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De la solidaridad a la condena social: el extraño caso de una mujer peruana que fingió un embarazo

Organizaciones sociales denuestan la revictimización mediática de Gabriela Sevilla y exigen empatía y un trato humano.

La historia de una mujer peruana que fingió un embarazo y la desaparición de una beba que, en realidad, nunca había nacido, provocó una fuerte conmoción en Perú, en donde la preocupación inicial se transformó en un linchamiento mediático y virtual que incluyó contradicciones entre funcionarios y debates sobre salud mental, feminismo y los derechos de las víctimas.

El caso que se convirtió en un debate nacional comenzó el pasado miércoles, cuando Gabriela Sevilla, de 30 años, salió de su casa en la ciudad de Lima y llamó a su madre para avisarle que estaba por parir, que la esperara en el hospital. Ahí también estaban su pareja, Ramiro Gálvez; y su padre, Samuel Sevilla.

La mujer abordó sola un taxi, pero nunca llegó a la clínica.

Vinieron entonces más de 30 horas de desasosiego. Los medios y las redes se hicieron eco de una inquietud colectiva en un país en el que durante los primeros ocho meses de este año fueron desaparecidas casi 8.000 mujeres. En este caso, además, el agravante era el embarazo de Sevilla.

Entre lágrimas, familiares y vecinos hicieron vigilias que incluyeron rezos y reclamos a las autoridades y que fueron transmitidos en vivo.

Al amanecer del viernes, el país seguía en vilo. La noticia más importante era la desaparición de Sevilla. Los pormenores se seguían minuto a minuto. Pero el caso concitó todavía más la atención al confirmarse que la mujer había aparecido, que estaba ingresada en el Hospital Militar, pero herida, golpeada y sin su hija recién nacida, a quien había decidido llamar Martina.

La conmoción fue total. La Policía Nacional, los Ministerios del Interior, de Seguridad y de la Mujer, más la Superintendencia Nacional de Migraciones, se coordinaron para realizar un operativo de búsqueda. “¿Dónde está Martina?”, preguntaban en los medios y en las redes sociales, en donde todas las tendencias versaban sobre la historia de Sevilla que, a esas alturas, ya también tenía repercusión internacional.

Sorpresa

Los mensajes de solidaridad y apoyo a Sevilla se multiplicaron.

Colectivos feministas convocaron a marchas en Lima, “por Gabriela y por Martina”. En las fronteras se reforzaron los controles para evitar la salida de recién nacidos. La presión hacia el Gobierno de Pedro Castillo se intensificó, mientras se replicaban especulaciones sobre supuestas mafias de tráfico de personas o de trasplantes de órganos que le habían arrebatado su beba a Sevilla.

Varios funcionarios llegaron hasta el Hospital Militar para visitar a Sevilla. Ahí, la ministra de la Mujer, Claudia Dávila advirtió a los periodistas que la mujer no hablaría con ellos, que tenía miedo, que la habían amenazado.

Pero en la tarde del viernes, la historia dio un vuelco totalmente inesperado.

“Se ha determinado que la señora no estaba embarazada”, reveló el ministro del Interior, Willy Huerta, al salir del Hospital Militar y explicar que los exámenes clínicos no mostraban evidencia de que Sevilla acabara de parir. Habló ante decenas de micrófonos, porque este era el tema excluyente en los medios peruanos, lo más importante de la agenda del día.

El clima social mutó a la estupefacción. Nadie entendía qué estaba pasando. Además, la ministra de la Mujer desmintió a su compañero de gabinete. Pidió paciencia para esperar los resultados de las pruebas de laboratorio y, sobre todo, respeto a Sevilla. Más tarde tuvo que retractarse. Era cierto: el embarazo había sido fingido.

La convocatoria fue inútil, porque los mensajes de odio comenzaron a replicarse de inmediato con burlas a “las mentiras” de Sevilla, reclamos de que fuera juzgada y condenada por la preocupación que había generado y por los recursos públicos gastados en su búsqueda. También hubo usuarios que aseguraron que todo se trataba de un montaje del Gobierno para distraer la atención pública “de los temas importantes”.

Otros culparon a los feminismos por “hacerles creer” a las mujeres que “pueden hacer lo que quieren”. Algunas voces más serenas alertaron sobre los problemas de salud mental que pueden llevar a algunas personas a cometer este tipo de engaños extremos y apelaban al respeto y la empatía.

