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La ciencia del champú

Nuestro pelo es un perfecto atrapamoscas de suciedad, y por ello debemos lavarlo de forma regular. ¿Pero cómo limpia el champú? De todos los ingredientes que tiene, ¿cuál es el que nos elimina la suciedad?

El pelo es uno de los indicadores del cambio más evidente en los seres humanos. No sólo por su crecimiento, sino por su pérdida. Resulta curioso: nos preocupamos por él pero muy pocos conocen su ciclo vital. Durante tres años el pelo del cuero cabelludo crece lozano y feliz: es lo que los dermatólogos llaman la fase anágena. Después, y en unas tres semanas, entra en la fase catágena y el pelo muere. Pero aún no cae: seguirá agarrado al cuero cabelludo durante tres meses más, hasta que el nuevo pelo le empuje y le haga caer (fase telógena).

Durante su vida, nuestro pelo -del cual muchos están muy orgullosos- se comporta como un atrapamoscas. La grasa que segrega el cuero cabelludo lo convierte en un excelente pegamento para polvo, hollín, restos de humo de tabaco, polen… Sobre una persona cuyo cabello tenga unos 23 centímetros de longitud en dos días habrán quedado atrapadas unos 15 gramos de porquería. En un año su cabeza habrá engordado tres kilos y en dos décadas ese pelo sin lavar habría acumulado tanta suciedad como el peso su portador. Así que es muy interesante usar algo para mantenerlo limpio, el champú.

¿Por qué limpia el champú?

¿Quién no ha visto en esos anuncios de televisión que nos prometen limpieza y belleza para nuestro pelo una cabellera envuelta en espuma? Resulta una imagen curiosa… e inútil, pues la espuma no limpia. Los fabricantes la incluyen porque muy pocos comprarían un champú que no hiciese espuma. Todos los champús incluyen potenciadores de espuma que cumplen a la perfección su cometido de autoengañarnos.

Tampoco pensemos que la limpieza corre a cargo del resto de los compuestos. De la larga lista de nombres raros que descubrimos en la etiqueta encontramos algunos como el distearato de glicol, cuya misión es dar ese tono irisado al champú, el inevitable perfume o los no menos importantes espesantes, que le dan esa textura que todos “sabemos” que debe tener el champú e impiden que se escurra cuando lo viertes en la mano. Los fabricantes también añaden antioxidantes y protectores para que el champú no se degrade.

Entonces, ¿quién limpia el pelo? Como en todo producto de limpieza, un detergente. Si miramos con detalle la composición de cualquier champú, los dos primeros ingredientes son agua y algún tipo de detergente. Ahora bien, como los ingredientes aparecen por orden de concentración, esto quiere decir que ese champú que compramos en nuestra tienda es, esencialmente, agua y detergente; en general, la cantidad de este último es de un 15%.

¿Por qué usamos acondicionador?

Uno podría pensar que para lavarse el pelo basta con un poco de jabón y agua. Error. El jabón suele ser alcalino, lo que hace que las células de la cutícula se hinchen y adquieran un aspecto áspero dando al pelo un tono apagado. Para evitarlo, los antiguos libros de belleza recomendaban enjuagar el pelo con vinagre o zumo de limón, que hace que tenga una aspecto brillante y suave. Por esta razón encontramos en champús y acondicionadores algún ácido, generalmente ácido cítrico.

Ahora bien, la situación se complica porque el champú sólo actúa sobre las zonas donde hay cargas positivas, con lo que el pelo pierde su equilibrio eléctrico. Los cabellos, electrificados, tienden a repelerse y se ponen a bailar el twist, enredándose. Si encima nos cepillamos el pelo justo después de secarlo agravamos el problema: así lo electrificamos aún más.

La única solución para evitar este enredo es meter la cabeza en un barreño de manteca. La grasa fresca de cerdo -o de pato, si somos más chic– es una buena elección. Como esto no es muy agradable, no queda más remedio que utilizar el acondicionador y el fijador. El primero proporciona una capa de cera protectora y el segundo no es más que un líquido plástico cuya única función es dejar el pelo allí donde lo hemos dejado durante el cepillado.

Pero ¡cuidado! No utilicemos demasiado el acondicionador porque entonces iremos añadiendo sobre la cutícula capa sobre capa de esa cera grasienta. Pero no todo está perdido: los mismos que nos venden el acondicionador nos proporcionan champús que limpian el pelo “sobreacondicionado”.

Champú casero

De todas formas, si usted es de esos que llaman un manitas y no quiere nada más que tener el pelo limpio, puede hacerse un champú casero: sólo necesita añadir a una buena cantidad de agua un poco de surfactante (el componente activo de los detergentes) y un poco de acondicionador para temperar los aspectos no agradables del detergente. Eso sí, no le pida ni un olor fresco y agradable, ni un pelo terso y suave, ni tampoco una cabellera brillante libre de electricidad estática. Y si además quiere darle un toque natural tan de moda, exprima un kiwi

 

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