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Todo lo que puede ir mal en el espacio: Peligros de la exploración espacial

Llevamos más de 10 milenios surcando las aguas y, a pesar de ello, sigue habiendo naufragios. Son menos, por supuesto, pero son, porque no podemos pretender controlarlo todo cuando ahí afuera hay océanos inmensos e indómitos. En cambio, apenas hace 60 años desde que los humanos empezamos a visitar el espacio, cuando Yuri Gagarin se convirtió en el primer tripulante de un vuelo espacial. Seis décadas no son nada comparadas con los miles de años que nos costó empezar a doblegar las olas. Y allí donde en el mar había dragones, en los cielos, hay terrores cósmicos. Por ahora, nuestras misiones tripuladas son pequeños botes que se alejan de la costa para, rápidamente, volver a donde no cubre. Incursiones relámpago para ponernos a prueba y trocar desgracias por cautela. Porque nuestra experiencia tecnológica nos ha enseñado a hacer las cosas con cierta calma, para asegurarnos de que funcionan como han de hacerlo. No obstante, hay ocasiones en las que algo falla y el terror se hacer material.

¿Qué peligros concretos nos acechan parapetados en la negrura del espacio? Solemos ponernos peliculeros e imaginar inteligencias alienígenas o dimensiones infernales, pero estos son los peligros que solo preocupan a los protagonistas de una ficción, y nosotros no somos ni Sigourney Weaver ni Sam Neil. Tal vez, si decidimos ser más realistas, podemos imaginar una tormenta solar que fríe la electrónica de una nave espacial y deja aislados a sus tripulantes. Quizá podríamos temer que un pequeño meteorito chocara con la estación espacial y la agujereara, vaciándola a toda velocidad, como si el universo la aspirara. Tendremos pesadillas con salir a hacer un paseo espacial y que el frío nos atenace, o que nuestro vínculo con la nave se suelte y nos perdamos en la oscuridad. Estos peligros ya son más plausibles, porque como tienen algo de sentido, los ingenieros han podido adelantarse a ellos y diseñar las misiones a prueba de todo ello. De hecho, si repasamos las catástrofes astronáuticas encontraremos que los peligros eran mucho más inesperados.

Las mayores catástrofes

Curiosamente, la mayor catástrofe de la carrera espacial tuvo lugar en Tierra, en 1960, y en ella murieron, al menos 78 personas. La conocemos como catástrofe de Nedelin, y ocurrió en Kazajistán y, en realidad, se estaba probando un nuevo misil balístico intercontinental R-16, aunque por aquel entonces estos proyectos y los espaciales estaban estrechamente relacionados. El combustible que usaban los soviéticos era más seguro de almacenar, pero, al cambio, más corrosivo y tóxico. La dimetilhidrazina asimétrica hipergólica, que así se llamaba, se mezclaba con una solución saturada de tetróxido de dinitrógeno en ácido nítrico y, en este caso, un cortocircuito desató todo su poder en el momento equivocado, el misil explotó violentamente y se llevó por delante a decenas de personas. Y es que, aunque nos asuste el espacio, si lo pensamos, los peligros están aquí abajo. La energía necesaria para despegarnos de la Tierra hay que saber gestionarla y un error puede ser fatal.

Posiblemente nos venga a la mente la catástrofe del Challenger. El 28 de enero de 1986 el trasbordador Challenger despegó con la intención de sembrar algunos satélites y estudiar cuestiones astronómicas, como el cometa Halley a su paso por nuestro vecindario. En ella viajaban seis astronautas (Michael J. Smith, Francis Scobee, Ronald McNair, Ellison Onizuka, Gregory Jarvis y Judith Resnik) y, con ellos partía también Christa McAuliffe, una participante en el proyecto Profesor en el Espacio de la NASA que tenía como cometido dar clases y realizar experimentos durante su estancia en el espacio. Por desgracia, todas esas vidas se apagaron un minuto después de la ignición. Nunca cumplieron aquellas metas y las imágenes del accidente dieron la vuelta al mundo. Había ocurrido lo que todos temían, el accidente esperado por cabalgar una explosión que, en realidad, es un buen resumen de en lo que consiste un cohete. Un fallo en las llamadas juntas tóricas que, a grandes rasgos, contribuían al aislamiento de los cohetes impulsores del resto de la maquinaria, hizo que la ignición se descontrolara y el cohete comenzara a desintegrarse durante su ascenso, dejando una estela retorcida a su paso. El peligro, en este caso, fueron las bajas temperaturas antes del lanzamiento (unos -3ºC), las cuales afectaron a las propiedades de estas juntas tóricas.

Vuelta a casa

Y, si el despegue es peligroso, el “aterrizaje” también lo es. La reentrada en la atmósfera, que así se llama, no deja de ser una caída controlada desde la estratosfera, donde el rozamiento, el calor y la aceleración se vuelven extremos. Uno de los casos más conocidos ocurrió en 2003, cuando el trasbordador espacial Columbia 1 se desintegró al poco de empezar la reentrada. Durante el despegue se había desprendido un gran trozo de espuma que aislaba el tanque de combustible. Basándose en la experiencia de casos similares, los expertos decidieron continuar con el lanzamiento sin saber que, aquella espuma, había perforado el ala izquierda del trasbordador. Esto no supuso ningún problema hasta que, durante la reentrada, el humo y los gases entraron por el hueco, desgarrando el ala y desintegrando todo el trasbordador. En aquella catástrofe fallecieron seis astronautas estadounidenses y el primer astronauta israelí.

El viaje

Lo que ocurre entre el despegue y el aterrizaje no está exento de peligros, pero podríamos decir que son más inesperados y, aunque parezca sorprendente, menos mortales. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Norman Thagard que, mientras hacía sentadillas en la estación Mir durante 1995, una de las correas que sujetaba sus pies se soltó, saliendo disparada hacia su ojo. Por suerte, gracias al tratamiento no hubo secuelas, pero limitó su visión durante un tiempo. Otro ejemplo es el de Luca Parmitano, un astronauta de la Agencia Espacial Europea que, durante 2013 salió de la estación espacial para unos trabajos. De pronto, su casco comenzó a llenarse del líquido refrigerante de su traje, formando gotas cada vez mayores que flotaban ante él. Por suerte, luca logró completar su misión y volver a salvo a a Estación Espacial Internacional.

El caso más sonado ha sido, posiblemente, el de Alexei Leonov, cosmonauta soviético que, durante 1965, se convirtió en el primer humano en caminar por el espacio, solo con un traje. Tras su paso espacial y habiendo demostrado la eficacia del traje ruso, Alexei decidió volver a la nave, pero algo había cambiado, la falta de presión en el espacio había hinchado su traje. Estaba tan deformado que las manos y los pies se habían quedado casi inutilizadas. Afortunadamente, logró purgar parte del aire y volver a la nave, aunque los pormenores constituyeron una verdadera odisea de vida o muerte. Pero el peligro no había pasado, el sistema falló y tuvieron que reentrar en la atmósfera de forma manual. Acabaron aterrizando en un bosque de Siberia, fuera hacían -25 grados, había lobos y osos en época de apareamiento, un verdadero infierno helado. Para alegría de Leonov, sobrevivió a todo aquello, aunque las autoridades lo consideraron información clasificada durante mucho tiempo.

Estos son los peligros del espacio, algunos más mundanos, otros simplemente inesperados. Ni meteoritos ni alienígenas ni traiciones. Y, aunque llevemos solo 60 años en esto, la verdad es que nuestro barco no deja de alejarse de las costas que una vez lo vieron partir.

Fuente: LA RAZÓN ESPAÑA

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