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El verdadero Frankenstein: el científico que intentó resucitar muertos con electricidad

En 1818, la escritora británica Mary Shelley publicó su célebre novela fantástica “Frankenstein”, un relato en el que un científico del mismo nombre le otorga vida a una ‘criatura inteligente’ a partir de electricidad.

Aunque para los lectores de ahora, la creación del ‘monstruo de Frankenstein’ resulta una ficción, varios científicos del siglo XVIII creían firmemente que la electricidad (descubierta el siglo anterior) era la fuerza vital de la vida, como una especie de alma.

Uno de ellos fue Giovanni Aldini, cuyos experimentos fueron de inspiración para que Shelley escribiese su obra literaria.

Frankestein y su monstruo en la película dirigida por James Whale de 1931. Foto: difusión

Giovanni Aldini y el auge del galvanismo

La creencia de que la electricidad ocultaba el secreto de la vida tuvo origen en 1781, cuando el físico italiano Luigi Galvani observó que una rana a la cual diseccionaba —y estaba cerca de una máquina de electricidad estática— comenzaba a patear luego de presionar uno de sus nervios expuestos con un bisturí.

Galvani pensó que todos los seres vivos poseían una electricidad inherente: la llamó “electricidad animal” (más tarde apodada galvanismo, por su sobrino Aldini). En cambio, sus detractores, entre ellos Alessandro Volta, inventor de la pila eléctrica, sostenían que los espasmos sucedían porque el animal era un conductor de electricidad. Si bien el tiempo les daría la razón a este último grupo, por entonces el debate era candente.

Defensor de la teoría de su tío, Aldini llevaría los experimentos galvánicos a un siguiente nivel. Así, por ejemplo, tras aplicarles voltajes, hizo que vacas y ovejas decapitadas movieran sus ojos, orejas y bocas. Su siguiente salto serían los humanos. Si la electricidad era una energía propia de la vida, entonces cabría la posibilidad de reanimar a los muertos.

Pero había un detalle, Aldini no podía conseguir un cadáver completo para estudiar la anatomía humana en Italia, donde los reos sentenciados a morir eran decapitados. Por eso, para obtener un difunto entero, tuvo que viajar a Inglaterra, donde las ejecuciones eran con horca.

El experimento que influenció a Frankenstein

El 18 de enero de 1803, en la prisión de Newgate en Londres, Aldini tuvo la gran oportunidad para su gran experimento. La víctima sería George Forster, un hombre de 26 años condenado a muerte por el asesinato de su esposa e hija.

Así, frente a médicos del Royal College of Surgeons (Colegio Real de Cirujanos) y el público curioso, Aldini colocó varillas de metal en la boca y la oreja del cuerpo sin vida de Forster y encendió la corriente.

En una primera parte de la intervención, las mandíbulas del criminal comenzaron a temblar y los ojos a abrirse. Luego, al conectar los cables en otras partes del cuerpo consiguió que alzara sus brazos y piernas.

“A ojos del espectador no preparado, parecía como si estuviera volviendo a la vida”, escribió un periodista del London Times por entonces, escribe Iwan Morus, profesor de Historia en la Universidad de Aberystwyth, en un artículo de The Conversation.

Aunque, como resulta lógico, Forster no regresó a la vida, aun cuando recibió electricidad directo en el corazón, los experimentos de Aldini, así como otros relacionados a la enigmática electricidad, marcaron profundamente a la generación de la época.

“Mary Shelley y Percy Bysshe Belley (su esposo) se movían en círculos sociales donde las discusiones sobre la electricidad y su relación con los procesos de la vida eran algo común”, cuenta Morus en una entrevista para BBVA Open Mind .

Asimismo, en la edición de 1831 de la novela “Frankenstein”, Mary Shelley escribió que la inspiración de su creación literaria se comenzó a gestar durante las conversaciones sobre ciencia entre su esposo y el poeta inglés Lord Byron.

“Tal vez un cadáver sería reanimado; el galvanismo había dado una muestra de tales cosas; tal vez las partes componentes de una criatura podrían fabricarse, juntarse y dotarse de calor vital”, señala un archivo histórico del diario The Guardian.

Fuente: LA REPÚBLICA

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