestima, nuestra validación interna, aprender a cubrir nuestras necesidades e interiorizar que en el amor y las relaciones románticas, las cosas han de surgir, ser bidireccionales y no buscadas. Y, sobre todo, trabajar en la intención de mandar ese tipo de mensajes si después vamos a sentir vergüenza”, advierte.

Y de chupito final, algo de calma. “No podemos exigirnos lo mismo habiendo bebido que estando sobrios”, dice Álvaro Narvaiza Yturriaga. “La idea no es caer en la autocompasión y el victimismo. El alcohol ha entrado en nuestro cuerpo porque así lo hemos decidido, pero tener en cuenta que estábamos afectados puede, hasta cierto punto, ayudarnos a ‘repartir’ la culpa, el arrepentimiento o la angustia. En estos casos, es importante tomar nota de cómo nos hemos sentido, puesto que tener esto en mente nos ayudará a esquivar la bala la siguiente vez. Al fin y al cabo, cuando evitamos algo, evitamos sus consecuencias emocionales. Depende de cada uno y de sus valores”, asegura el psicólogo. “Hay gente que opta por la evitación y confía en que lo que ha ocurrido se olvide, y hay quienes prefieren ir con la verdad por delante y asumir responsabilidades. En ambos casos, se busca lo mismo: reducir el malestar asociado a haber cometido un error. Sin embargo, en el segundo de los casos, la imagen que proyectamos es la de una persona que se hace cargo de sus equivocaciones, y eso es síntoma de madurez”.

En cualquier caso, beban con moderación, intenten alejarse del móvil y en el caso de haber ‘tropezado’, intenten que la culpa no les amargue la siguiente mañana. Porque lamentablemente, para el arrepentimiento, todavía no hay paracetamoles que valgan…

Fuente: El País 

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