El movimiento feminista Flora Tristán, por ejemplo, rechazó la criminalización y las expresiones de castigo que estaban circulando contra Sevilla. “Se requiere que las investigaciones continúen, que se cuide la salud mental de ella  y se encuentre la verdad de los hechos sin revictimización”, afirmó al recordar que la desaparición de mujeres y niñas en Perú es un problema real.

En ese sentido, desde la Defensoría del Pueblo precisaron que entre enero ya agosto de este año hubo 7.762 denuncias. Y hasta ahora, solo apareció el 48 %.

Insistencia

El padre y la madre de Sevilla estaban indignados con los funcionarios. Creían en el embarazo de su hija. Habían visto la panza y las ecografías. Estuvieron en el “baby shower”. Seguían reclamando la atención de la mujer y la búsqueda de Martina que, a esas alturas ya estaba cancelada. Si no había habido ningún embarazo, tampoco había ninguna beba para buscar.

“Mi hija está delicada. ¿Ustedes saben lo que significa no haber tenido un parto adecuadamente o un aborto o un legrado, lo que sea, en una mujer y de la forma en que ha ocurrido?”, afirmó el padre al asegurar que habían encontrado a su hija “en un estado sicológico grave”.

La historia no dejaba de tener sobresaltos. Parecía una telenovela en vivo en la que a cada rato había nueva información, nuevas declaraciones, incluida, para sorpresa de todos, la de la protagonista.

El mismo viernes, Sevilla decidió hablar con los medios un rato después de haber dejado el Hospital Militar. Insistió en su embarazo y hasta describió cómo había nacido su supuesta hija.

“Tengo todos los papeles en mi casa, tengo pruebas, quiero pensar que, como no terminaron de hacerme los exámenes es que ellos piensan que no hubo embarazo, me gustaría que me hagan los exámenes completos antes de dar un comunicado de esa manera… cuando nació mi bebé, no la escuché llorar, tengo la esperanza de encontrarla, voy a ir a buscarla”, aseguró mientras lloraba.

Antes, en su primera declaración policial, cuando todavía no se descubría el falso embarazo, también había ofrecido detalles de su desaparición.

“El día 19 de octubre, en horas de la tarde presenté sangrado vaginal (…) agarro una bolsa con pañales y salgo de mi domicilio, caminando unas cuadras y agarro un taxi no recordando el color, pero era oscuro, avanzando y no recuerdo la ruta, pero en ese momento le indico al chofer que no estaba tomando la ruta que normalmente tomo y me indica que era un atajo (…) luego de ello yo seguí con el dolor de parto y de ahí no recuerdo nada”, contó.

Tiempo más tarde, aseguró, despertó en un cuarto en el que había dos hombres. “Yo me encontraba en el piso, empezando a pujar hasta que nace mi hija y no lloraba. Luego me quedé dormida por un tiempo de tres horas (…) un varón me indica que me vaya, que si los denunciaba iban a matarme a mí y a mi familia y que si no los denunciaba, me iban a devolver el cuerpo de mi hija”, aseguró.

La versión se sostenía con los golpes que presentaba Sevilla, y que hoy son un misterio porque ya se demostró que no parió a ninguna beba.

El desconcierto de la opinión pública continuó por la noche, cuando la mujer posteó en sus redes sociales la foto de una ecografía en la que se mostraba a la supuesta hija que iba a tener. “Mi Marti en sus primeros mesecitos”, escribió en otra imagen junto a su pareja.

Al descubierto

Durante el fin de semana se filtró a la prensa la declaración policial de Ramiro Gálvez, pareja de Sevilla.

El hombre reveló que sospechó del embarazo porque ella no lo dejaba acompañarla a los controles médicos con el pretexto de los protocolos impuestos en los hospitales por la pandemia. Tampoco dormían juntos ni lo dejaba tocarle la panza.

Además, hizo cuentas. La historia clínica que ella le había enseñado establecía fines de septiembre como una probable fecha de parto, es decir que para octubre ya llevaba más de nueve meses de embarazo.

Primero dudó de su paternidad, pero luego del embarazo mismo. Consultó por su cuenta a varios ginecólogos, entre ellos al que supuestamente atendió a su mujer en las consultas a las que nunca lo dejó acompañarla.

Ahí descubrió que ese médico jamás había firmado el informe de embarazo. Sevilla le había mostrado un documento falso. La encaró el pasado martes. Al día siguiente, ella anunció que estaba por parir y desapareció.

Fuente: RT 

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