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5 peligros inesperados de las inteligencias artificiales

Las inteligencias artificiales no se revelarán como en la ciencia ficción, pero en ellas hay peligros que no podemos olvidar

Las inteligencias artificiales ya son parte de nuestro presente. Hace apenas unos años hacía falta poner ejemplos para que la gente entendiera lo que eran esas cosas tan de ciencia ficción. Era frecuente decir cosas como que “el sistema mediante el que Amazon o Netflix aprenden tus gustos y te recomiendan productos y series que se adapten a ellos es una inteligencia artificial”. Es cierto, pero empieza a ser un ejemplo innecesario. Ya no es solo que la gente conozca algunas inteligencias artificiales, sino que son mucho más espectaculares que los sistemas que usa una web para recomendarte productos. Empezamos a comprender que no dominaran el mundo como en Terminator y que son matemáticas de las que no debemos esperar una revolución contra la humanidad.

Sin embargo, eso no significa que sean inocuas. Pocas tecnologías lo son y, cuanto más potentes y flexibles sean, más peligros pueden esconder. Todo dependerá del uso que queramos darle o, mejor dicho, del uso que permitamos darle. Ahora mismo estamos en un momento de desarrollo de las inteligencias artificiales, pero no solo tecnológico, sino también ético y legal. Por ese motivo, conviene tener presentes algunos de los principales inconvenientes que se asocian a esta tecnología que ya está cambiando el mundo.

El cambio climático

Si vamos a plantearnos los peligros de las inteligencias artificiales tendremos que ordenarlos y podemos empezar por los más inmediatos, los que ya son una realidad. El primero es uno de los más desconocidos, porque tiene que ver con el cambio climático. Estas inteligencias artificiales requieren mucha energía para funcionar (en especial durante el entrenamiento en el cual se las nutre con cantidades enormes de información). Energía que, ahora mismo, en parte viene del uso de combustibles fósiles. Hay inteligencias artificiales cuya programación emite indirectamente 284 toneladas de dióxido de carbono, el equivalente a un vuelo cruzando Estados Unidos. Y si hablamos de una más sofisticada, sus emisiones estarían al nivel de las de 5 coches durante toda su vida útil. Si queremos luchar contra el cambio climático sabemos que, entre otras muchas cosas, debemos reducir nuestro consumo energético y eso significa poner algunos límites en el mundo de la computación.

El segundo peligro comienza a asomar en las redes sociales y los medios de comunicación. Se trata de la duda. Sabemos lo difícil que es encontrar fuentes fiables de información pero, al menos, hasta ahora teníamos la seguridad de que un vídeo era un testimonio en el que confiar. Ahora que los deepfakes empiezan a popularizarse… ¿en qué podremos creer? A partir de un puñado de imágenes, algunas inteligencias artificiales pueden generar vídeos de personajes públicos diciendo verdaderas barbaridades. Esta tecnología ya ha llegado a webs porno y a cuentas de TikTok de falsos Elon Musk y Tom Cruises muy convincentes, pero quién sabe cuándo podría cruzar sus caminos con la propaganda política. Esta tecnología evoluciona a tal velocidad que pronto tendremos que dudar hasta de nuestros propios ojos.

El retorno del sofista

Y, si por un lado la inteligencia artificial puede generarnos desconfianza, por otro hace todo lo contrario. Los avances en generación del lenguaje natural nos han dado herramientas capaces de producir textos, discursos y argumentos de todo tipo. Chat GPT es uno de los ejemplos más recientes y recordemos que la IA usa la información con la que ha sido entrenada, contenga datos falsos o verdaderos. Eso significa que estas tecnologías están aprendiendo a argumentar de forma aparentemente correcta, aprovechando todo tipo de estrategias retóricas y sesgos humanos, aunque tomen premisas falsas y lleguen a conclusiones igual de incorrectas. Sabemos que algunas personas inteligentes tienden a convencerse de sinsentidos porque se les da muy bien argumentar causas perdidas. No parece descabellado imaginar inteligencias artificiales que puedan convencernos de tomar malas decisiones. No por maldad, sino por sus propias fortalezas y debilidades.

Empleos en extinción

Históricamente hemos pasado por muchas revoluciones tecnológicas que han cambiado nuestra forma de entender el trabajo y, sin duda, la maquinaria agraria no terminó con los campesinos, pero esa no es toda la historia. Es un hecho que las inteligencias artificiales están aprendiendo a crear productos artísticos indistinguibles de lo que busca un consumidor medio, queramos llamarle arte o no. Son más rápidas, baratas y escalables. Es muy probable que esto haga zozobrar el mercado, ya sea el de las ilustraciones, el periodismo o incluso el sector musical, porque posiblemente ya no hagan falta tantos ilustradores, articulistas y músicos para cubrir las demandas de la sociedad. Y por supuesto que aparecerán otros trabajos y que nos adaptaremos a ellos, pero en un corto plazo es fácil imaginar a mucha gente teniendo que reinventar su profesión e incluso cambiar completamente su rumbo laboral.

El deseo del genio

El último de los peligros es el más especulativo y del que más lejos nos encontramos, pero también el más profundo. Imaginemos un mundo en el que las inteligencias artificiales están magníficamente integradas en nuestra sociedad, no han generado pobreza, sino que han liberado a una buena parte de la población y nuestra subsistencia ya no requiere tantas horas de trabajo humano. ¿Cómo nos afectaría ese futuro sin propósito? Un mundo en el que las inteligencias artificiales pudieran hacer arte mejor que un amante de la pintura, que fueran más hábiles que tú escuchando los problemas de tu propia familia. Puede que encontráramos placer más allá de la competición o de lo que aportemos a la comunidad, pero la adaptación no será sencilla.

Fuente: La Razón

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