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Kate Hudson o cómo pasar de estrella de cine a promesa del rock a los 45 años: “Me dijeron que era demasiado vieja”

Dicen que nunca es tarde para perseguir los sueños y, al menos en el mundo del entretenimiento, varias estrellas han demostrado que esa sentencia es mucho más que el típico mensaje destinado a ser grabado en colores pastel en una taza de desayuno. Leonard Cohen, por ejemplo, publicó su primer disco a los 33 años; Sia estaba a punto de celebrar cuatro décadas de vida cuando su himno Chandelier le otorgó un billete al estrellato global; Morgan Freeman se hizo por fin un nombre en Hollywood a los 50 y, antes de mutar en icono del séptimo arte con Star Wars e Indiana Jones, Harrison Ford trabajaba como carpintero con 35 primaveras. El más difícil todavía en esta ilustre lista es tratar de acometer ese anhelo mudándose a una disciplina distinta y tras haber triunfado durante dos décadas en la que ahora se quiere dejar de lado. Ese es el caso de Kate Hudson, la intérprete conocida por películas como Casi famosos o Cómo perder a un chico en 10 días, que tardó dos años y medio en tomar una decisión que barruntaba desde su más tierna juventud: la de convertirse en una estrella de la música a los 45 años.

El pasado 17 de mayo vio la luz Glorious, el trabajo de debut como cantante solista de Kate Hudson que se ha colado entre los 10 discos más vendidos en las listas de Estados Unidos. Calificado por la revista especializada Rolling Stone como una de las “sorpresas más placenteras del año”, el álbum viaja entre ritmos de rock clásico, blues y country con canciones escritas por la propia artista y la inspiración de referentes como Linda Ronstadt o Stevie Nicks.

Linda Perry, la productora de artistas como Adele, Christina Aguilera o Pink, es la máxima responsable de que Hudson haya dado este paso. “Debería haberse dedicado a la música porque es toda una estrella del rock”, ratificó recientemente en la revista People. El germen de su colaboración es una coincidencia digna de detonar una de las múltiples comedias románticas que hicieron de la actriz un icono dosmilero por excelencia. Hudson accedió a cantar una versión del Firework de Katy Perry a través de videollamada en una acción benéfica organizada por un colegio de Los Ángeles, el mismo al que acuden los hijos de Linda. La productora, sorprendida por el talento oculto de la intérprete, no tardó en ponerse en contacto con ella. “Me dijo: ‘No sabía que pudieras cantar así. ¿También escribes música?’. Y yo le dije: ‘Sí’; y me contestó: ‘Vale, ven a mi estudio”, ha contado Hudson, que escribió las 12 canciones que componen el álbum en apenas dos semanas.

La actriz admite que ha necesitado mucha terapia para poder hacer frente a sus miedos y atreverse a dar este paso. Incluso cuando estuvo a punto de intentarlo por primera vez, con apenas 30 años, alguien de la industria de la música, cuya identidad no ha querido desvelar, le dijo que ya era “demasiado vieja” para convertirse en vocalista. Las restricciones impuestas por la pandemia supusieron la epifanía definitiva: “Cuando llegó el confinamiento me preguntaba: ‘¿Qué estoy haciendo? ¿Cuál es mi vida? ¿Qué va a pasar si muero?’. Si no me concedo la oportunidad de compartir mi música, me voy a arrepentir por siempre”, recordaba en la entrevista con Rolling Stone.

Aunque de forma colateral, lo cierto es que Hudson ha dejado muchas señales de su amor por las corcheas durante su trayectoria, tanto delante como fuera de las cámaras. En su primer gran papel en Hollywood, Casi famosos (2000), dio vida a una groupie; ha aparecido en varios musicales (Nine, Music, Glee); y los padres de sus tres hijos son figuras reconocidísimas de la industria. El primero, Ryder (20 años), fruto de su matrimonio de seis años con el cantante del grupo The Black Crowes, Chris Robinson; el segundo, Bingham, descendiente de Matt Bellamy, líder de la célebre banda rock Muse; y la tercera, Rani, nacida en 2018, es la única hija junto a su actual pareja, Danny Fujikawa, que también produce el disco Glorious.

De Cher a Scarlett Johansson, pasando por Jennifer Lopez o Juliette Lewis, la lista de caras conocidas de la gran pantalla que trataron después de emular —con éxito desigual— su predicamento sobre los escenarios es tan larga como el propio Hollywood. Pero el caso de la nominada al Oscar sorprende lo tardío de su apuesta. Hija de la célebre Goldie Hawn y el músico Bill Hudson, que abandonó el núcleo familiar cuando solo era una niña y fue criada por su padrastro, el no menos famoso Kurt Russell, ha sido precisamente el escrutinio mediático por su pedigrí de nepobaby el obstáculo que ha retenido durante 20 años su deseo de convertirse en cantante. “Si lo hubiera intentado cuando tenía veintitantos me habría costado mucho no dejarme llevar por lo que diría la gente. A esta edad y en este momento de mi vida ya no siento el mismo miedo al rechazo. Solo quiero compartirlo. Sé que no voy a gustar a todos, pero no puedo dejarme llevar por el miedo”, reconocía la semana pasada Kate Hudson en Variety, en otra de las entrevistas por la promoción de su disco.

Aunque privada de celebrar su vocación frente al micrófono, la californiana ha demostrado ser una de las celebrities más activas profesionalmente de entre quienes habitan las colinas de Los Ángeles. Durante estos años ha sabido conciliar una carrera más o menos estable en Hollywood con una cartera de negocios digna del mejor lobo de Wall Street. Además de Fabletics, una firma especializada en moda deportiva y athletisure fundada en 2013 con los leggins como producto estrella, también está detrás de una línea de cosmética, nutrición y suplementos vitamínicos llamada Inbloom.

En 2019 se unió al furor compartido entre los actores de cine por apadrinar marcas de bebidas alcohólicas con King St. Vodka, un licor artesanal que nació para dar respuesta a su pasión por los cócteles. Por otro lado, los fans de la Kate actriz pueden estar tranquilos porque ha confirmado que no piensa dejar de lado su faceta interpretativa: tiene pendiente de estreno el thriller psicológico Shell, junto a Elisabeth Moss y Kaia Gerber, emplazado en un futuro en el que la obsesión por la juventud y la belleza ha llegado hasta el extremo; y Running Point, la nueva serie de comedia de Mindy Kaling (The Office) para Netflix, en la que da vida a la propietaria de un equipo de baloncesto profesional de fama global.

Fuente: EL PAÍS

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